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Reseña en Rebelión de Vidas a la intemperie

Reseña de Vidas a la intemperie de Marc Badal (Pepitas de calabaza y Cambalache)
Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino
Marc Badal (1976) está empeñado en conjugar la teoría y la praxis de la agroecología, a la que ha dedicado ya varias obras. Vidas a la intemperie, editado por Campo Adentro en 2014, reaparece ahora de la mano de Pepitas de calabaza y cambalache con prólogo de Irene García Roces, y nos transmite el duelo por algo que se ha ido y a la vez una invitación a visitar las huellas que ha dejado, porque eso implica conocer nuestro origen y poner una base para lo que hay que construir. El volumen lo completa Mundo clausurado (2016), una mirada sobre la fractura histórica que supone el paso del agro diversificado y adaptado al medio al monocultivo. Son las plantaciones coloniales en América y Asia que hacen posible la modernidad capitalista, y hoy mismo, es la agricultura basada en petróleo y pesticidas químicos, que nos lleva a una “intoxicación permanente a través de un sistema productivo que se desarrolla sobre un medio aséptico y desinfectado.”La ciudad como sede del poder y de la cultura. El campo como territorio en extinción: “lo que se ve de soslayo desde la ventanilla para mantener la ficción de que existen ciudades distintas”, espacio colonizado espiritualmente por la televisión y la prisa, despojado de sus cadencias y sus liturgias. Marx y Engels predijeron que el mundo campesino caería arrollado por la industrialización. Hoy vemos la profecía cumplida, un etnocidio con rostro amable. Los urbanitas adoran sobre todo regresar en sus ocios a lo que ya no existe en parodias como el turismo rural: cuentos de la abuela, viejos recuerdos y repostería. Sin embargo, otros se empeñan en saber de aquel mundo complejo en equilibrio, dotado de sus propias leyes, en el que todo se aprovechaba y la variedad favorecía la supervivencia, en el que era costumbre deleitarse con los ritmos de la vida y con la obra bien hecha.

Pero el libro recoge otras ideas que las de Marx y Engels, proyectos que no fructificaron. Bakunin creía en el potencial de los campesinos rusos para protagonizar una revolución que impidiera el desarrollo en Rusia del infierno capitalista. Los naródniki intentaron en la década de 1870 el acercamiento al pueblo, pero encontraron desconfianza y hostilidad en exceso; la siguiente estrategia para despertar a las masas fue el terrorismo. Aleksandr Vasílievich Chayánov trató de reorganizar la agricultura rusa tras la revolución según un modelo cooperativista, pero en 1929 se impuso la gran colectivización; en 1932 es deportado a Kazajstán y en 1937 ejecutado. Ellos soñaron otros mundos, la pervivencia del campo, la salvación del hombre.

Echando la vista atrás, vemos que la Alta Edad Media se caracterizó por un vacío de poder hegemónico, y tal vez por eso fue la edad de oro del campesinado. El feudalismo pudo no ser tan malo. El desastre viene luego. Un listado de revueltas rurales en Europa desde el siglo XVII resulta abrumador, y hay que contar también con la protesta silenciosa y cotidiana, del furtivismo, por ejemplo. Resistencias frente al explotador, aunque los paisanos demasiadas veces fueron utilizados por los sectores más reaccionarios en sus luchas contra la revolución. Sin embargo, su conservadurismo no era el de los poderosos, sino sólo el de quien pretende mantener a flote su propio mundo. Los sueños truncados los llevarán a pactar con los señores pequeñas mejoras, un reformismo de supervivencia.

La literatura con frecuencia tiende a idealizar la vida rural, de los clásicos griegos y latinos al campo patriarcal, donde armonizan las clases, de los realistas conservadores como Pereda, pasando por La Arcadia de Lope o el discurso a los cabreros del Quijote. Otras veces, enfrentado con la dura existencia de la aldea, un escritor siente como propio el drama que contempla; es el caso de Cristo se detuvo en Éboli de Carlo Levi o Gente de las pusztas del húngaro Gyula Illyés, y poetas como Fred Kitchen o Stephen Duck . No faltan tampoco autores que reflejan la visión distorsionada que las clases dominantes tienen del paisano, inculto y egoísta, como ocurre en Balzac, Zola o Maupassant.

Tras la barahúnda de las miradas sobre el campesino, el libro trata de explorar también cómo se veía él a sí mismo. Conscientes de ser la base de la pirámide social, alimentando a todos y a todos sometidos, se sentían inferiores, vulnerables, las vidas a la intemperie del título. Atados al terruño, inervaciones del páramo o la dehesa, ellos dieron forma a un mundo que sólo recorrían cuando eran reclutados como carne de cañón para los ejércitos. Bosques, caminos, praderas y puentes son su obra anónima en la que no los reconocemos. Vivían sumergidos en lo que nosotros llamamos el paisaje, y que ellos percibían como parte de sí, atentos a signos que marcaban los ritmos de la vida y la muerte, la cosecha y el hambre, tan simples como una nube o un brote en la tierra. Los conceptos de lo bello y lo útil no se habían escindido aún en ellos.

Su conocimiento se basaba en la observación, con todos los sentidos, de la naturaleza y la labor de los mayores, y era capaz de hallar en el acervo de la experiencia colectiva pautas para guiarse en el arriesgado oficio de reproducir la vida; pistas y patrones, pero nunca certezas:”se dice que …”, “muchas veces ocurre así…” Y cuando todo es oscuro, la superstición crea máscaras de seguridad a las que aferrarse. La vida campesina muestra con frecuencia un aliento de auténtica comunidad, de existencia compartida, en trabajos y cosechas, en fiestas y rituales, aunque el orden social a veces degenere en espantos como lo que nos narra Ismail Kadaré, en Abril quebrado; muerte y venganza repetidas en un duelo sin final.

