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Aprender a «ser hombre». Voces encarnadas (La Madeja nº 1)

«No se qué se define como
masculino. Pero aquellos
elementos como robustez,
insensibilidad, practicidad,
resistencia, vigor y tantos otros
que suelen emplearse para
definir la masculinidad, caen
obsoletos frente a la lucidez de la
cotidianeidad.»

«Creemos que el feminismo es una teoría política que propone un cambio de la sociedad en la que vivimos y que cuestiona las bases mismas que estructuran dicha sociedad. Tales bases han discriminado tradicionalmente a la mitad de la población: las mujeres, por su sexo, colocándolas en una situación de desigualdad frente a los hombres e imponiéndoles roles que en muchas ocasiones ellas mismas reproducen. Pero este sistema encierra igualmente a los hombres en unos roles que también hay que cuestionar».

Eso escribíamos en el editorial del número 0 de La Madeja. Muchas mujeres, además, hemos cuestionado y nos hemos rebelado frente a los roles que sentimos nos han impuesto por y para «ser mujeres»; tantas y con tanta fuerza, que las ideas y las prácticas de lo que es «ser mujer» han cambiado –al menos en parte–. Dado que convivimos cotidianamente con los hombres –la otra mitad de la población–, pensamos que «algo» les tiene que haber removido a ellos, y que tienen que producirse cambios en los significados y experiencias de «ser hombre» por necesidad y por deseabilidad. En este sentido, en las últimas décadas se han organizado algunos grupos de hombres para trabajar y reflexionar sobre el tema de las «nuevas masculinidades».

Queremos empezar a tratar el tema de las masculinidades dirigiéndonos a hombres queridos, cotidianos en nuestras vidas. Nos preguntamos si nos cuesta lo mismo hablar de los cambios de roles e identidades, qué han pensado y cambiado, qué tenemos las mujeres que ver en esos procesos. Éstas son las preguntas que les lanzamos, pidiéndoles que hablaran desde lo vivencial –algo a lo que en general estamos más acostumbradas las mujeres–, y que no dejaran mucho tiempo para la reflexión –en parte para que no les entrara el miedo, en parte para que contaran desde la emoción–.

¿Cómo sientes que te han enseñado a ser hombre? ¿Qué mandatos de género has tenido? ¿En qué te has distanciado? ¿En qué no? ¿En qué querrías distanciarte?


«Me cuesta distanciarme y pensar en cómo me han enseñado a ser hombre. Un aspecto destacable, quizá el que más, es la sexualidad: mucho sexo, muchas relaciones, mucha experiencia… En otro orden de cosas, el llevar la voz cantante, el cuidar más que ser cuidado. Con el tiempo me he distanciado de algunas de estas cosas, aunque más que un proceso constante, creo que se trata más de algo irregular, muy sujeto al entorno concreto (el espacio, las relaciones sociales) en el que uno se ve inmerso. Lo que más me sigue costando, sin embargo, es dar el corte cuando, en el curso de una conversación, alguien hace un comentario machista. Me gustaría distanciarme más en ese aspecto, ser más firme, más rotundo».


«Creo que me han enseñado a ser hombre de forma tradicional y con los dos roles (masculino y femenino) bien diferenciados, pero con algún elemento progresista. Por ejemplo, en lo que se refiere a tareas domésticas, tanto hombres como mujeres participábamos en ellas (limpieza, cocina, bricolaje, etc.). Mandatos de género he tenido muchos, tanto de tipo actitudinal como de aspecto y presencia. Por ejemplo, siempre supe que si hubiese querido tener el pelo largo o ponerme un pendiente no iba a ser bien visto y originaría un conflicto. Así todo, en mi familia, los mandatos de género siempre han sido más estrictos para las mujeres que para los hombres. Me he distanciado totalmente en la segregación de tareas, aficiones y gustos, etc. en función del sexo del individuo. Así todo, la educación recibida te deja un ‘poso’ que hace que determinadas actitudes o estéticas aún me llamen la atención, y me gustaría que dejaran de hacerlo. Por ejemplo, ante expresiones de afecto públicas de parejas homosexuales o un punk al mejor estilo de los 80, ¡pues me suelo quedar mirando como si fueran extraterrestres!».


«Algunos mandatos de género que he percibido, algunas preguntas que me surgen:
–El color de la ropa, aunque yo de eso no me acuerdo, ¡bueno, sí! ¡de los mandilones de la guarde sí que me acuerdo! Sí, la guarde, que entrañable, ya con sus baños separados para niños y niñas…
–Los juguetes: G-Joe´s vs. Barbies. Todo un clásico. Yo de eso me libré algo más, pero no del todo, evidentemente.
–En mi caso, compartiendo habitación con mi hermano: ¿por qué no con mi hermana o rotando cada cierto tiempo?
–Las relaciones con la familia, con los amigos, lo que veía en la tele -que de pequeño la veía, y mucho-, la publicidad.
–Las relaciones que veía (y que sigo viendo) entre homosexualidad y falta de ‘hombría’. Por cierto: ¿hay equivalente a la palabra hombría para las mujeres? ¿Tiene el mismo sentido de orgullo que pueda tener hombría?».


«Como muchos, pienso que durante mi niñez y pubertad temprana la moral católica y la negligencia familiar me hicieron un adolescente temeroso. Como a muchos, el conocimiento de mi cuerpo y sus alcances me fueron dados gracias a la curiosidad. (…) Como a muchos, la sexualidad me tomó desprevenido. La caudalosa libido hacía sus gracias y yo me preguntaba. Las respuestas llegan muchos años después (…). Cómo muchos, vivo incómodo en este sistema. Veo a mi alrededor que la teoría de la tuerca y el tornillo que supe aprender adolece de ceguera, de malversación y de falacia. Como muchos, veo que el placer no es unívoco, no es legal, no es derecho.

No sé qué se define como masculino. Pero aquellos elementos como robustez, insensibilidad, practicidad, resistencia, vigor y tantos otros que suelen emplearse para definir la masculinidad, caen obsoletos frente a la lucidez de la cotidianeidad».


«Enseñanza: ser hombre.
Bueno, fácil: educación en escuela masculina, instituto masculino, servicio militar masculino… total: 20 años de educación exclusivamente masculina.
Mandatos de género.
Si te cruzas por una acera con una mujer de la edad que sea y llueve, déjale la parte protegida de la susodicha acera y con gran caballerosidad sal a la intemperie y sus charcos. Es más, si la fémina en cuestión ha de cruzar la acera, apresúrate a quitarte la chaqueta y tenderla límpidamente sobre el charco para que pueda atravesar la calle sin mancharse ni una pizca los zapatos. Si vas en un barco y comienza a hundirse, los niños y las mujeres primero. Si vas en coche con mujeres y pinchas el marrón del pinchazo es cosa tuya».


«Cuando trato de encontrar recuerdos (…) me doy cuenta de que no tengo la sensación de una presión continua familiar o social, un agobio permanente respecto a cómo debía comportarme para ser ‘un hombre’. Supongo que esto puede significar que no he tenido una presión ‘especial’, aunque también puede implicar –glub– que haya (…) naturalizado conductas, valores… que me resultaban ‘normales’.

Una situación que enseguida se me aparece al pensar sobre ello: comida familiar, de familia extensa. Roles de hombres y mujeres. Ellos copando la conversación, hablando de política, de fútbol y, sobre todo, siendo graciosos. Ellas pendientes de niñas y niños. Ellos cocinando viandas especiales, ellas haciendo el trabajo sucio de cocina y fregada. Siento la ansiedad adolescente de participar en la conversación masculina, de ser también gracioso, de copar la atención de todos y todas, en esa competición por ser protagonistas de la comida. También me hago consciente de ello, me siento mal y, con el paso de los años, desarrollo estrategias para romper con ese esquema. La más eficaz, colocarme en la mesa de niñas y niños: es mucho más fácil no competir en esa mesa que en la de las personas adultas. Participar en el ‘trabajo sucio’, casi siempre con las mujeres, es otra buena manera de romper con los roles asignados.

Otro ejemplo especialmente crudo. Advertencia paterna por desarrollar una relación especial con otro hombre, durante mi adolescencia, que me doblaba la edad. Una relación ‘rara’, poco convencional, entre un niño adolescente y un adulto. ¡Te pasas el día con ese chico! ¿Y cuál es el problema? ¡Qué van a pensar… ya sabes lo que van a pensar! No, no lo sé. ¡Pues que sois maricas! Nunca hubiera anticipado esa reacción de mi padre, ni se volvió a repetir nunca más».

Migraciones (La Madeja nº 1)

Relato de un camino: una perspectiva feminista de las migraciones

Cuando decidimos que el tema central de este número fueran las migraciones, nos surgieron muchas preguntas: ¿qué significaba una mirada feminista de las migraciones?, ¿hablar sólo de la situación de las mujeres migrantes, del lugar que ocupamos en los procesos migratorios?, ¿o hablar también y particularmente de la situación de las mujeres migrantes?; ¿qué significaba para nosotras, mujeres feministas de aquí y de allí, el encuentro con otras mujeres?; ¿dónde queda la teoría?, ¿en qué medida nos ayuda a construir discursos y prácticas feministas acerca de las migraciones? En fin, ¿qué podíamos decir nosotras sobre las migraciones? Y sobre todo… ¿cómo íbamos a decirlo?

Las decisiones fueron tomadas colectivamente e implicaron, por ello, mucho tiempo de reflexión sobre las palabras, las perspectivas, los números – «a veces también importan»–, las tonalidades, etc. Hablar de las migraciones suponía hablar de los motivos macro, es decir, de las circunstancias políticoeconómicas que producen los procesos migratorios: se trata justamente del ciclo de (re)producción capitalista, pero no sólo de bienes de consumo para las personas, sino también de personas como bienes de consumo. La mirada que intentamos construir supone, para nosotras, un análisis crítico de la sociedad capitalista globalizada en la que vivimos, una sociedad en la que es necesaria la existencia de personas que, por no tener nada más que intercambiar, sólo tienen su propia vida, su fuerza de trabajo, con la que pagarán el precio necesario para la supervivencia. Denunciar esta realidad fue uno de los motivos que nos llevó a plantear este dossier.

