La batalla de Chile

Patricio Guzmán, 1975-1978 (182')
De las imágenes temblorosas, fugaces, granuladas y blanquinegras que recuerda la historia del cine, pocas son tan impactantes y perturbadoras como la que se puede apreciar en La batalla de Chile, el documental de Patricio Guzmán. Es junio de 1973, alrededor del Palacio de la Moneda se despliega un grupo de carabineros: el golpe de Estado que derrocaría a Salvador Allende dos meses y medio después hace su último ensayo previo. El camarógrafo (un argentino llamado Leonardo Henrichsen) registra cómo los uniformados van tomando posiciones con sus armas preparadas para disparar. Uno de ellos apunta directamente a cámara. Se escucha una detonación y la imagen pierde estabilidad hasta quedar registrando la nada. No se trata ya de filmar el peligro, como indica Bazin, sino la muerte misma. Alguna vez se dijo que el cine era el único arte capaz de registrar la muerte, más precisamente, el pasaje a la muerte. Podemos tener una fotografía de alguien vivo y luego una fotografía de esa misma persona muerta, pero sólo el cine –sólo los documentales– puede registrar ese momento casi obsceno en el que una persona deja de vivir. La muerte del camarógrafo no es vista directamente, está fuera de campo, pero ese espacio que se escapa de los límites de la pantalla es demasiado inmediato: la cámara de Henrichsen sostiene nuestra mirada para luego dejarnos caer, involucrándonos de una forma pavorosa.
Pero La batalla de Chile es mucho más que la afortunada inclusión de una escena dramática. Se trata de una crónica política con formato periodístico de los últimos seis meses del gobierno de Salvador Allende y de su intento de llegar al socialismo por la vía democrática en el convulsionado Chile de la década del setenta. El joven cineasta Patricio Guzmán, junto con un pequeño equipo de colaboradores en el que se destacaba el camarógrafo Jorge Müller Silva, decidió documentar el proceso de cambio y las dificultades con las que éste se enfrentaba. Registrando todas las movilizaciones políticas de la época, desde las masivas concentraciones públicas de la izquierda y de la derecha hasta las sesiones legislativas, pasando por la larguísima huelga del cobre y el paro patronal de los camioneros destinados a desestabilizar al gobierno de Allende, La batalla de Chile refleja una época y una situación social y política de una forma tan precisa y gráfica como un texto escrito jamás podría lograr. La simpatía de los realizadores con la Unión Popular (UP) es indisimulable; sin embargo, todos los actores tienen su voz y su imagen en la película, de tal modo que ésta logra un extraordinario equilibrio entre la libertad de interpretación que ofrece el material registrado y la más bien rígida mirada de los realizadores. La cámara de Müller Silva recorre todos los espacios con una curiosidad insaciable, no sólo reflejando a las personas entrevistadas, sino mirando cada lugar, cada pequeño objeto, cada rostro, como si supiera que está dejando testimonio de una era destinada a desaparecer, una era que viene de la euforia y que se encamina al desastre total. La sensación de "estar ahí", a tres décadas de su gestación, tiene un raro efecto de extrañamiento, ya que el apasionamiento, el grado de politización de la sociedad, el nivel de discusión de ambos bandos y la profundidad de la brecha que dividía al país, hoy parecen provenir de otro planeta, de otro tipo de personas, a quienes nos une una relación lejana y brumosa.