Somos los hijos de los que se fueron sin escribir su historia, dejándonos apenas un esbozo de sus representaciones del mundo. En Vidas a la intemperie la memoria y la mirada se entrecruzan para tejer el retrato de algo perdido que necesitamos recuperar porque nos va la vida en ello, un lugar donde, con todos sus pesares, el trabajo era armonioso y se ceñía a los ritmos de la naturaleza: “Las canciones de labranza de los campesinos de Tivissa (Tarragona) presentaban una configuración musical muy parecida a las que cantaban las madres para acunar a sus criaturas. Labrar la tierra y mecer la cuna eran dos actos de una intimidad equiparable. El campesino mostraba al cantar cómo vivía su relación con la tierra. La despertaba del sueño veraniego con el mismo tacto con que una madre duerme a su pequeño”

Reseña en Rebelión

Blog del autor: http://www.jesusaller.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

13ª Feria del libro de Cambalache

[descargar programa en pdf]

sábado 4 de noviembre a las 19h
Presentación de la 13ª feria del libro con proyección documental: Gurumbé. Canciones de tu memoria negra (2016, 72’). Con Miguel Ángel Rosales (director).

viernes 10 de noviembre a las 19h
Charla-debate Tres miradas mujeristas: Aidoo, Emecheta y Nsue, con Marta Sofía López.

viernes 10 de noviembre a las 21h
Presentación del libro de relatos El bombero de Pompeya  (Libros de la Herida, 2017) + pincheo, con Miguel Ángel Argüez (autor) y del poemario Escalones que descienden hacia arriba (Luces de Gálibo, 2017), con David Eloy Rodríguez (autor). [+ pincheo]

el sábado 11 de noviembre a las 12h
Actividad infantil. Encuentro con los libros: La  pequeña gran aventura de la araña Juliana y El libro de los deseos, ambos editados por Libros de la Herida, con David Eloy Rodríguez y Miguel Ángel Argüez (autores).

el sábado 11 de noviembre a las 19h
Presentación del libro: Trincheras permanentes. Intersecciones entre política y cuidados. Con Carolina León (autora).

el sábado 11 de noviembre a las 20.30h
Presentación de la revista feminista La Madeja nº 8: Sexualidades (Cambalache, 2017). Con Irene García Roces, Inés Herrero Riesgo e Irene S. Choya (editoras). [+ cena de traje]

el jueves 16 de noviembre a las 19.30h
Presentación del libro: Las falsas promesas psiquiátricas, La Linterna Sorda, 2017. Con Guillermo Rendueles (autor).

el viernes 17 de noviembre a las 20h
Presentación del libro: Cervantes libertario (Corazones Blindados y Fundación Anselmo Lorenzo, 2016) y Los dibujos del paraíso de las islas. Una utopía libertaria en imágenes OP (CEDCS – VP/Fulminantes, 2015). Con Emilio Sola (autor).  

el sábado 18 de noviembre a las 19h
Encuentro con Pepitas de Calabaza editorial.

el sábado 18 de noviembre a las 20.30h
Presentación del libro: Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino con Marc Badal (autor). [+ pincheo]

el sábado 11 de noviembre a las 22h
Concierto: Antón Menchaca (presentación nuevu discu)

el domingo 26 de noviembre a las 12h en el Teatro Filarmónica
Cierre de la 13 ª Feria del libro. Teatro: Catalina y los bosques de hormigón. La Vereda Teatro.

 

Reseña de En mar abierto en Etcétera

Huir del victimismo y de la sensiblería solidaria cuando se aborda el drama de la migración que nos toca de cerca, en nuestra vecindad, no es fácil, como tampoco lo es evitar la suplantación del migrante por quien habla en su nombre, aunque sea el bienintencionado del activista de los derechos humanos. En mar abierto, sin embargo, consigue distanciarse de
ese enfoque para articular un relato eminentemente testimonial, aunque novelado, en el que prevalecen la voz y las vivencias concretas de un
conjunto de personas de diversa edad, procedencia y sexo, cuyas vidas se entrecruzan en una ciudad de provincias.

Y ese es un mérito que merece ser subrayado, porque En mar abierto,
contra la frecuente construcción de la figura estadística y lastimosa
del inmigrante, refleja la dimensión vital de hombres y mujeres que no
son meros personajes, sino personas con su bagaje familiar y cultural,
sus ilusiones y también sus contradicciones en la lucha por salir
adelante, exactamente como cualquier ser humano; aunque eso sí, sin
obviar las arbitrariedades laborales y sociales a que se ven sometidos
los individuos que tuvieron la desdicha de nacer en otro sitio.

Es así como En mar abierto constituye un testimonio y un documento de
primera mano de los mecanismos de explotación y humillación, pero sin
hacer sociología, simplemente dando curso a la experiencia vital de sus
protagonistas en contacto y contraste con su entorno, con sus vecinos,
patronos e, incluso, “protectores”

La ficción documental o la biografía novelada son recursos literarios
muy utilizados actualmente, aunque en ocasiones representan una
mistificación de la realidad narrada. Sin embargo, en esta novela
reportaje el autor queda en un segundo plano tras la voz y la vivencia
de cada protagonista, de manera que el componente de ficción queda
reducido a su mínima expresión a la hora de enhebrar las historias
buscando la fidelidad a las circunstancias y a la descripción de los
rasgos psicológicos, como en el caso del protector/maltratador de Jenny.

Aunque cada episodio, cada experiencia narrada, tiene entidad por sí
misma, En mar abierto es un relato integrado, con un estilo directo y
sin concesiones al esteticismo literario, tal como requiere el tema. Por
lo demás, el tratamiento en clave realista compone una crónica cruda
pero al mismo tiempo vitalista cuya autenticidad no tiene nada que ver
con el relato convencional de la migración y los migrantes.