Las palabras y los estilos: cambio de perspectivas…

Como pensamos que las palabras también construyen la realidad, decidimos hablar no sólo de inmigraciones, sino de migraciones. Este matiz nos permitía cambiar la perspectiva, dibujar cartografías no centralizadas –repitiendo historias, contando desde el centro lo que está en la periferia– desde las que abordaríamos los tránsitos geográficos en ambas direcciones: las inmigraciones siempre suponen emigraciones. Intentamos hacerlo desde una mirada histórica, geográfica y políticamente situada, es decir, asumiendo el contexto desde el que escribimos. Por ello, mayoritariamente, los textos giran alrededor de la realidad de las personas inmigrantes, es decir, de las circunstancias en las que viven en el Estado español. Pero también quisimos tener en cuenta el significado que tiene para ellas dejar su lugar de origen y el análisis de esas realidades previas. Se estableció de esta manera un laberinto de palabras cruzadas, frente a las que nos sentimos interpeladas. Pero… ¿cómo contaríamos esta pluralidad de enfoques?

Una vez más, la elección fue la diversidad de estilos. Las palabras, entonces, recorrieron espacios poéticos, académicos, periodísticos y también estadísticos. Digamos que intentamos construir esta mirada multifocalmente. Por ello, encontrarán en el dossier no sólo los análisis y reflexiones sobre los que vienen trabajando algunas compañeras, sino también, las observaciones e impresiones que otras tenemos de la experiencia de migrar. En este sentido, creemos que una mirada feminista implica pasar del análisis macropolítico a las historias particulares de quienes (so)portan estas realidades, porque sólo así es posible sentir, (re)conocernos en las mismas. Encarnar las historias impide desviar la mirada. Como dice Eva Martínez: «Cada día se hace más difícil –debe hacerse más difícil– continuar con nuestra vida cotidiana: caminar tranquilamente por las calles, tomarnos algo en un bar, coger un autobús, sabiendo que ese vendedor ambulante que nos ofrece películas en la plaza o en el bar puede ser detenido en cualquier momento o que subirse a un autobús puede significar un viaje directo al CIE para cualquiera que no tenga papeles»*.

Hablar desde una mirada feminista supone, por supuesto, hablar de mujeres, de quienes salen menos en los medios y las estadísticas. Hablar de mujeres es no sólo hablar de aquellas que llegan al Estado y que son invisibilizadas desde las estadísticas oficiales –por trabajar en el servicio doméstico, la prostitución y, en general, en los cuidados−, sino también, de las mujeres que se quedan allá, de aquellas compañeras –madres, hermanas, hijas mayores, tías, vecinas, etc.– que sostienen las migraciones de hombres y mujeres. Pero creemos, además, que pensar esta problemática desde una perspectiva feminista es también hablar de hombres: de sus propios caminos, de sus preguntas y dificultades, de sus situaciones; de cómo, a veces, también realizan trabajos de cuidados, no sólo como trabajos asalariados, sino también como modo de ocupar(se) de esas tareas que ya no pueden realizar las mujeres. ¿Supondrá esto cambios en los roles de género?

Los encuentros y las migraciones de los feminismos

Las migraciones producen encuentros y desencuentros inevitables. Encuentros de mujeres que venimos de latitudes, culturas, y realidades distintas; que hemos crecido de diferentes maneras y hemos, cada una, optado por un modo posible de hacer frente a nuestras circunstancias. En el encuentro, estas diferencias salen a la luz interpelando nuestras historias y reivindicaciones.

Se trata, entonces, de cómo nos encontramos, de qué hacemos, sentimos, sufrimos cuando estamos junto a otras. Los feminismos pueden y deben pensar acerca de estos encuentros con otras que nos traen su mundo al nuestro. Habrá que transmigrar en los saberes de aquí y de allá, inventando espacios que nos permitan seguir construyendo un modo posible de estar juntas.

* MARTÍNEZ, Eva (2010), «Prólogo» en Romero, Eduardo, Un deseo apasionado de trabajo más barato y servicial. Migraciones, fronteras y capitalismo, Oviedo, Editorial Cambalache.

Las migraciones y la huida de la(s) crisis (La Madeja nº 1)

Eduardo Romero

De este lado de la valla que separa frica de Europa, de este lado del control policial que limita América Latina y la UE, la crisis ha podido presentarse como un hecho de carácter temporal
–incluso efímero – y, sobre todo, como una anomalía fruto de los excesos. Medio siglo de continua expansión del consumo de masas en esta pequeña porción del planeta y de disolución –en plena bacanal de imágenes y de tecnologías «informativas»– de la memoria histórica de los pueblos, han generalizado la ridícula impresión de que el crecimiento económico y el aumento del «nivel de vida» del conjunto de la población iban de la mano y, además, eran «para toda la vida».

Sin embargo, lo anómalo y extraordinario era precisamente esa expansión aparentemente sin límites, iniciada a partir de los rescoldos de la Segunda Guerra Mundial –matar millones de personas y devastar países enteros es un estupendo punto de partida para comenzar a hacer negocios– y prolongada mediante la aceleración de la destrucción ecológica del planeta, la intensificación de la explotación de los seres humanos, el consumo de los ingresos futuros (hipotecas, grandes obras públicas, etc.) y, por supuesto, nuevas aventuras bélicas capaces de acabar con población y capitales «sobrantes», además de garantizar recursos estratégicos a las grandes potencias capitalistas.

Para retrasar la crisis en Europa y en Estados Unidos, fue necesario expandir y profundizar esta destrucción ecológica y social en otras partes del planeta; mejor digamos: en la mayor parte del planeta. Una de las principales consecuencias de este proceso ha consistido en que cada vez es más anómalo entre la población mundial un ¿derecho? que quizás hayamos dado por sentado demasiado rápido: el de vivir en la propia casa. Y con la palabra casa no me refiero a una vivienda, más o menos digna, sino a la casa a la que se refiere mi amigo Abdel –que no la ha visto desde hace siete años; ahora tiene 19– cuando dice: «aunque sólo sea por unos días, necesito volver a casa».

Poder vivir en casa es una experiencia cada vez más restringida. Así que las migraciones –que también se nos han presentado como hechos extraordinarios fruto de «efectos llamada»– son, al igual que las crisis, la «normalidad» del capitalismo. Basta una pequeña dosis de memoria para corroborarlo: hoy hay casi seis millones de inmigrantes en el Estado español, pero hace apenas medio siglo, en una sola década –la de los años 60– tres millones de personas emigraban del campo a la ciudad en el Estado español y más de un millón se dirigía a otros países de Europa. Sin millones de personas dispuestas a convertirse –por las buenas o por las malas– en una fuerza de trabajo barata y servicial, la historia de la Unión Europea hubiera sido otra. Sin millones de personas aterrorizadas por los Centros de Internamiento de Extranjeros, las redadas racistas y las deportaciones, dispuestas por tanto a trabajar en condiciones  impensables para buena parte de la población autóctona, el crecimiento económico del Estado español entre 1994 y 2007 hubiera quedado en suspenso.

Si ampliamos nuestra mirada al conjunto de la historia del capitalismo, comprobaremos que los orígenes del mismo están íntimamente ligados a la desposesión de poblaciones enteras, principalmente comunidades campesinas, impelidas a emigrar para salvar la vida. Por otro lado, la continua expansión de la población urbana, que hoy en día es casi tanta como la rural, es un síntoma de que los procesos de «acumulación originaria» no se limitan a los orígenes históricos del capitalismo; por el contrario, están plenamente vigentes y son una de las causas principales de que las migraciones interiores –del campo a la ciudad, de territorios ecológicamente devastados a otros menos degradados, de zonas de guerra a territorios libres de conflictos bélicos– son los movimientos de población más numerosos hoy en día.

Poder vivir en casa es una experiencia cada vez más restringida. Así que las migraciones –que también se nos han presentado como hechos extraordinarios fruto de «efectos llamada»– son, al igual que las crisis, la «normalidad» del capitalismo.

Por diversos motivos, el papel de las mujeres siempre ha sido relevante en las migraciones bajo el capitalismo, y probablemente su importancia no ha hecho sino acentuarse. Su posición subordinada a los hombres respecto a los derechos de propiedad no solamente ha provocado su marginación a las peores tierras o la prolongación de su jornada laboral hasta la extenuación para suplir el trabajo de los hombres, reclutados para los cultivos comerciales o emigrantes a las ciudades; sino que muchas mujeres han encabezado el éxodo hacia las
áreas urbanas: a finales del siglo XIII en Europa –como señala Silvia Federici en su libro
Calibán y la bruja– pero también a principios del siglo XXI, desplazadas por los monocultivos
comerciales y «atraídas» por la expansión de la economía informal y los servicios en las gigantescas conurbaciones de las periferias.

El protagonismo de las mujeres en las migraciones internacionales remite a procesos, en las periferias y en los países capitalistas «avanzados», claves en el desarrollo crítico del capitalismo: el colapso de las ciudades periféricas empuja a muchas mujeres –generalmente principales o únicas proveedoras de recursos para sostener a sus familias– a aventurarse al periplo de la migración transoceánica, dejando atrás a abuelas o hijas a cargo de las personas dependientes de la familia. Este movimiento no sería posible sin la concurrencia de un proceso complementario en los países «centrales»: sus mercados de trabajo están ávidos de mujeres jóvenes dispuestas a ocupar empleos en sectores vinculados al trabajo de cuidados, condición necesaria para que las mujeres autóctonas se incorporen masivamente al trabajo asalariado; y sus gobernantes y empresarios codician la llegada de mujeres inmigrantes que contrarresten –aunque sea parcialmente– la tendencia de las mujeres autóctonas a tener
menor descendencia*: el envejecimiento y la disminución de la población activa no son una amenaza menor para el capital europeo.

Romper con los límites ecológicos y humanos es tarea conocida por el capital, que desearía que las mujeres europeas pariesen hijas e hijos a la vez que se incorporan a los tramos más precarios del trabajo asalariado, y además siguiesen cargando con todo el trabajo de cuidados del que se pueden desentender los hombres. Por el momento las migraciones son, también, otra huida hacia delante para contener esta crisis.

*No es que las mujeres europeas consideren «necesariamente» que la maternidad es una cosa
del pasado, una desgracia o una esclavitud; pero quizás se es esclava cuando además de ser
madre debes trabajar 40, 50 ó 60 horas a la semana a cambio de un salario.

Tierra de frontera (La Madeja nº 1)

Laura Casielles

Los dueños de las puertas son enemigos nuestros
es una mierda eso que dicen de que no hay enemigos
a cada centímetro que avanzamos
conocemos a un nuevo enemigo
y los más antiguos que tengo
son los dueños de las puertas.
(Pedro del Pozo)

-I-

En Yacoub Al Mansour, al final de la cuesta se puede ver el mar. Por lo demás, hay un jardín donde suenan los djembés y un restaurante que este viernes va a preparar cuscús a la manera de Senegal.

En el primer centro de acogida a migrantes del país, que se alza como una fortaleza en el corazón del barrio, nos dicen: «lo que tradicionalmente querían estas personas era llegar a Europa, pero cada vez más gente se queda a vivir aquí, así que lo importante es que la población inmigrante y la marroquí se conozcan».