En mar abierto. Eduardo Romero. Edición de Cambalache, Oviedo, 2016.

Aparecido en Etcétera, Correspondencia de la guerra social, nº 56, diciembre 2016

Fotografías hechas con palabras

Los libros En mar abierto y Naiyiria retratan vidas a la intemperie.
Hablamos con su autor, Eduardo Romero.

 Ilustración de Amelia Celaya para 'Naiyiria'.

Ilustración de Amelia Celaya para ‘Naiyiria’.

Jose Durán Rodríguez – 26/11/16 – Diagonal
[publicamos aquí la entrevista completa]

– ¿Qué pretendes transmitir con la novela En mar abierto?
Lo que comparten la mayoría de los personajes de la novela es que su vida transcurre a la intemperie. Estén cruzando el mar o viviendo en un barrio de una ciudad del interior, viven “en mar abierto”. Sus experiencias, los vínculos que tejen en su día a día, los lugares que habitan… no se suelen ver ni se suelen narrar. La novela se sumerge, entre otras, en la vida de jóvenes marroquíes que, aún adolescentes, migran solos y sobreviven en la calle tras cumplir la mayoría de edad; en la historia de las basuras de mi ciudad, Oviedo: ¿quiénes son esos jóvenes senegaleses que colocan los cubos de colores en cada portal y los recogen cada madrugada?; y en la vida de Jenny, una mujer peruana que encuentra a otras mujeres con las que empoderarse frente a la política de extranjería y las violencias patriarcales que atraviesan su vida.

– ¿Dirías que el objetivo era hacer una especie de fotografías, pero con palabras, sobre vidas de las que no se habla?
Creo que la voz que he necesitado encontrar para escribir esta historia es efectivamente una voz que toma una cierta distancia respecto a lo que se narra. Me interesaba acumular escenas de la vida cotidiana; me interesaba, sí, “fotografiar” esas escenas. Mi prevención para no escribir desde “demasiado” cerca tiene que ver con dos cuestiones: por un lado, considero que las escenas hablan por sí mismas, que no es necesario y ni siquiera es políticamente inteligente ideologizar demasiado la narración; el segundo motivo es que la escritura distanciada es también una barrera para evitar miradas paternalistas, victimistas o idealizadoras sobre los personajes.

– ¿Hasta qué punto puede una obra literaria influir sobre la realidad?, ¿es una buena herramienta para ello? El conjunto de los relatos a los que tenemos acceso no sólo influyen en la realidad, sino que producen realidad. En ámbitos del activismo político y las librerías del circuito alternativo detectamos a veces un cierto rechazo o encasillamiento de la literatura: “los ensayos son lo importante, son los que hablan de política, la literatura es entretenimiento”. Sin embargo, nos parece fundamental que existan “otras” novelas y cuentos.

– ¿Por qué es necesario escribir novelas sobre las personas migrantes?
En mar abierto trata de mostrar a sus personajes en relación. Por eso no creo que sea una novela sobre personas migrantes. O, si lo es, es porque también es una novela sobre policías, empresarios de las basuras, directores de hoteles y dueños de empresas de trabajo temporal. Aunque, eso es cierto, quienes adquieren más protagonismo en la novela tienen en común unas condiciones de vida precarias y vulnerables. Y también comparten la experiencia migratoria, y eso tiene mucho que ver con su situación subalterna. Sin embargo, de la misma manera que la novela evita dibujar el arquetipo de la persona migrante “buena ciudadana” como la que “merece” derechos por querer integrarse, también trata de romper en cierta medida con la dicotomía autóctonas-migrantes. En la novela hay muchos personajes de “aquí” que también son migrantes. Lo es Rafa, migrante interno del pueblo a la ciudad; o Marta, a la que llaman “fucking Spanish” en Londres; o Iván, que migra a República Dominicana junto a toda la familia porque su padre se convierte en un “expatriado”. Que haya diferentes procesos migratorios, sin embargo, no quiere decir que las experiencias de desarraigo y subalternidad de unas y otras sean equivalentes.

– Como autor, ¿cuál ha sido tu acercamiento a las realidades que describes?
Mi primer acercamiento a las historias que forman parte de la novela no ha sido como autor. Más bien estas historias han formado parte de mi vida y, en un momento dado, he decidido narrarlas. Por eso he tenido que hacer dos ejercicios diferentes para montar esta historia: por una parte, bucear en la memoria para rescatar mediante la escritura muchos recuerdos de la última década que forman parte de lo que quería contar; por otro lado, seguir el rastro de algunas de estas historias, investigarlas más profundamente. Para ello he tenido que documentarme -prensa, expedientes judiciales, etc.- y he tenido que buscar y encontrar a personas que me podían contar cosas que llenaban vacíos del hilo narrativo que quería tejer. Muchas de esas personas han pasado a convertirse en personajes de la novela. También, por ejemplo, me he dedicado a observar cómo se colocan los cubos de basura en los portales; o he corrido junto al camión de los basureros para entender los ritmos y las tareas de estos trabajadores… En algunos casos, el ejercicio posterior de ficcionar estas historias me ha llevado a inventar personajes que no están basados en personas reales. Necesitaba esos personajes de ficción para contar mi verdad.
En la novela, la voz distanciada a la que aludía en una respuesta anterior, es sustituida -sólo en una docena de breves fragmentos- por una voz en primera persona. Creo que esa voz intensifica el sabor a crónica de la novela. Esa voz también recuerda que hablamos de hechos que suceden aquí y ahora: no es que yo forme parte de la novela, sino que todxs formamos parte de ella, habla de nuestra historia, de la historia de nuestros barrios y ciudades en lo que va de siglo XXI.