Cuesta abajo, al final de las calles, sigue estando el mar.
Hay quien continúa viéndolo como la puerta para irse.
Hay quien empieza a mirarlo para ver llegar.

-II-

«Una de las cosas que hace que los jóvenes mantengan el deseo de irse es que saben, a una edad temprana y con carácter irreversible, que nunca tendrán el derecho de ir a Europa. Cualquier niño sueña que va a ir a un partido de su equipo en Barcelona, que se va a hacer una foto con la torre Eiffel: pero a él se le priva del sueño. Les llega la misma información, las mismas películas, los mismos productos que invaden los mercados, y todos dicen: ‘globalización, el mundo es pequeño. Pero tú no, tú no puedes viajar’.

(…)

Esto es así, pero también hay que preguntarse: ¿qué pasa en un país para que nadie se quiera quedar?»

(Amina Bargach, psiquiatra, entrevistada durante un encuentro profesional sobre menores migrantes. Julio de 2010)

-III-

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La tribu de Fatna, la de los bereberes Ait Sgugu, vive del pastoreo al pie de las montañas en Azaghar, en unas tierras que por tradición les pertenecen de manera colectiva. Ahora, un proyecto del Ministerio de Agricultura pretende cultivar allí una planta llamada atriplex.

(Viven del campo: el convenio dice que va a crear empleo en el campo. El bosque es su país: el convenio dice que va a proteger el bosque. En sus casas no hay nada superfluo: el convenio dice que va a hacer las tierras rentables.)

Junto al fuego, lejos de donde discuten a gritos los representantes de la comuna con los delegados que han venido de la ciudad, Fatna nos dice que durante los cinco años que la planta tarda en crecer, quinientas familias se quedarán sin pasto para las ovejas y vacas que son su único sustento. Nos cuenta en secreto que, desde que se negaron, cada semana un coche de policía corta la única carretera que lleva al pueblo, para que no pueda llegar el camión con el que van al zoco más cercano a cambiar leche por verduras, lana por jabón.

«El proyecto los condena a irse a la ciudad, donde, como no tienen nada, tendrán que vivir en los barrios de chabolas, en los que nacen la pobreza y la delincuencia», explica nuestro traductor. «Si se implanta, ¿de qué sirve que hagan luego aquí una escuela o una carretera? La gente ya se habrá tenido que ir».

– IV –

Al norte, al sur, al este, al oeste, en las ciudades y las aldeas, sobre los chamizos y en lo alto de los inmuebles, un mar de parabólicas ha cubierto el país.

Dicen las abuelas que antes se podía recorrer la ciudad entera saltando de terraza en terraza.

Ahora lo que es realmente fácil es saltar de Eurosport a la MTV.

-V-

La revista de prensa deja sobre la mesa un fardo de pájaros muertos.
Diario Aujourd’hui, 3 de septiembre de 2010:

Lo que cambia para la mujer durante el ramadán
Además del aspecto vestimentario, la mujer marroquí tiene durante el mes de Ramadán un gran cambio en sus costumbres: dormir poco y esforzarse mucho para ocuparse mejor de sus tareas domésticas. (…) Ella sabe que tiene la misión de mantener un ambiente cálido y festivo en su hogar. (…) «No encuentro las palabras para explicar mi alegría por encontrarme, tras la ruptura del ayuno, acompañada de mi familia y saboreando los platos que he preparado para ellos». (…) Pese al aumento de sus tareas domésticas durante el Ramadán, la mayoría de las mujeres afirman que no tienen queja, porque el mes de cuaresma pone en valor su rol tanto en la sociedad como en sus hogares.

-VI-

Todo lo que necesitaron nuestras madres lo he aprendido aquí. No hay mujeres solas en los cafés ni en los parques. No hay mujeres solas en la plaza de las flores. Todo el tiempo oímos sordos, sórdidos, silbidos que pronuncian: «gazelle».
«Gacela»: el epíteto de amor de los viejos poetas es secuestrado por voces que nos hacen caminar mirando al suelo. Queremos rogar: no convirtáis el deseo en un arma ni en una moneda.
«Gazelle»: ¿qué hacer entonces con tu cuerpo?
Puedes taparlo, puedes obviarlo, puedes odiarlo.
Puedes irte.
De vez en cuando, una brisa sacude la ciudad. Una deja de tapar, de odiar, de obviar. Deja de
pensar en irse lejos, y, a cuerpo abierto, responde: «shuma alek».
«Me avergüenzas».
Levantamos entonces la vista.

– VII-

tierra-de-frontera_3tierra-de-frontera_6La plaza de Tetuán es una
metáfora de la palabra poder.
Hasta 1973 era un rincón popular.
Entonces hubo una revuelta en la
ciudad. Tras acabar con ella, se quiso que nadie olvidara quién manda aquí. Por eso, se construyó un palacio en una esquina, y se cerró con vallas todo el perímetro de la explanada.
— ¿Y por qué era la revuelta, Brahim?
— «Es que después de la independencia todo cambió. Acabó el protectorado español, pero nos
pusieron como soberano a un rey que no conocíamos y nos impusieron la religión islámica. Nuestros hijos tenían problemas en la escuela porque no hablaban francés. Cuando la independencia, Francia supo guardar sus intereses. Se las arregló para que su idioma siguiera siendo oficial, e hizo acuerdos para que sus empresas tuvieran prioridad para instalarse aquí. Nosotros queríamos un país independiente, pero tuvimos una colonización nueva. Por eso fue» –explica Brahim–.

– VIII-

Las puertas se mueven:

Ceuta, 7 agosto 2000 (EFE).- Un total de 333 inmigrantes, procedentes de diferentes localidades de Marruecos, han sido detenidos en la denominada «operación feriante», puesta en marcha en Ceuta para impedir el acceso a la península de inmigrantes ocultos en las atracciones que han participado en los festejos (…) Los inmigrantes fueron detenidos cuando se ocultaban en el interior de los portamaletas, los techos y en los amasijos de hierro a que quedan reducidas las atracciones (…) En la operación han participado agentes del Cuerpo Nacional de Policía, Guardia Civil y Policía del Puerto.

Rabat, 30 agosto 2010 (EFE).- Más de 150 subsaharianos candidatos a la emigración clandestina han sido detenidos en las últimas horas por las fuerzas de seguridad marroquíes en la ciudad de Uxda y en las provincias de Nador y Driuch (…) [Se trata de] subsaharianos de diferentes nacionalidades que habían entrado clandestinamente en Marruecos y se refugiaban en zonas boscosas en los alrededores de la ciudad y junto al campus (…) Esta vasta operación contó con la labor conjunta de la Gendarmería Real, las Fuerzas Auxiliares y cuerpos locales de la región.

– IX –

Mujeres de negro, contadme por qué gritáis.
Fatiha, Corán en alto, fornida como un muro de hiedra: «Reclamamos, reivindicamos, exigimos, una investigación seria». Los atentados de Casablanca del 16 de mayo del 2003 tuvieron 45 víctimas, contando a los kamikazes. Pero, pese a toda la muerte, «es imposible que los miles de personas que fueron detenidas y torturadas estuvieran detrás».
Hanae, ojos verdes que arden en el pequeño hueco que deja el niqab: «Los arrestaron por ser amigo de, por ser vecino de, por vivir en una calle, por llevar barba». Tendrá 22 años. Su marido está en la cárcel de Tánger. Su hermano también. «Si no les llevamos nosotras la comida, no tienen qué comer. Y no todas las familias pueden llevar comida, y si yo llevo a mi hermano lentejas, no va a coger él su plato y comérselo. Y, ¿cómo va una a comprar lentejas para todos?».

tierra-de-frontera_4Cincuenta mujeres cubiertas de tela negra gritan ante la prefectura de Rabat. Cientos de hombres a los que aman empiezan hoy una huelga de hambre en todas las prisiones del país. «Lo que pedimos es muy simple. Queremos que nos traten como ciudadanos de un país que respeta a sus ciudadanos, no de un país que vende a sus ciudadanos».
En la redacción de los periódicos, los jefes dicen: «una manifestación de cincuenta mujeres no es noticia».
Hanae, ojos verdes que arden en el pequeño hueco que deja el niqab, cuéntame por qué gritas.

– X –

El nuevo puerto de Tánger Med puede acoger 600.000 camiones. Entran en las bodegas de los barcos como en el vientre de adormecidas ballenas. Fresas. Tomates. Naranjas.
En un cuarto pequeño, en una pantalla se registran líneas de luz, que, para ojos expertos, indican si todo va según es debido. Es decir: si no pasa nadie que no tenga que pasar.
Una de las líneas, por ejemplo, mide el calor que despiden las mercancías y se asegura de que sea el que tienen que despedir: los tomates tienen temperatura de tomates, no de cuerpos humanos nerviosos.
Otra máquina es capaz de detectar si dentro de los camiones se perciben latidos de corazón.
Latidos de corazón.

tierra-de-frontera_5Desde arriba, desde los arcenes, se ve el puerto en toda su extensión.
Apoyada en los guardavías, siempre hay gente.
Miran partir los barcos.

En primera persona: historia de un diá-logos (La Madeja nº 1)

Lorena Fioretti

Esta sección que hemos denominado en primera persona es, desde siempre, un diálogo, porque creemos que todo saber, es decir todo logos, se construye a partir de un encuentro. Pero este saber ha sido, en general, construido en la tradición occidental a partir de la separación sujeto-objeto: hay alguien que desde una «distancia óptima» tiene el poder de nombrar la realidad de otras personas. Creemos que es necesario desarticular estas relaciones, acortar distancias, mezclarnos, difuminar fronteras. Alzar la voz.

Desarticular esas distancias implica conocer el lugar desde el que hablamos. Quien escribe estas palabras, acoge las palabras de otras desde su propia experiencia migrante. ¿Existe por ello alguna diferencia? Como en todo encuentro, se juegan siempre procesos de identificación que, claramente en este caso, tienen que ver con la situación de emigrar/inmigrar. Pero creo que estos procesos son siempre parciales; así, con algunas personas comparto la experiencia siempre singular del «destierro» y con otras, la de ser mujer, trabajadora, latinoamericana, estudiante, etc. ¿Cómo influye esto a la hora del encuentro? No lo sé. Pero en todo caso, lo importante es el hecho de que toda palabra supone una demanda de atención, de reconocimiento, de amor; implica a alguien que sostenga esa historia desde la escucha, porque la palabra dada como un don siempre supone un entre-dos. Esa es la posición que intenté ocupar.