– Por su parte, Naiyiria es un relato breve pero con mucho fondo, ¿por
qué elegiste ese formato?, ¿puede resultar más impresionante lo que cuentas?
Naiyiria fue en realidad editado por primera vez en la publicación feminista La Madeja, en el número de “Paisajes”, en el año 2013. Si ahora ha salido como libro es gracias a Amelia Celaya, ilustradora de nuestra editorial Cambalache. Ella ha dibujado una docena de cuadros al hilo de este relato breve. Creo que los dibujos “reescriben” la historia: el texto y las ilustraciones producen resonancias entre ellos -ecos- que convierten la historia en un relato nuevo.
Naiyiria habla de mujeres nigerianas que cruzan la frontera sur a través del desierto y de Marruecos. De mujeres cuyo tránsito migratorio dura años. De mujeres violadas que se quedan embarazadas en el camino y tienen a sus bebés en Marruecos. De mujeres que son detenidas en los clubs por la policía española por no tener papeles. De mujeres víctimas de trata que van a ser deportadas. También habla de mujeres que, en Nigeria, ven como los vertidos del petróleo lo contaminan todo. Mujeres que tienen que caminar cada vez más distancia para obtener agua potable y que ven como su tierra está siendo devastada.
Naiyiria habla de estas mujeres pero no lo cuenta “todo”. Sólo relata breves fogonazos de sus vidas. Siguiendo a John Berger, diría que en este cuento importa mucho “lo no dicho”. Es quien lee quien puede quizás escuchar los silencios y, a partir de ellos, completar la historia de estas mujeres y reconstruir los hilos que conectan unas escenas con otras.
Naiyiria pretende que esa conexión se produzca, pero no desde la victimización. Las mujeres de Naiyiria resisten, revientan oleoductos allá y, acá, desarrollan estrategias para sobrevivir en un medio hostil.
He podido escribir este relato gracias a nuestra relación con mujeres y niñas nigerianas en Asturies. También gracias a investigaciones e informes de organizaciones que, como Women’s Link, llenan un vacío que nos permite conocer mucho mejor la experiencia migratoria de estas mujeres.

– ¿Cómo definirías Cambalache en pocas palabras?, ¿crees que estos dos libros podrían haber sido publicados en cualquier otra editorial?
Cambalache es un colectivo social que, desde hace catorce años, interviene sociopolíticamente desde Oviedo a través de un centro social autogestionado y tres líneas principales de trabajo, conectadas entre sí: el feminismo, las migraciones y la agroecología. Afortunadamente, hay un buen puñado de editoriales afines -hermanas- que también podrían haber publicado estos libros. Si Cambalache realiza una labor editorial es porque reivindicamos la producción y difusión de conocimiento “desde los márgenes”. No podemos ceder el monopolio del conocimiento a las academias y corporaciones. Los colectivos y proyectos sociales nos dotamos de herramientas para producir y difundir conocimiento autónomamente. Por eso editamos libros.

Sobre Pablo Sorozábal, autor de Lloro por King Kong

Pablo Sorozábal, la felicidad ininterrumpida

Santiago Alba Rico. Publicado el 29/05/2016 en Gara.

Resulta tan extraño como elocuente: si uno busca en la red rastros de la vida y de la obra de Pablo Sorozábal Serrano (1934-2007), apenas encuentra ninguno. Tras una larga búsqueda en la que tropiezo una y otra vez con su padre, el inolvidable maestro de la Zarzuela, doy con una carta al director publicada en “El País” en 1992, una breve necrológica de Rodríguez Tapia y la convocatoria a un homenaje que había de celebrarse –y se celebró, supongo– el día 22 de septiembre de 2009 en el centro cultural Nicolás Salmerón de Madrid. Esa convocatoria resume muy bien, por lo demás, la versatilidad y talento de un hombre que arrugó el ceño a la Fortuna e hizo un corte de mangas a la Celebridad, pero que nunca huyó de la felicidad. De hecho la buscó de manera polígama, políglota y politeísta.

La buscó a través del erotismo e imagino que dejó buenos y malos recuerdos en las mujeres que amó.

La buscó a través de la música, aunque de sus muchas composiciones (conciertos, dúos y lieder) muy poco se publicó en vida y nada se ha recuperado tras su muerte; y sólo se recuerda, si acaso, el extravagante y silenciado himno de la Comunidad de Madrid cuya letra escribió el filósofo García Calvo. Su único LP, ya descatalogado a finales del pasado siglo, se llamaba “Cantos de amor y lucha”.

Buscó la felicidad también a través de la fotografía; fue, en efecto, un gran fotógrafo –y un coleccionista de cámaras soviéticas que a veces regalaba a sus amigos–, pero ni siquiera su galería de retratos (los que hizo, por ejemplo, a Carmen Martín Gaite, Chicho Sánchez Ferlosio o Amancio Prada) pueden encontrarse en la red.

Buscó asimismo la felicidad a través de la traducción, sobre todo de obras en lengua alemana, aunque conocía muy bien y traducía también del francés. Como traductor de las imprescindibles Cartas a Felice, de Franz Kafka, se ganó –y aún dura– el reconocimiento de los medios literarios. Desgraciadamente no es posible encontrar, por ejemplo, el artículo que escribió sobre el autor checo, del que Susanne Maria Weber, en la revista digital Observaciones Filosóficas, cita con entusiasmo una enigmática y estimulante frase («Kafka representaba la sabiduría del no») que aumenta nuestros deseos de leerlo.

Pablo Sorozábal, además, buscó la felicidad a través de la poesía, que exploró hasta la víspera misma de su muerte. Su libro “La calle es mentira” mereció el Premio Ciudad de Irún en 1987. Y sin embargo, si uno teclea en google «poemas de Pablo Sorozábal», no sale nada, ni una estrofa ni un verso, como si ese vertedero universal, que contiene ripios de 1.140.000 poetas y 11.000 millones de fotos, tuviese misteriosos bordes por donde se precipitan ciertas voces y ciertos datos.

Y Pablo Sorozábal, finalmente, buscó la felicidad a través de la novela. Publicó dos, las dos enormes, inevitables. La primera, “La última palabra”, premio Pío Baroja en 1986, es una desternillante versión erótico-lingüística y castiza de “Las Mil y una noches”, una pirotecnia de tropos y de verbos –al servicio de la seducción– que un mundo mejor rescataría del olvido. Eso es lo que acaba de hacer la editorial asturiana Cambalache con la segunda, “Lloro por King-Kong”, publicada originalmente en 1991, sin duda la mejor novela sobre la guerra y la post-guerra civil, la más emocionante y mejor escrita, y que en su momento, sin embargo, pasó completamente desapercibida. Sorozábal, consciente de sus méritos, amargamente irónico, atribuía el silencio al título, que la narración impone como una necesidad fatal, pero cuya belleza estremecedora sólo puede apreciarse de manera retrospectiva, una vez se ha leído la última página. Ojalá esta segunda vida que le conceden ahora en Asturias sirva para resucitar no sólo esta novela genial sino la ristra entera de los talentos y las obras del autor.

Pero Pablo Sorozábal no sólo buscó la felicidad. También fue infeliz. No le gustaba el mundo ni la España en la que vivía. Lo conocí un poco y lo aprecié mucho y siempre nos unieron dos cosas: la literatura y la política. A mediados de los 80 los dos colaborábamos en el censurado diario “Egin” y los dos compartíamos un horizonte común en el que un marxismo más o menos ortodoxo se unía a la percepción del País Vasco como un espacio de potencial emancipación general. Sus colaboraciones en “Egin”, el único espacio donde podía expresarse libremente, le cerraron sin duda otros foros, pero por eso mismo eran fundamentales para él. Su verbo lacerante, espinoso, luminoso, a veces histriónicamente provocativo (era hijo de actriz), produjo algunos textos memorables, como ese “Elogio del tanque ruso” que, para irritación de su familia, hoy siguen replicando, mientras se olvida todo lo demás, algunas páginas alternativas «estalibanas» en las costuras de internet. A mí, en la distancia, me sigue pareciendo una pieza literaria genial; una explosiva ironía swiftiana que fue concebida, en efecto, como exceso consciente y provocación enrabietada, menos con el propósito de defender una URSS moribunda que de exponer a contraluz las miserias de nuestra «democracia». Pero ese texto, como tantos otros de la misma época, sí indicaba el pulso de su pensamiento político. Sorozábal, no obstante sus raíces vascas, siempre fue mucho más marxista que nacionalista y de hecho –según el testimonio que yo recuerdo– su ruptura con “Egin” y su distanciamiento del movimiento abertzale fueron el resultado de los cambios tácticos e ideológicos, a mis ojos muy sensatos, que más tarde desembocaron en GARA. Lo cierto es que esta ruptura trajo aparejadas otras y en los últimos años de su vida Sorozábal, despechado y regañón, se encerró con sigilo en sus fuentes de felicidad y renunció a intervenir en un mundo que, radicalmente enemigo de toda componenda, pasó a considerar irrecuperable. Es seguro que no le hubieran gustado nada ni las «revoluciones árabes» ni el 15M ni Podemos, pero era tan brillante que no puedo dejar de reírme con admiración cada vez que imagino las maravillas que hubiera escrito contra ellos.

Qué Sorozábal es el auténtico? ¿El que buscaba la felicidad por todas las vías o el que se sentía infeliz en la democracia española? Si escribo estas líneas es porque, coincidiendo con la reedición de “Lloro por King-Kong”, redescubrí por azar algunas cartas personales que me escribió en 1994. Leyendo esas cartas con placer y pesar –el placer de su inmediatez lingüística, el pesar de la distancia definitiva– Pablo se me presenta de una sola pieza, con todas los retales bien cosidos, el polígamo, el políglota, el politeista, el político, en la trama de un talento literario descomunal y de un alma bronca y limpia, generosa y torrencial. No digo que no me resulte casi revolucionaria su ausencia de rastros en internet, donde pueden encontrarse incluso huellas de extraterrestres y foros de muertos vivientes; probablemente él, orgulloso perdedor, es en parte responsable y sin duda se sentiría muy satisfecho («ese nombre no tiene ningún Yo», dice su último poema), pero me duele: porque sus obras, que no son ya suyas, reclaman miles de lectores y miles de pregoneros. La diferencia entre los genios de derechas y los de izquierdas es que, mientras que a los genios de derechas se les perdona todo, a los de izquierdas sencillamente no se los lee. En un mundo mejor, sí, Pablo Sorozábal podría conservar su carácter, y hasta equivocarse con estrépito, sin que por ello nadie dejara de gozar y aprender con su obra brillante y plural: la música, la fotografía, la poesía, de las que se puede encontrar una muestra soluble en el ritmo y la luz de ese “Lloro por King-Kong”, ahora devuelto a la vida, que nos narra –acordeón y visillo– el batacazo civilizacional del franquismo, en cuya estela seguimos viviendo. Sirvan estas líneas de homenaje privado a un amigo muerto; y de iniciativa popular para pedir su inmediata resurrección.