Y en este hacer-nos, es decir, nombrarnos colectivamente, nos preguntamos dónde queda el nombre, nuestro nombre. Si los saberes son construidos a partir de las generalizaciones, de lo estadísticamente significativo, nosotras queremos saber de lo particular, de las historias singulares en las que estamos enredadas. Por ello, creo que los nombres propios importan ya que nos muestran cómo cada una, frente a la realidad en la que vivimos, intenta, a su manera, transformarla. Pero pensamos también que es necesario cuidarnos frente a una realidad en la que las situaciones de discriminación y persecución se extienden cada vez más. Por esto optamos por el anonimato, insistiendo en la importancia que cada una de estas historias tiene para nosotras.

Compartamos entonces tres historias, tres soledades, tres proyectos de vida, tres realidades distintas.

¿Por qué decidiste emigrar?

Soy una persona que trabajé desde los siete años en el campo porque mis padres eran campesinos. Cuando tenía 12 años, un hombre dueño de una de aquellas fincas se enamoró de mí, pero él era un hombre viejo. Mi padre estaba de acuerdo con todo porque había dinero. Entonces a los 14 le dije a mi madre que me iba a vivir a la ciudad, ella me dijo que se iba conmigo. Las mujeres de antes no eran como ahora, aguantaban más. Mi padre dijo que todos nos íbamos juntos a la ciudad, pero que mi hermana y yo –las mayores– teníamos que empezar a trabajar afuera. Empecé entonces a trabajar en casas. A los 15 años conocí a un chico y me enamoré, pero mi padre estaba obsesionado con otro hombre que tenía dinero, pero yo le dije que no. Entonces mi padre me echó de casa. Vivía sola y trabajaba en casas de familia.

Proyecto migratorio

Un día le conté a un amigo que estaba muy aburrida, dormíamos malamente, sin cama, sin nada y yo quería ver a mi mamá bien. Ella había sufrido muchísimo toda la vida, yo quería ayudarla, pero no me alcanzaba. Él me contó que tenía dos primas en España que trabajaban en casas de familia y que les iba muy bien. Nunca en la vida había pensado en salir de Colombia, era muy inocente, no se me ocurría esa posibilidad. Yo tenía para ese entonces 19 años. Supuestamente venía a trabajar en una casa de una señora en Madrid.

Experiencia migratoria real

Me dieron una dirección. Aquí me recibió un hombre español, me subió a un coche, habló con alguien por teléfono y le dijo cómo era. Ahí me di cuenta que me llevaban a un puticlub y dicho y hecho, me llevaron para La Felguera. Todas éramos jóvenes y extranjeras. Cuando llegué me quitaron los papeles y me dijeron que hasta que no terminara de pagar la deuda no me los darían. Esa misma noche me pusieron a trabajar. Fue horrible, nunca se me olvidará el primer día. Todas las mujeres lloraban, pensaban que venían a trabajar normal. Vivíamos en el mismo club y trabajábamos todos los días. Se quedan vigilándote para que no vayas a contar nada, pero yo me atreví. Cuando terminas de pagar la deuda, te devuelven el pasaporte, pero si te escapas antes ellos te matan a alguien en Colombia, a algún familiar. Un día vino al club un cliente que era muy joven y nos enamoramos de verdad. Él me ayudó a conseguir un trabajo de camarera en un hotel. Yo no podía trabajar en la barra porque no sé leer y escribir. Allí conseguí mis papeles y tengo mi nacionalidad española.

Relaciones afectivas

Con las chicas del club muy bonito, bah, había de todo, algunas eran malas, pero la mayoría nos hicimos amigas, pero no supe más de ellas cuando me fui. Con la gente de aquí: con la familia de este chico, muy mal. Un día encontré al hermano y me dijo de todo solo por ser extranjera, no me conocía de nada. Los  padres querían que tuviera una novia española. Él me dijo que tendría una novia española pero que yo sería su novia de verdad. Le dije que no. Fue horrible. Luego conocí al padre de mi hijo, el padre no se hizo cargo. Lloré mucho, pero decidí parar para que el niño crezca bien, entonces me dije: voy a cuidarme. Pasé todo el embarazo sola, pero cuando me encontré sola con el niño me dio una depresión tan horrible.

Ahora trabajo en casas y vivo tranquilamente. No volvería a Colombia a menos que me ganara la lotería (risas) para comprarme una casa en Barranquilla. Se extraña, ¿para qué te voy a engañar?, yo quisiera estar con mi familia. Cuando vas todo el mundo se te acerca porque piensa que llevas dinero, pero no es así. A mi madre siempre le ayudo, con lo que puedo.

Yo ya me siento de acá. Cuando viajo a Colombia me siento mal, todo me sabe horrible, me siento extranjera. Pero después me acostumbro. Pero no voy a volver, no voy a quitarle al niño la oportunidad de vivir en España y tener lo que yo no tuve. Además yo deseo encontrar un buen hombre, eso es lo que tengo ahora en mente. No me arrepiento de haber venido, pasas cosas malas pero también cosas buenas. Yo hice lo que hice para salir de esa miseria tan horrible. Yo no soy capaz de vivir allí, aquí te apetece algo y lo puedes comprar. Allí se vive muy malamente, no te puedes alimentar bien.

Acá yo me siento un poco mal porque me miran a mi hijo como extranjero, por ejemplo en el parque. Cuando llegué al piso una vecina me preguntó si tenía marido, me lo preguntó porque era extranjera. Es horrible. Quisiera que no fuera así porque luego la gente que me conoce está muy contenta conmigo.

Perspectiva de futuro

Ahora tengo unas ideas. A mí me cuesta mucho leer y escribir, entonces este año quiero aprender a hacerlo mejor para poder hacer un curso de cosmética. Es que tampoco quiero tener 40-50 años y seguir trabajando en casas.


¿Por qué decidiste emigrar?

Es muy doloroso escuchar que estamos aquí por el «efecto llamada», hay que contar la otra versión de la historia. Nosotros no vivimos 100 años, en Senegal el promedio de vida es de 60 años. Por eso, llega un  momento en la vida yo ahora tengo 46 y soy consciente de eso. No decidimos viajar para volver con una cadena de oro, sino para ayudar a nuestras familias que son muy extensas. Nosotros nos consideramos como sacrificados. Yo lo siento mucho por mi mujer y mis hijos, ellos deberían tener a su padre al lado. Yo, por ser el hijo primogénito, me sacrifiqué. Tengo la obligación de ayudar económicamente. Cambiar esto será una tarea muy difícil porque implica cuestionar la poligamia, la contracepción, el sistema de pensiones, etc. Hay que dejar de tener hijos de esa manera. Yo sabía que no era fácil. Me costó mucho tiempo conseguir un visado, mientras más pobre eres más cosas te piden. Yo había terminado de estudiar hacía muchos años, en ese momento tuve que empezar a ganarme la vida, no se puede estar toda la vida bajo la protección de los padres: tenía que encontrar un trabajo para ayudar a la familia porque mi padre tenía un trabajo liberal y con la apertura del mercado a productos norteamericanos y europeos, el negocio empezó a ir mal.

Encontré un trabajo en una multinacional: me seleccionaron después de una entrevista a la que concurrí por un aviso en el periódico. No conocía a nadie, yo no estaba enchufado. Empezaron a pasar cosas que me parecían muy raras. Decidí marcharme entes de que me echaran. Promocionaban a mucha gente pero a mí no, las cosas son así en Senegal. Aguanté mucho tiempo pero la corrupción es muy fuerte. Ese lugar era la selva, no se cumplía la ley. Si uno no acepta la corrupción, se convierte en un enemigo. Luego me harté. Yo quería volver a Dakar. Se manda a esa región a los «sin padre» o lo que se llaman huérfanos.

Luego trabajé en la  enseñanza, daba clases de inglés en una escuela. Yo quiero un trabajo, pero no  cualquier trabajo. Intenté muchas cosas, emprendí muchos proyectos, pero las cosas no podían seguir así. Entonces decidí irme. Lo hablé con mi mujer, ella tenía que comprenderme y ayudarme, yo lo hacía para salvarla. En Senegal yo había perdido toda esperanza. Ella me sigue apoyando mucho moralmente. Este proyecto es de los dos. Ella cuida mucho a mis hijos y también ayuda económicamente porque compra y vende mercancía. Ella es muy combativa, tiene una mentalidad muy fuerte.

Proyecto migratorio y experiencia migrante real

Llegué aquí hace tres años y pico, previo paso por Francia. Yo no sabía que iba a terminar en un país en el que se habla otra lengua. Es que España está aquí, cerca de África, pero nunca pensé que viviría aquí. Sufrí en Francia muchos problemas de persecución, sobre todo institucional. Yo pensaba que siendo un país francófono todo sería más fácil, pero no fue así. Entonces decidí marcharme. Son muy hijos de puta los gobiernos, ahora se habla de la inmigración «seleccionada», nosotros queremos la inmigración concertada. Obtuve después de mucho tiempo la visa de turista, falsificando papeles demostré que tenía mucho dinero. Si hubiese tenido tanto dinero hubiese montado algo allí, ¿no? Algunos amigos que estaban aquí en Asturias me dijeron. Antes yo no sabía nada de España. Ellos me dijeron cómo se vivía aquí. Desde que llegué aquí no volví a salir hasta que conseguí los papeles.

Casi todos los inmigrantes tenemos un proyecto muy claro de lo que se viene a buscar y de lo que se quiere hacer luego, pero sin cifras, nosotros somos africanos, allí la tradición oral es muy fuerte. Estamos aquí para conseguir un capital suficiente para montar algo en Senegal: un negocio, un restaurante, etc. Sabemos que si no tenemos algo concreto no podemos seguir viviendo, además en Senegal no hay jubilación (sólo los funcionarios cobran). La jubilación son los hijos, por eso la gente quiere tener muchos. Por eso quieren que te cases temprano para que antes de llegar a los 40 te puedan ayudar.

Mi proyecto está cambiando porque yo no había contado con que podía conocer a más gente, compartir ideas y que podía tener un porvenir junto a ellos. Hoy mi proyecto puede ser la integración, ¿por qué no? Si encuentro un hueco… Qué importa dónde estemos, lo importante es estar contento, comer y hacer cosas que nos enorgullezcan. A toda mi familia no puedo traer, pero a mi mujer y a mis hijos… Otra alternativa es abrir un puente entre España y África, entonces podemos estar un poco aquí y un poco allí.

¿Cuáles son las cosas de aquí que más te han cuestionado?