Entrevista a Isabel Alba en Atlántica a propósito de 65% agua

Isabel Alba: “Escribir es un proceso colectivo”

Foto: María Arce

Isabel Alba (Madrid, 1959) acaba de publicar su tercera novela, 65% agua, recién editada por Cambalache, que escribió simultáneamente con La verdadera historia de Matías Bran, primera parte de una trilogía publicada por Montesinos. Guionista, fotógrafa y activista, ha estado unos días en Asturias, participando en un encuentro sobre literatura y política con Irene S. Choya en La Revoltosa de Gijón y ofreciendo un recorrido por “las palabras del agua” en el que combinó textos y poemas de diversos autores para “bosquejar una imagen simbólica del agua en el espacio de los afectos, de la vida y de la muerte”. Este último acto formó parte de la feria del libro 2015 organizada por el colectivo Cambalache de Oviedo.

ATLÁNTICA XXII publicó el pasado mes de septiembre una entrevista con la escritora realizada por Eduardo Romero que reproducimos a continuación.

¿Cómo ha sido ese proceso creativo, en paralelo, de dos novelas al menos aparentemente tan diferentes?

La idea de La verdadera historia de Matías Bran, una novela histórica, surgió nada más terminar Baby Spot. Poco después, empecé 65% agua y a partir de ahí la escritura de ambas novelas se desarrolló en paralelo y en alternancia. 65% agua era mi válvula de escape en los momentos críticos, aquellos en que, anímica o físicamente, no me sentía capaz de zambullirme en La verdadera historia de Matías Bran. En 2011, cuando publiqué esta última, seguí todavía aferrada, durante tres años más, a 65% agua. Ambas novelas se han alimentado la una de la otra, a pesar de tratar de temáticas muy diferentes. La verdadera historia de Matías Bran narra la revolución húngara de 1919. 65% agua recorre la cotidianidad de dos personajes, hombre y mujer, en una ciudad y en un tiempo que identificamos como los “nuestros”. Sin embargo, las dos novelas tienen cosas en común. Ambas se centran en las decisiones personales, en que todas tienen repercusión. La diferencia es que mientras La verdadera historia de Matías Bran incide en la dimensión colectiva de las decisiones, 65% agua lo hace en la individual. Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén decía que no hay una sola decisión humana, por pequeña e insignificante que sea, y por desapercibida que pase, que no repercuta en la cadena que forma la humanidad. Nuestras decisiones no solo nos definen sino que afectan, inevitablemente, a la colectividad.

Una novela incómoda

Una de las opiniones que aparece en los grupos de lectura sobre su novela es que el lector se identifica fácilmente con los personajes. Pero su voluntad como autora no es la de una identificación “cómoda”, que permita dejarse llevar y entretenerse por la peripecia.

65% agua es una novela incómoda para el lector y lo es precisamente porque es fácil identificarse con los personajes. Estos nos ponen delante de los ojos lo que cada uno de nosotros somos y hacemos. La novela habla de esas pequeñas cosas de todos los días, que son las realmente importantes porque son las que hacen nuestras vidas, las decisiones cotidianas, aquellas a las que apenas damos valor por insignificantes, pero que van construyendo paso a paso nuestra trayectoria. También incide en que no hay recorridos cerrados ni definitivos, que siempre podemos salirnos de ellos. Solo hay que atreverse.

Estuvo a punto de incluir en el inicio del libro una cita de John Berger: “Todas las historias son discontinuas”. ¿Por qué escoge esa forma discontinua de narrar?

La verdad es que no sé escribir de otra manera. Mi forma de escribir refleja mi manera de ver la realidad. Nunca he escrito un relato lineal, siempre elijo una estructura narrativa episódica, fragmentada, con saltos hacia adelante y hacia atrás. Se debe a que tengo una visión global, pero al mismo tiempo distante, de los acontecimientos –y también a la necesidad de que el lector se distancie de ellos para poderlos pensar–. Desde mi punto de vista, nada puede leerse solo, pero tampoco con una continuidad cronológica. La realidad se conforma de detalles que independientes no parecen tener valor, pero una vez reunidos, como si fueran un puzle, adquieren un nuevo sentido. Pienso ahora mismo en Lévi-Strauss y, aún más, en Walter Benjamin, cuando afirmaba “erigir las grandes construcciones con los más pequeños elementos […] para descubrir en el análisis del pequeño momento singular el cristal del total acontecer”.

Las mujeres irrumpen con fuerza en sus historias. Y, concretamente en 65% agua, algunas de las encrucijadas centrales remiten a preguntas como quién cuida, quién tiene tiempo propio, qué caracteriza nuestras vidas afectivas.

Me gusta decir que las mujeres se imponen en mis novelas con cabezona terquedad. Yo no las busco, pero ellas aparecen y asumen un papel protagónico, lo quiera yo o no. En realidad, mis personajes femeninos saldan, por un lado, una deuda histórica: rescatarnos de la invisibilidad. Devolvernos al lugar que nos corresponde. Y, por otro, sacan a la luz otras maneras de pensar, hacer y vivir la realidad. Precisamente porque la sociedad patriarcal nos mantiene en los márgenes, en el lado de sombra, en los momentos históricos críticos somos las primeras en tener la valentía de enfrentarnos a una realidad hostil para buscar nuevas formas de hacer colectivas, para nosotras y también para los hombres. Pienso que es éste, nuestro presente histórico, uno de esos momentos críticos en que las mujeres tenemos un papel crucial.

Foto: María Arce

Disidencia y literatura

Sabemos que usted huye de las etiquetas: literatura comprometida, literatura feminista…

Sí, no me gustan las etiquetas porque creo que no son necesarias. La literatura no se puede desligar de la realidad. La literatura es, siempre, una toma de postura. Un compromiso con el presente histórico. Todas las novelas llevan implícita la pregunta por la realidad, ya sea para mostrarla, transformarla o ignorarla, que también es una forma de posicionarse. Escribir es, sin duda, enfrentarse a la realidad y cada uno lo hacemos desde quienes somos: miramos la realidad, la delimitamos y la mostramos desde nuestra trayectoria personal, política –lo personal es siempre político–.