Yo no sabía que había tantas diferencias. Yo no puedo vivir sin la otra parte de mi que sois vosotras. Creo que todos y todas tenemos que ir juntos, al trabajo, en la casa. Tenemos que mezclarnos. Con el tema de la mujer, nosotros al principio sólo vemos el lado femenino. Antes de entenderlo te cuesta mucho. Por ejemplo, en las asociaciones, tenemos problemas de entendimiento, de interpretación. La primera cosa que solemos preguntar es si una mujer está casada, si no, el campo está libre. Eso también genera muchos malentendidos. A nosotros nos han educado así. Una chica y un chico no pueden ser amigos verdaderos. Poco a poco fui entendiendo que una chica y un chico pueden tener otro tipo de relaciones. Aquí sin mujeres no hay nada, aquí hay que hacer con las mujeres.

¿Qué extrañas de Senegal?

Extraño ese calor humano, pero ahora muy pocas veces, porque casi siempre estoy con mucha gente. Creo que me estoy transformando poco a poco y no sé si eso es un peligro. Ahora tengo miedo de, por ejemplo, comer ciertas comidas africanas. Antes no le daba importancia a las consecuencias de nuestra alimentación. Pero el cambio no es fácil porque hay algo heredado que se ve herido. De vuelta a Senegal, ¿eres el mismo o has cambiado? Yo no quiero cambiar, yo quiero ser el mismo que conocieron. Pero cambiar tiene también algo de positivo. Debo tener el coraje de poder decir «esto no», porque nos puede costar la vida. Pero por el resto, yo voy a seguir siendo el africano que conocieron.


¿Por qué decidiste emigrar?, ¿cómo fue el proceso migratorio?

Decidí emigrar hace cuatro años luego de terminar los estudios –estudié en la Universidad una licenciatura− porque no hay trabajo en mi país. Antes de venir aquí estuve casada y me divorcié. Allí trabajé un tiempo en la enseñanza. No es común que las mujeres emigren solas, mis padres no estaban de acuerdo pero cuando yo decido algo, lo hago. El proyecto inicial era seguir estudiando aquí, pero no pude.

Al principio no encontraba trabajo entonces cambié de ciudad y trabajé en una empaquetadora de frutas. Era mejor que trabajar en el campo o en un bar. Pero todo era muy difícil: no sólo el tema del trabajo, sino el religioso. Allí conocí a mi actual marido, fuimos a Marruecos a casarnos. Volvimos a España, a él le iba bien en la construcción, pero ahora tenemos muchos problemas: él no tiene trabajo fijo y yo trabajo en una casa sólo cuatro horas por semana.

¿Qué extrañas de tu tierra?

Extraño a la familia. Si pudiera tener una casa allí para mí sola, volvería. Lo que yo no quiero es vivir con mi suegra, mi cuñado o con mi madre y mis hermanos. Cada uno hace su vida. Yo tengo experiencia en la Cruz Roja, podría trabajar en algo relacionado a eso. También quisiera que mi hija pudiera aprender árabe y vivir una vida con nosotros normal. Para mí aquí es muy difícil por ser inmigrante, sólo por ello todas las personas nos tratan mal. Muy poca gente nos trata bien. Se sufre mucho. La gente no sabe nada de nosotros, creen que somos sólo personas muy pobres, que no tenemos valores ni opiniones acerca de las cosas, ni personalidad, en definitiva, no saben cómo vivimos en Marruecos y entonces hay muchos prejuicios.

Me gusta que en Europa haya leyes y democracia. En general aquí toda la gente vive bien. En Marruecos hay poca gente que tiene mucho dinero, pero la mayoría vive malamente. Además no me gusta la relación entre hombres y mujeres. Los maridos nunca ayudan a las mujeres allí –aunque nosotras también trabajamos fuera de casa−, las tratan siempre mal. En cambio aquí es diferente. El problema no es la religión, ésta dice que los hombres deben ayudar a las mujeres. Aunque los hombres vivan aquí y vean otras cosas, siguen comportándose como si estuvieran allí con respecto a eso.

Otro tema es el de los modos en los que se establecen las relaciones entre hombres y mujeres. A mí me parece mal que la gente no se case, pero también me parece mal la poligamia, yo no puedo vivir con otras mujeres. Si yo puedo trabajar y hacer las cosas de la casa, ¿por qué buscar a otra? Ya le dije a mi marido que si tiene otra esposa, yo me marcho. Me parece mal que sea una obligación.

El proyecto por ahora es encontrar un trabajo y seguir en España para juntar dinero y así poder comprar una casa en Marruecos y tal vez vivir un poco allí y un poco aquí, después que mi hija decida dónde quiere vivir.


Este trabajo no hubiera podido realizarse sin la inestimable colaboración de Pili Quintana de Asturias Acoge, por su escucha siempre atenta y sus palabras de acompañamiento. Por ello, muchas gracias.

Empleo, migraciones y género: apuntes de la crisis (La Madeja nº 1)

Pedro Menéndez

Resulta paradójico recurrir a la estadística[1] para abordar de forma conjunta mujer(es) y trabajo(s). Es conocida la secular falta de datos sobre las actividades no remuneradas que, hasta su (re)incorporación al mercado laboral y aún hoy en épocas y espacios concretos, han ocupado la mayor parte del tiempo de las mujeres. Partimos, por tanto, de unas estadísticas mutiladas o, más bien, mutiladoras, más aún cuando se trata de mujeres inmigrantes. Las afiliaciones a la Seguridad Social, por ejemplo, sólo aportan los datos de las extranjeras con contrato, y para acceder a él resulta imprescindible la condición de ciudadanía (o el consabido permiso de trabajo)[2]. Así que, «libres» ya de las inmigrantes sin papeles, invisibilizadas en la economía sumergida, abordemos esas estadísticas, muchas de las cuales – conviene tenerlo presente – son elaboradas por un gobierno que es parte interesada en la cuestión.

Los tres últimos años han sido el escenario de una crisis que, en el caso del Estado español, ha sido también una crisis de empleo. 2009 acabó con más de cuatro millones de personas en paro, de las que un millón eran inmigrantes. ¿Cómo ha afectado esa pérdida de empleo a las extranjeras? Según las últimas Encuestas de Población Activa, están soportando mejor la destrucción de puestos de trabajo que, sobre todo en 2008, se cebó con el sector de la construcción[3]. Si bien tradicionalmente la tasa de paro de las inmigrantes es superior a la de los hombres, en los dos últimos años la tendencia cambió. El paro masculino pasó del 8,8% en 2006 al 33,1% en 2009, mientras que en el caso de las extranjeras el incremento fue más moderado, del 16,1% al 25,5%. Así todo, entre el cuarto trimestre de 2007 (inicio de la crisis) y el mismo periodo de 2009, se produjo un aumento de 210.400 desempleadas, más del doble[4]. Y un dato significativo: la tasa de paro más alta recayó en africanas (sobre todo marroquíes) y asiáticas, con el 44,7%. Por sectores, el paro ha arreciado con más fuerza entre las trabajadoras del sector servicios. En 2009, 211.800 desempleadas, más del 50%[5], procedían de la economía terciaria. Las nacionalidades más afectadas fueron la ucraniana, argentina, peruana, dominicana y china. Como nota positiva, aunque cuantitativamente de poca importancia, desciende el número de desempleadas en dos sectores, la agricultura y la industria.

No sólo las tasas de desempleo han bajado, las afiliaciones de extranjeras a la Seguridad Social ofrecen porcentajes más halagüeños. En 2009 fueron el 43,5% de los contratos laborales firmados por inmigrantes. El dato mejora el 42,2% de 2008 y el 39,3% de 2007[6]. En cualquier caso, este crecimiento porcentual parece estar más relacionado con la pérdida de afiliación entre el colectivo masculino que con un aumento significativo de las altas laborales entre las extranjeras. Además, ese 43,5% es aún inferior al porcentaje entre el total de población foránea, en el que las mujeres son el 44,8%.

Pero los datos anteriores no reflejan las diferencias entre inmigrantes de distintos países. Ya se ha mencionado la tasa de paro entre africanas y asiáticas, aproximadamente el doble que las de latinoamericanas y europeas. En cuanto afiliaciones a la Seguridad Social, en números absolutos destacan las rumanas, las ecuatorianas, las colombianas y las marroquíes. Sin embargo, las últimas sólo suponen el 23,9% de las altas laborales de sus compatriotas[7]. Los porcentajes más altos son para bolivianas y dominicanas, con casi el 64%. Ucranianas, colombianas y ecuatorianas también son mayoría en la Seguridad Social respecto a sus compatriotas masculinos.

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empleo_3¿Qué lectura cabe hacer de estos números? Si nos quedamos en los análisis de carácter más bien amable, como los que jalonan el último informe de Miguel Pajares, positiva o, al menos, esperanzadora. Sin embargo, las cifras ocultan la generalizada explotación de la población inmigrante. Por citar dos cuestiones, en el marco de la división sexual del trabajo es reveladora la especialización de las extranjeras en el servicio doméstico. Sin contabilizar a las sin papeles, en la última década se han duplicado las afiliaciones en el Régimen Especial del Hogar, y más de la mitad, casi 180.000, son personas inmigrantes[8]. En segundo lugar, el mencionado incremento en las tasas de actividad y de ocupación y en las listas de la Seguridad Social está vinculado al proceso de incorporación de las mujeres al mercado laboral. La feminización de la fuerza los porcentajes a costa de responder a las «necesidades» de determinados sectores de actividad: salarios más bajos[9], temporalidad, peores empleos, percepción de menor combatividad, etc.

empleo_4Estas estadísticas positivas son en parte el reverso de las estadísticas negativas de los trabajadores extranjeros. En 2008, la destrucción de empleo en la construcción llevó al paro a muchos inmigrantes, y fueron las mujeres quienes nutrieron las listas del INEM en busca del empleo perdido en la familia. Ese año, el «efecto del trabajador añadido» fue femenino. Pero no siempre es una sustitución completa, pues los nuevos salarios son más bajos. En 2009 la tendencia se invirtió; la destrucción de empleo llegó al sector servicios. Sería interesante conocer cuántas familias perdieron ambos empleos en ese periodo.

Respecto a la inmigración «ilegalizada» y a la economía sumergida, ya se apuntó al inicio las limitaciones que la estadística encuentra en esos campos. En cualquier caso, existe una disyuntiva sobre su evolución en los periodos de crisis como el que nos atañe. Desde algunas atalayas (sindicatos, medios…) se ha señalado un incremento de inmigrantes sin papeles y de trabajo informal como consecuencia de la recesión. En su informe de 2010, Miguel Pajares argumenta que no hay datos disponibles para afirmar o negar tal incremento, ni para certificar si la proporción de trabajo sumergido entre los extranjeros aumenta o disminuye[10]. Lo que sí se antoja importante en este contexto es reseñar un cambio en la procedencia de esta inmigración. En años precedentes llegaba desde el exterior. Desde 2008 ha crecido la proporción de quienes sufren irregularidad sobrevenida, es decir, personas que han perdido la autorización de residencia y trabajo por la imposibilidad de renovarlas. Hoy, la crisis no sólo importa inmigrantes sin papeles; también los crea dentro de las fronteras del Estado, al despojarles de unos permisos cada vez más caros de preservar ante la precariedad del empleo.

[1] Fuentes consultadas: Encuesta de Población Activa, Instituto Nacional de Estadística (INE); Encuesta de Migraciones, Instituto Nacional de Estadística (INE); Boletín de Estadísticas Laborales, Ministerio de Trabajo e Inmigración; Observatorio Permanente de la Inmigración; Pajares, Romero, Miguel, Inmigración y mercado de trabajo. Informe 2010; Romero, Eduardo (2010), Un deseo apasionado de trabajo más barato y servicial. Migraciones fronteras y capitalismo. Oviedo, Editorial Cambalache.
[2] Y en el caso del padrón municipal, no pocas sin papeles evitan registrarse por miedo, valga la redundancia, a los registros domiciliarios. En cualquier caso, el padrón aporta una información de carácter poblacional, pero nada nos dice sobre la situación laboral de las personas inscritas.
[3] De 404.625 extranjeros afiliados en marzo 2007 se pasó a 210.735 a 2009.
[4] Aunque el año pasado «sólo» representaron el 27% del desempleo extranjero. En el mismo periodo, el número de desempleados entre los varones inmigrantes se cuatriplicó, al pasar de los 202.800 a los 661.000
[5] El porcentaje puede ser mayor, ya que la EPA contabiliza aparte a las paradas de más de un año, muchas ellas procedentes del sector servicios, que en 2009 ascendieron a 123.300.
[6] Cabe resaltar que el aumento más significativo de afiliaciones a la Seguridad Social por parte de extranjeras se produce en 2005, debido al proceso de regularización que rescató gran parte del trabajo sumergido vinculado al servicio doméstico.
[7] El más bajo de las once nacionalidades seleccionadas.
[8] De ellas, 157.155 son personas extracomunitarias.
[9] Entre 1994 y 2006, la diferencia salarial entre sexos aumentó del 39% al 43%.
[10] A pesar de ello, Pajares tira de los datos del padrón y del número de autorizaciones de residencia, una práctica con demasiadas lagunas para tomarla en consideración, para apuntar en una dirección: en los últimos años, la diferencia entre los primeros y las segundas (el resultado sería el supuesto número de inmigrantes irregulares) disminuye. En definitiva, Pajares parece alinearse con las tesis más institucionales, que apuntan a una reducción de la inmigración irregular en este periodo de crisis.

 

Centros de Internamiento de Extranjeros. Especificidades de Género en el Cie de Aluche (La Madeja nº 1)

Alejandra Calvo Martínez,
Cristina Regodón Fuertes.
Ferrocarril Clandestino


Dentro de las ciudades hay «lugares» en los que la libertad de movimiento e incluso los derechos básicos de las personas quedan condicionados por la ciudadanía o la carencia de ella. Son nuevas fronteras (internas) entendidas como forma de control selectivo de los que parecen no pertenecer a ese lugar. Tanto en el momento actual como durante la creación de los Estados-Nación, siempre han sido dispositivos que marcan una línea.

Nos encontramos con la perversidad de un sistema que parece estar creado para
amedrentar, criminalizar y castigar con la medida penal del encierro a personas que sólo han cometido una falta administrativa.

Podemos distinguir en nuestra ciudad diferentes formas de exclusión/inclusión. Una escena tan cotidiana como salir del metro, estar en un bar o ir a hacer la compra puede no ser tan convencional y acabar en una detención y en un posterior encarcelamiento. Dentro de estas fronteras internas nos encontramos quizás con la forma más brutal de las mismas en la figura de los Centros de Internamiento de Extranjeros, CIEs. Su existencia legal data, en nuestro país, de 1985, pero no fue hasta 1999 cuando se creó una norma legal que los regulase.

Los CIEs se definen como establecimientos públicos de carácter no penitenciario, donde se retiene, por un plazo de hasta 70 días, a las personas extranjeras en situación irregular identificadas en la calle, en espera de la deportación. Aquí nos encontramos con la perversidad de un sistema que parece estar creado no sólo, como indica la norma, para ejecutar una medida cautelar contra aquellas personas con orden de expulsión, sino para amedrentar, criminalizar y castigar con la medida penal del encierro a personas que sólo han cometido una falta administrativa, no penal: no tener su documentación regularizada.

Los poderes públicos tratan de mantener la opacidad sobre lo que ocurre dentro de los CIEs. Es difícil encontrar datos estadísticos de la Administración sobre la ocupación de estos centros, los motivos del internamiento o las expulsiones ejecutadas. Los pocos datos de los que dispone la opinión pública provienen de informes del Defensor del Pueblo, artículos de prensa, de los informes recabados por distintas organizaciones sociales, ONGs1, etc. y algunos datos aislados de la policía.

La combinación de elementos de arbitrariedad y confidencialidad dan lugar a la impunidad, que caracteriza los abusos cometidos dentro del mismo. Estas agresiones violan los derechos fundamentales y constitucionales de estas personas que, no olvidemos, se encuentran bajo tutela del Estado español.

Especificidades de las mujeres en el CIE

Resulta imposible abordar la realidad de las mujeres en el CIE sin tener en cuenta la perspectiva de la interseccionalidad de las discriminaciones que sufren. Se denomina Interseccionalidad a la teoría que propone y examina cómo diferentes categorías de discriminación, construidas social y culturalmente, interactúan en múltiples y, con frecuencia, simultáneos niveles, contribuyendo con ello a una sistemática desigualdad social2.

Esta interseccionalidad de la discriminación sufrida por las mujeres migrantes tiene su expresión física en el CIE3, siendo las retenidas las que se llevan la peor parte en el reparto de espacios: sus celdas se ubican en la planta baja del edificio, lo que hace que sus ventanas (con rejas) tengan una visión limitada. Esta posición del módulo de mujeres supone también un aumento de los niveles de humedad y frío que sufren. De la misma forma, las mujeres internas en el CIE de Aluche tienen un patio notablemente más pequeño que el de los hombres y mucho menos accesible. Habitualmente, y dada la prohibición de salir de las celdas de noche, las internas tienen que hacer sus necesidades en bolsas que cuelgan de sus ventanas, y que al menor golpe de viento caen a su propio patio que, a diferencia del de los hombres, no es limpiado nunca.

A esto se pueden añadir otras terribles condiciones de higiene con las que las autoridades del CIE someten y deshumanizan a los internos e internas. Por ejemplo, el hecho de que las mujeres carezcan del material higiénico femenino básico (compresas, tampones, etc.) es otra de las imágenes habituales que nos encontramos dentro. Y es que, cuando se convierte a una persona en un número, se deja de atender a su condición humana y, por ende, a su género. Prueba de ello es que los miembros del Cuerpo Nacional de Policía que gestionan el módulo de mujeres son en su mayoría hombres. Teniendo en cuenta que hasta hace poco no había puertas en los baños del CIE de Aluche, es posible baremar en su justa medida la existencia de estrategias de humillación y cosificación sistemáticas.

Por otro lado, pero en el mismo sentido, un embarazo en un Centro de Internamiento de Extranjeros, es una situación indeseable a la luz de cualquier tipo de prescripción facultativa –médica, psicológica, etc.−, lo que desencadena, en ocasiones, la pérdida del embarazo. Son comunes los casos de mujeres internadas tras el parto y en el período de lactancia que se han visto separadas de sus hijas, con la consiguiente situación de desgarro emocional y la total vulneración de los derechos de la madre y la hija.

A modo de conclusión

El tono de denuncia inevitable al describir la realidad de las «internas» y los «internos» del CIE de Aluche se construye desde la indignación más absoluta al constatar que esto ocurre dentro de esas fronteras que tanto se defienden desde la Unión Europea como guardianas de la seguridad, la paz y los derechos humanos. Nada más lejos de la realidad. No creemos que mejorar las condiciones existentes en estos centros sea la solución. Abogamos por el cierre de los CIE, Guantánamos Europeos, que humillan, criminalizan y echan por tierra todos los derechos que por ser personas nos son inherentes.

1 Informe CEAR, Informe Ferrocarril Clandestino, SOS Racismo y Médicos del Mundo y los Informes Anuales del Defensor del Pueblo.

2 BROWNE, Irene-MISRA, Joya (2003), «The Intersection of Gender and Race in the Labor Market», Annual Review of Sociology.

3 Nos referimos al CIE de Aluche en Madrid.

Entre unas y otras: cadenas globales de cuidados (La Madeja nº 1)

Irene S. Choya

Si la teoría feminista blanca
americana no necesita lidiar con
las diferencias entre nosotras y las
consiguientes diferencias en nuestras
opresiones, entonces, ¿cómo afrontáis
el hecho de que las mujeres que
limpian vuestras casas y atienden a
vuestras criaturas mientras asistís
a conferencias sobre teoría feminista
son, en su mayor parte, mujeres
pobres y mujeres de color?
Audre Lorde, 1984.

Porque sin nosotras no
se mueve el mundo.
Territorio Doméstico, 2010.

En una familia la hermana mayor ha de hacerse cargo de sus hermanos pequeños y de la abuela, así como de la casa. Su madre se marcha a trabajar. Se va lejos y no sabe cuándo volverá. A partir de ahora, será una voz a través del teléfono y el dinero enviado cada mes.

En una familia es una empleada doméstica la que se encarga de la casa y del cuidado de la bebé. Su madre ha terminado la baja maternal y se marcha a trabajar. Regresa cada noche para ver cómo su hija aprende palabras nuevas que ella no le enseña.

Entre una y otra familia miles de kilómetros de distancia y, sin embargo, algo les une: un hilo invisible tejido, a veces sin saberlo, entre tantas mujeres que a través de los cuidados y los afectos forman una cadena global llena de ausencias y presencias. La que se va. La que se queda. La que contrata a otra para poder irse. La que está aquí pero piensa allá. La que se siente culpable porque no está en casa. La que se siente encerrada por no poder salir de casa.

Los cuidados son algo así como «lo personal es político» en el ámbito económico, dice Amaia Pérez Orozco. Y es que nos permiten ver en lo concreto, en lo cotidiano, la insostenibilidad de nuestro modelo de organización social. En los países de la periferia, la extensión del capitalismo hace cada vez más difícil la vida y muchas personas se ven obligadas a emigrar. En los países del centro, por otro lado, vivimos lo que se ha denominado la «crisis de los cuidados». Ambas realidades están relacionadas y se encarnan, sobre todo, en las mujeres migrantes. Pero expliquemos antes, aunque sea sólo con breves pinceladas, algunas cosas para entendernos.