En 65% agua una serie de fotografías abre y cierra cada uno de los capítulos. ¿Qué papel juega la imagen en sus novelas?

Durante años, alterné escritura y fotografía y pintura. Con La verdadera historia de Matías Bran comprendí que me resultaba muy difícil escribir sin imágenes. Pero no como meras ilustraciones de las palabras. Imágenes y palabras se complementan. Esto se debe, quizás, a sus diferencias. La escritura es búsqueda. Escribir es desvelar el objeto a pesar de las limitaciones que nos impone el lenguaje. Cuando escribimos, exploramos el territorio de las palabras hasta rescatar, de su maraña, las cosas. Escribir es examinar, rechazar, elegir, hasta encontrar la frase que, una vez fijada en el papel, nos llena de satisfacción, porque sabemos que es esa y no otra la que buscábamos. Pintar o fotografiar, por el contrario, es, como dice John Berger, una colaboración. La fotografía o el dibujo son el resultado de un encuentro directo con las cosas. En la fotografía instantánea es donde más se evidencia esa colaboración con las cosas. El ojo, la cámara, está esperando el encuentro. Hay que disparar en el instante preciso. Fotografiar, de este modo, es acertar. La verdad es que solo en la combinación de ambos elementos, palabras e imágenes, consigo expresarme con plenitud.

A pesar de que ha apostado por editar la novela en un sello de un colectivo social, lo cierto es que en los espacios activistas la novela está infrarrepresentada.

En el circuito de los libros disidentes se apuesta primordialmente por el ensayo. Incluso hay un desinterés hacia la literatura, inconcebible en otros momentos históricos en que la novela y la poesía tuvieron un papel revolucionario protagónico. La literatura es una herramienta de transformación mucho más efectiva que el más lúcido de los ensayos. Pero parece que lo hemos olvidado. Quizás el lugar que disfrutaron en otras épocas la literatura y la poesía lo ocupa hoy la novela gráfica. La cuestión es que no se puede separar el proceso creativo de las condiciones en que éste se produce. Si el circuito comercial –el de las grandes multinacionales de la cultura– solo apuesta por un tipo de narrativa –aquella que considera vendible y sin riesgo ideológico– y el circuito alternativo, que discurre en paralelo y cuyo cometido debiera ser hacer llegar al público esas otras novelas –las que subvierten la realidad–, no apuesta por ellas, entonces no se escribirán.  Un escritor no decide lo que quiere escribir sino que tropieza con ello. Está ahí, a su disposición, y a la de muchos otros escritores, pero para que le preste atención tiene al menos que darse un mínimo de posibilidades de que esa historia pueda llegar alguna vez a las manos de los lectores. Y unas historias llaman a otras, si una no existe tampoco existirán las otras. Benjamin decía que “el texto es ese trueno que retumba largamente”, pero no solo en los lectores, sino también en otros escritores. El proceso de escritura aparentemente individual, solitario, es en realidad un proceso colectivo. Creamos un conjunto de novelas en un lugar y un tiempo dados, no una sola obra. Y todo ese conjunto conforma la memoria de un determinado momento histórico. Si no hay condiciones, ese legado se perderá.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 40, SEPTIEMBRE DE 2015

La Madeja estará en el T.C.A.T Fuerte Fest (Zaragoza)

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El viernes 6 de noviembre de 2015, a las 20h, Ana García Fernández e Irene S. Choya presentan el último número de La Madeja: Cuidados. Y el sábado 7, en sesiones de mañana y tarde, Irene S. Choya coordina una nueva edición del taller: Investigando lo invisible. Amores (y desamores) en los movimientos sociales. Todo ello dentro del T.C.A.T Fuerte Fest, organizado por el Taller de Cuidados y Análisis de Textos Feministas, en el CSO Kike Mur (Zaragoza).

 

CARTEL HORARIO byn-01

Reseña sobre ‘Paremos los vuelos’

Los vuelos de la vergüenza. Sobre los vuelos de repatriación forzosa de inmigrantes

134 vuelos, 3.373 personas. Estas son las cifras que se daban a conocer el mes pasado en el informe anual que recopila la Defensora del Pueblo en su función de Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNP): en 2014, el Ministerio del Interior fletó, en solitario o en colaboración con Frontex (Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores) un total de 134 vuelos de deportación de inmigrantes. Tras ellos, 3.373 historias de acoso racista, abusos policiales e institucionales, de proyectos de vida hechos añicos y de amistades y familias separadas de la noche a la mañana.

La mayoría de estos vuelos (99 de ellos) fueron a Ceuta y Melilla, desde donde se les expulsó a Marruecos. De los restantes, 17 vuelos fueron organizados conjuntamente con Frontex con destino a Pakistán, Georgia, Macedonia o Albania, y los otros 18 expulsaron a unas 700 personas principalmente a Malí, Senegal, Nigeria, Colombia o Ecuador.

Otro dato “curioso” es que España es el Estado que más vuelos ha organizado con Frontex desde 2010, cuando comenzó esta colaboración. En esos cinco años hasta finales de 2014, han sido 31 vuelos, la mayoría a Latinoamérica y a Georgia y Ucrania. Una cifra muy alejada del siguiente país de la lista, Italia, que a pesar de haber recibido casi veinte veces más inmigrantes, “sólo” fletó 18 de estos vuelos con Frontex, todos ellos a Nigeria.

Pero tampoco olvidamos que la vía aérea no es la única vía de deportación: en total, a la cifra inicial hay que sumar otras 8.444 personas expulsadas, un total de 11.817 personas en el año 2014 expulsadas por tierra, mar y aire.