La crisis de los cuidados1 es una ruptura con el modelo previo de reparto de los mismos, que sostenía el conjunto del sistema socioeconómico. Un modelo que respondía a la llamada división sexual del trabajo: para las mujeres los cuidados, el trabajo invisible, el no-trabajo; para los hombres el trabajo reconocido como tal, el asalariado. Así, la economía «real» se ocupaba de la producción mientras la reproducción era algo que ocurría de forma «natural». Ese modelo de familia2 –hombre ganador del pan/mujer ama de casa– comienza a tambalearse por varios factores: el envejecimiento de la población, la incorporación de muchas mujeres al trabajo asalariado3, una organización de las ciudades que favorece el aislamiento y obliga al transporte motorizado, la precarización del mercado laboral, la pérdida de redes sociales. En este contexto, las necesidades de cuidados aumentan mientras las cosas se ponen cada vez más difíciles para satisfacerlas.

Esta crisis parece que, inevitablemente, ha de dar lugar a un cambio en la distribución de los cuidados, en nuestra organización social. Sin embargo, éste no se produce. El Estado responde con parches y privatizaciones de los servicios públicos. Los mercados –es decir, las empresas– no asumen ninguna responsabilidad, aunque sí se toman los cuidados en serio cuando generan beneficios. Así pues, son los hogares quienes siguen haciéndose responsables de los cuidados. Y dentro de ellos, las mujeres, pues los hombres en su conjunto4 siguen sin implicarse. Ellas son quienes se inventan mil y una formas para tratar de conciliar tiempos, espacios y tareas; quienes sufren en sus cuerpos, en sus vidas, el desgaste que conlleva. Ellas son quienes, en esa loca carrera, buscan todos los recursos disponibles a su alcance: los pocos servicios públicos existentes, la familia extensa o la contratación de los cuidados. Y ahí nos volvemos a encontrar con mujeres: por un lado, las abuelas (qué sería de tantas familias sin ellas); por otro, las cuidadoras profesionales. Y es que los cuidados, cuando son remunerados, son también desarrollados mayoritariamente por mujeres y de nuevo, poco reconocidos. Pues, ¿qué condiciones laborales caracterizan este sector? Los trabajos de cuidados son trabajos precarios. Pero algunos lo son más que otros. ¿Quiénes están ocupando los trabajos más precarios? Las mujeres inmigrantes5, que suman a la precariedad del trabajo doméstico, la mayoría de las veces, la invisibilidad y vulnerabilidad que provoca no tener papeles6.

La división sexual del trabajo continúa, por lo tanto, aunque con cambios. El género sigue condicionando el posicionamiento de cada quien en un sistema económico jerárquico, pero las diferencias entre las propias mujeres aumentan. Unas vienen a sustituir a otras y otras tienen que sustituir a las primeras. Se produce una «transferencia» en los cuidados, que suaviza y «deslocaliza» la crisis. Perdemos, así, su potencialidad, volviendo a dejar en el ámbito de lo privado lo que debería ser un debate público. Pero no podemos dejar pasar esta oportunidad…

Los cuidados han de seguir siendo un eje central del feminismo, pues nos permiten poner la mirada en el sostenimiento de la vida e interpelar al capitalismo desde cuestiones concretas, que posibiliten transformaciones estructurales. Mucho hay por hacer: defender la existencia de unos buenos servicios públicos y una reducción generalizada de la jornada laboral, que nos permita ejercer nuestro derecho a cuidar y también a no cuidar; exigir un cambio del régimen especial del trabajo doméstico; redistribuir todos los trabajos, no sólo los remunerados, reflexionando sobre cuál es el trabajo socialmente necesario y, por lo tanto, cómo queremos vivir, pero todas…

Porque poner los cuidados en el centro nos da la oportunidad de contar con compañeras y compañeros de viaje: quienes luchan por los derechos de las personas migrantes, por la soberanía alimentaria, por los servicios públicos, por el decrecimiento, etc. Pero, esta vez, no nos olvidemos, la lucha empieza en casa.

1 Hablamos de cuidados y no de trabajo doméstico para dejar claro que las necesidades humanas son de bienes y servicios, pero también de afectos y relaciones. Es decir, necesitamos alimentarnos de forma adecuada, vivir en un lugar cómodo y aseado, pero también compañía y afecto, aprender a relacionarnos y a vivir en comunidad. Los cuidados se extienden más allá de las tareas materiales y del espacio doméstico.

2 Decimos modelo porque siempre han existido otras realidades (mujeres obreras, madres solas, mujeres campesinas, etc.), pero éste era la norma, la que funcionaba en el imaginario y hacia la que había que tender.

3 Siempre hubo mujeres en el mercado laboral volviéndose locas para cumplir como asalariadas y como amas de casa a la vez, pero hasta que esta realidad no se extendió a las clases medias no se convirtió en un problema público.

4 Sí, hay hombres que cuidan. Pero ni son la mayoría ni suelen asumir realmente la responsabilidad. Es fácil de ver, cuando analizamos los usos del tiempo de unos y otras, qué tareas se reparten y cuáles no, quién sigue asumiendo la organización y coordinación, quién se relaciona con la empleada de hogar si la hay, etc.

5 En algunos casos, como en el cuidado de hombres mayores, cada vez es mayor el papel de los inmigrantes. Cabe preguntarse si esos hombres, tras esa experiencia, cambian su percepción del trabajo de cuidados y su papel en los roles familiares.

6 Son invisibles no sólo porque no existen en las estadísticas, porque no tienen derechos, porque trabajan tantas horas que es difícil verlas en la calle… También son invisibles porque como «mano de obra» sólo cuentan como trabajadoras y no como cuidadoras de sus propias familias. Pero muchos de sus deseos, de sus preocupaciones, de sus malestares, tienen que ver con lo que han dejado lejos, con las dificultades que conlleva cuidar en la distancia. ¿Quién las cuida a ellas?
Fuentes y más información (artículos disponibles en Internet)
PÉREZ OROZCO, Amaia. «Feminismo anticapitalista, esa Escandalosa Cosa y otros palabros».
___ «Amenaza tormenta: la crisis de los cuidados y la reorganización del sistema económico».
TERRITORIO DOMÉSTICO. «Cadenas globales de cuidados y derechos de las trabajadoras de empleo de hogar».

Los lunes a la plancha (La Madeja nº 1)

E.M. Álvarez

¿En qué se parecen una fábrica de airbags, una lavandería industrial y un geriátrico? A primera vista, en pocas cosas, salvo en el hecho de que son empresas. Sin embargo, tienen algo más en común: casi la totalidad de sus plantillas está compuesta por mujeres, mujeres que tuvieron que enfrentarse a esas mismas empresas. Y, además, todas están (o estaban) ubicadas en Asturies.

A lo largo de este texto me gustaría compartir las experiencias de estas mujeres, que se vieron obligadas a resistir en una situación tan dura como es un conflicto laboral. No por nostalgia, sino porque nos empujan a repensarnos como mujeres trabajadoras fuera y dentro de nuestras casas. Y no sólo nos interrogan a nosotras: también a los hombres, que comparten ambos espacios, y a una idea de trabajo forjada a golpe de invisibilización.

¿Un conflicto? Por ser mujeres, varios
Autotex-Airbag S.A. (Llanera), Lavachel S.A. (Xixón), Centro Gerátrico Mapfre-Quavitae (Uviéu) o «Edad Dorada»-Mensajeros de la Paz (Noreña), pero también Nestlé Litoral, Obrerol, o –hace ya tantos años que se borró de la memoria colectiva– IKE (Confecciones Gijón S.A.)1, representan la precariedad para muchas mujeres en Asturies.

A algunas de ellas tuve la suerte de conocerlas en pleno conflicto. Son mujeres resueltas y fuertes, con responsabilidades familiares; apenas unas pocas tienen afiliación política o sindical y ninguna parece dispuesta a valorar y reconocer(se) su lucha. Las ocasiones en las que nos encontramos –en medio de una movilización casi siempre– expresaban sus dudas y mostraban una enorme humildad. No dejaba de resultarles extraña esa nueva circunstancia en sus vidas: por una vez eran las protagonistas y no «meras acompañantes»; se escuchaban y discutían; tomaban decisiones fuera de sus casas y asumían las consecuencias. Me costaba entender que cada una de ellas hubiese llevado su lucha «particular» sin llegar a contactar con las otras. Imaginaba el potencial que podían tener todas sus experiencias y reflexiones juntas.

Me parece muy importante entender las dificultades añadidas que superan por el hecho de ser mujeres. Los esfuerzos que hacen por pasar de los espacios privados –entiendo como tales, en muchas ocasiones, también los lugares de trabajo asalariado– a los públicos, y más cuando es por una necesidad urgente como un conflicto. El miedo a equivocarse, la vergüenza de hablar en público por primera vez; el sentimiento de culpa por «robarles» horas a sus hijas para estar en una asamblea o un encierro; la incomprensión de maridos y compañeros… Todos parecen obstáculos del pasado, sin embargo no pueden ser más actuales.

Foto: Silvia Cuevas-Morales

¿A las barricadas?
Me preguntaba muchas veces si nuestras formas de lucha podrían ser distintas de las de los compañeros; ¿había que aprender a hacer una barricada?, ¿seríamos capaces de salir a la calle sin ir «en procesión»?, ¿nuestros panfletos hablarían de nosotras o de «la lucha de la clase obrera»? Cada una lo resolvió como pudo: las compañeras de Lavachel hicieron su protesta en agosto, para asombro y rechazo de un sindicalista experto, que no entendía que precisamente porque «todo el mundo estaba de vacaciones» era el mejor momento para denunciar a una empresa que lava la ropa de varios hoteles de Xixón.

En el caso de Autotex, decidieron entrar en la fábrica. Más que decidir, propiciaron la ocasión para que entraran –corriendo y sin planificarlo mucho– tres mujeres que acabaron encerradas en los baños de la nave, nerviosas y un poco incrédulas ante lo que acababan de hacer: dar el primer paso para lo que sería una ocupación en toda regla.

¿Seríamos capaces de implicar a otras en nuestras luchas? Una tendencia individualista, quizás muy arraigada en nuestra sociedad –y fomentada por los empresarios a través de sus medios de comunicación– es pensar que los conflictos de otras personas nada tienen que ver con nosotras. Pero, ¿qué ocurre en el caso de los centros geriátricos como los de Mapfre o Mensajeros de la Paz? ¿Vamos a desentendernos de las condiciones laborales de las mujeres que cuidan de nuestras abuelas y abuelos? ¿Y si lo hacemos extensivo al cuidado en domicilios, casi siempre a cargo de mujeres inmigrantes sin papeles? Las compañeras de Mapfre rompieron esa «separación» y consiguieron que las familias de las personas internas las apoyaran en sus concentraciones.

Nuestros salarios no son iguales, ¿y nuestras luchas?
En 1868 los trabajadores textiles de Igualada se movilizaron para denunciar el empleo de las mujeres en las fábricas del pueblo. Tenían miedo de ser desplazados por estas y por los niños, que constituían una mano de obra más barata. Con esta movilización consiguieron que los empresarios aceptaran el despido masivo de las mujeres una semana después.

¿Es nuestra situación muy distinta de la de aquellas mujeres? A bote pronto diríamos que sí, pero… Históricamente se ha considerado que nuestros salarios son secundarios; es decir, que es el marido o compañero quien debe sostener con su sueldo a la familia; por tanto la mujer siempre cobrará menos2, pues no deja de ser un complemento. Supongo que eso pensaba Jorge Francisco Gumiel Díaz, propietario y gerente de Lavachel, cuando pagaba a sus empleadas 570 euros por jornadas de 40 horas semanales, mínimo. Como repetían ellas en sus consignas y pancartas: «Vivo con 570 €, ¡inténtalo tú, Gumiel!».

Desde luego la cuestión de los salarios no es más que la punta del iceberg de las distintas condiciones en que hombres y mujeres accedemos al mercado laboral, pero con este texto no pretendo entrar en ellas3. Lo que sí quería es mostrar ejemplos concretos de esas condiciones: las trabajadoras de Lavachel o Mapfre obtienen unos salarios miserables a cambio de una carga de trabajo desmedida, de un trato despectivo y de un reconocimiento nulo. ¿Es su comparable situación con la de otras trabajadoras y trabajadores? Probablemente sí, con la de las personas inmigrantes sin papeles que trabajan muchas veces a cambio de alojamiento y comida, incapaces de denunciar su situación por miedo a ser expulsadas del país. ¿A dónde van a expulsarnos a nosotras?

Son mujeres resueltas y fuertes,
con responsabilidades familiares; apenas unas
pocas tienen afiliación política o sindical y ninguna
parece dispuesta a valorar y
reconocer(se) su lucha.

¿Quién te lo tiene que decir?
Para preparar este texto se organizó, el sábado 16 de octubre, un encuentro que llamamos «Mujeres en movimiento», al que invitamos a algunas de las protagonistas de los conflictos relatados aquí.

Al encuentro, aparte de las invitadas, asistimos ocho personas.

Me conformaría con que la próxima vez que alguien organizara una actividad con mujeres con tantas cosas que decir como María Jesús, Ilemi, Noelia, Pilar, Cristina, Covadonga o Elisa –mujeres de carne y hueso y no iconos de cartón piedra– hubiera más personas compartiendo y arropando sus luchas de cada día. Porque el juego de palabras del título no deja de mostrar una realidad objetiva: las mujeres que se quedan sin trabajo asalariado es posible que no tengan tiempo de quejarse «los lunes al sol»; continuarán haciendo desayunos, comidas y cenas; mantendrán la casa limpia; cuidarán de las personas enfermas; y seguirán buscando, fuera de sus casas, un salario «complementario». O no.


1 Para recuperar la memoria de este conflicto: PRIETO FERNÁNDEZ, Carlos (coord.) (2004), IKE, retales de la reconversión, Madrid, Ladinamo libros

2 A modo de recordatorio: según datos del Ministerio de Igualdad (2010) las mujeres cobran, de media, un 16% menos que sus compañeros de trabajo.

3 Entre las muchas obras interesantes que tratan el tema, recomiendo: Laboratorio feminista (2006), Transformaciones del trabajo desde una perspectiva feminista (producción, reproducción, deseo, consumo), Madrid, Tierradenadie ediciones.

Crisis y decrecimiento (La Madeja nº 1)

Miguel Moro Vallina

Como si de una fatalidad se tratase, las crisis vienen a frustrar, en los momentos más inesperados, las esperanzas de crecimiento ilimitado, de aumento sostenido en los niveles de producción y de consumo. La de la década de 1930 dio al traste con los «felices veinte», la de la década de los 70, con los «treinta años gloriosos» (1940-1970) de crecimiento y políticas del bienestar en Europa; en la actual, de modo análogo, la tozuda realidad ha puesto fin a la fiesta del ladrillo y la hipoteca y ha dejado en evidencia la promesa, tantas veces reiterada, de la economía inmaterial y de los servicios.

Bajo el inocente nombre de economía, la ideología de nuestro tiempo evita el término más preciso de capitalismo, una organización social basada en la producción de valor mediante el trabajo humano. El capital, actor todopoderoso en este sistema de relaciones sociales, compra y emplea la fuerza de trabajo en un proceso de producción de mercancías cuya finalidad es la producción de beneficio, de plusvalor. Ese plusvalor incrementa la masa de capital en un proceso de acumulación carente de fin, que reduce a las personas a una doble condición de portadoras de fuerza de trabajo y consumidoras de mercancías.

¿A hombres y mujeres por igual? No. El capitalismo no produce el patriarcado, pero dota de una nueva concreción a las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Una concreción que tiene mucho que ver con el papel que, bajo el imperio del trabajo asalariado, desempeñan las mujeres como reproductoras de la fuerza de trabajo. Este ámbito constituye un elemento fundamental del análisis materialista de las relaciones entre capitalismo y patriarcado1.

El capitalismo, en virtud de la dinámica que lo anima, tiende permanentemente al crecimiento, a la búsqueda de nuevos mercados, a la conquista de nuevas áreas sociales (materiales, cognitivas, discursivas, afectivas) que se ven subsumidas, imbuidas en su lógica. Pero el proceso no está exento de escollos y problemas, pues la naturaleza misma de la mercancía, el dinero y el capital presenta un carácter dual, contradictorio. En las crisis, esas contradicciones eclosionan violentamente y la realidad se presenta paradójica: personas sin trabajo y capital ocioso, falta de liquidez en la economía y «exceso de ahorro» en las familias, necesidades crecientes y mercancías que no logran venderse…

La economía evita computar aquello que escapa a su lógica: las externalidades de la contaminación y la destrucción del territorio aparecen como un resultado banal del crecimiento inmobiliario; los recursos fósiles se valoran según su coste de extracción, aunque su formación ha requerido cientos de millones de años; el trabajo de cuidados, esencial para la reproducción y el sostenimiento de la vida, desaparece subsumido bajo el valor abstracto de la fuerza de trabajo.

La continuidad de la acumulación requiere de la constante producción de valor, de mercancías. La propuesta del decrecimiento atenta contra ese precepto fundamental, propugnando la reducción de necesidades y deseos, el ahorro energético, la equidad social y la vuelta a circuitos cortos de producción y comercialización2.

¿Qué es el decrecimiento? Es el cuestionamiento de las bondades absolutas del crecimiento económico, la crítica de la equiparación entre consumo y felicidad, entre bienestar, justicia, crecimiento y desarrollo, la propuesta de vivir mejor con mucho menos3. En su devenir histórico, el capitalismo ha dilapidado velozmente los recursos de la Tierra: los bosques, los suelos, los acuíferos, los recursos fósiles. Con ello se han iniciado cambios en la biosfera de carácter irreversible, que amenazan la vida en nuestro planeta tal como la conocemos. Todos los estudios sobre nuestra huella ecológica muestran que hemos sobrepasado con creces la capacidad de recuperación de la biosfera4. Las consecuencias negativas del crecimiento económico sobre la naturaleza, el ser humano o las relaciones Norte-Sur son más visibles que nunca.

La propuesta del decrecimiento, a pesar de su aparente novedad, ha venido impregnando muchas luchas anticapitalistas de los últimos 200 años. La crítica del desarrollo, del maquinismo, la ecología política, la crítica a la urbanización desenfrenada del territorio, la agroecología y el consumo responsable y las reflexiones sobre el trabajo de cuidados… Desde diversas perspectivas, todos estos movimientos han defendido la reducción consciente de los niveles de producción, consumo y deseo de mercancías. La lógica del decrecimiento pone en jaque el fundamento mismo de la acumulación; pero por ello mismo, la retórica del poder trata de adueñarse del concepto y desnaturalizarlo, privándolo de potencia revolucionaria.

Decrecer no es cosa de reducir ligeramente la velocidad de la maquinaria destructiva del capitalismo. Es, por el contrario, una apuesta por modificar radicalmente las relaciones sociales imperantes, por poner en primer plano las necesidades y cuidados frente a los deseos de consumo, la reflexión sobre el bien común frente al individualismo metodológico. Decrecer requiere repensar las relaciones entre el ser humano y la Naturaleza y, muy especialmente, entre hombres y mujeres5. La apuesta del feminismo por descentrar los mercados y poner en el centro del análisis los procesos de sostenibilidad de la vida (A. Pérez Orozco) constituye una invitación a cuestionar, desde una lógica complementaria, el imperio del valor, del capital, del trabajo asalariado. La propuesta de decrecimiento será anticapitalista y anti-patriarcal… o no será.


1 Véase McDONOUGH, Roisin y HARRISON, Rachel (1978), «Patriarchy and Relations of Production», en Kuhn, Annette y Wolpe, Anne-Marie (eds.), Feminism and Materialism.

2 Entre la bibliografía básica sobre el decrecimiento se cuenta el libro de Serge Latouche La apuesta por el decrecimiento (2008). Muchas de las teorías del decrecimiento hunden sus raíces en los conceptos fundamentales de la Economía Ecológica; entre ellos, cabe destacar la aportación de Hermann E. Daly, Steady State Economics (1977).

3 La riqueza no es un estado absoluto, sino «una relación entre las necesidades y los bienes materiales. Es posible ser rico consumiendo mucho o deseando poco». SAHLINS, Marshall, Economía de la Edad de Piedra.

4 Existe una documentación muy valiosa (parte de ella en castellano) sobre decrecimiento en los Proceedings of the First International Conference on Economic De-Growth for Ecological Sustainability and Social Equity, que puede descargarse en http://www.degrowth.eu. En http://decrecimiento.info pueden visualizarse vídeos y audios de diversas charlas sobre la cuestión, entre las que destacamos las de Carlos Taibo y Amaia Pérez Orozco.

5 TUDELA TORRES, Marta, «Feminismo y decrecimiento: puntos en común, posibilidades de encuentro». Ca la dona, p. 64.