Lo que ocurre en los vuelos

deportados_guateDejando de lado las cifras, todo lo que respecta a los vuelos es tratado con sumo secreto. Las compañías aéreas que operan estos vuelos han firmado previamente un compromiso de silencio con el gobierno que les prohíbe divulgar, fotografiar o grabar nada de lo que ocurre en el interior. El informe de la Defensora del Pueblo tampoco menciona nada al respecto, a excepción de algunas recomendaciones como que haya médico e intérprete en los vuelos, reconocimientos médicos, o que se graben los operativos en expulsiones “conflictivas”. De lo que no habla el informe es de la violencia y abuso policial que tienen lugar en los vuelos de deportación según multitud de testimonios de personas deportadas por este medio.

Desde el momento en que la policía congrega a las personas que van a ser expulsadas, algunas de éstas se resisten e incluso se autolesionan para ganar tiempo y evitar la deportación. Ante esto, la policía no duda en recurrir a la fuerza o directamente a la sedación forzosa, que también es utilizada en ocasiones una vez subidos/as al avión.

Las personas repatriadas son trasladadas a furgones policiales con las manos engrilletadas con una especie de cuerda negra, que puede ser sustituida por esposas si la resistencia es mayor. Otra práctica empleada sobre los/as inmigrantes que continúan resistiéndose es la de rodearles el cuerpo con una “cinta reforzada”, una especie de cinta aislante fuerte, con la que les atan como a una momia y les llevan directamente a cuestas.

Del furgón, por lo general, pasan directamente al avión, evitando ser vistos/as por viajeros/as o trabajadores/as que se encuentren en el aeropuerto. De nuevo la policía emplea la fuerza necesaria para obligarles a subir. El número de policías al menos iguala al de personas deportadas, sentándose intercalados/as policía-deportado/a en el avión. Algunos de los testimonios mencionan gritos, vómitos provocados y golpes con un guante negro reforzado en los nudillos, por parte de la policía. En abril de este año, se hizo público un vídeo grabado por pasajeros/as de un vuelo comercial en el que la policía deportaba a un inmigrante dominicano. Al presentar resistencia y comenzar a gritar (en este tipo de vuelos, el capitán puede negarse a volar llevando a alguien contra su voluntad), una policía antidisturbios de paisano comienza a golpearle con saña portando dicho guante negro. A pesar de verse la escena claramente en el vídeo, la única consecuencia fue una investigación policial para estudiar si la actuación “fue proporcionada”.

Y es que todas estas prácticas están amparadas en el protocolo de actuación durante los dispositivos de repatriación, que legaliza las sedaciones forzosas (siempre y cuando sean aprobadas por el/la médico del dispositivo, es decir, un/a funcionario/a de la policía), la mencionada cinta reforzada, o el uso de la violencia (“proporcionada”, claro…). Lo más sádico de todo esto es que este protocolo se presentó en 2007 como una medida para garantizar los derechos humanos, tras la muerte a bordo de un vuelo de deportación Madrid-Lagos del nigeriano Osamuyi Aikpitanyi, provocada presuntamente por asfixia debida a la cinta que amordazaba su boca.

Deportaciones exprés

En contra de lo que se pudiera suponer, no todas las personas repatriadas pasan previamente por un CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros). Para la mayoría, la confirmación de su expulsión forzosa llega en los calabozos de comisaría horas antes de embarcar (en 2013, se produjeron 1.736 repatriaciones más desde comisarías que desde CIE). Son las conocidas como deportaciones exprés, llevadas a cabo en menos de 72 horas y sin ningún tipo de intervención jurídica.

El aumento de esta práctica en los últimos años está precisamente relacionado con los vuelos de deportación: cuando se programa un vuelo a un determinado país, los días antes se pone en marcha una persecución de las personas de dicha nacionalidad mediante redadas racistas para llenar al máximo posible las plazas del vuelo.

Las personas detenidas de esta forma no tienen ninguna posibilidad de demostrar su arraigo, inserción laboral, social y familiar, aspectos que en muchas ocasiones serían legalmente suficientes para frenar la deportación.

El negocio

vuelosverguenza_Detrás de todo este tinglado nos encontramos a las empresas adjudicatarias del contrato de los vuelos de deportación: Air Europa y Swift Air. Desde 2013, estas dos compañías aéreas son las que ejecutan los vuelos, tras firmar con el Ministerio del Interior un contrato de 12 millones de euros en 2013 hasta 2015, y este año un nuevo contrato de 11 millones hasta 2016. El contrato detalla además que el importe que finalmente se facturará a la empresa adjudicataria “será el que resulte del gasto real producido en función de los servicios efectivamente prestados”.

Este no es el único contrato con la Administración del que disfruta Air Europa: en 2013 la empresa firmó con el Ministerio del Interior un acuerdo marco para el transporte aéreo de personal a zonas de operaciones, ejercicios u “otro tipo de actividades”, valorado en 30 millones de euros, según la Plataforma por el Cierre de los CIE.

A los intereses del grupo Globalia, del que forman parte Air Europa y Swift Air, en los vuelos de deportación, se suman los de agencias como Halcón Viajes o Viajes Ecuador, operadores turísticos como Travelplan o Latitudes, empresas de asistencia en tierra, transportes terrestres, hoteles, etc., que prestan servicio de una u otra forma en el transcurso de estos vuelos de la vergüenza.

Para profundizar en el turbio negocio de estas compañías recomendamos la lectura del libro “Paremos los vuelos. Las deportaciones de inmigrantes y el boicot a Air Europa”, reseñado al final de este artículo.

Algunas referencias de cara a lucha contra el racismo institucional

Los vuelos de deportación son sólo una pequeña parte de todo el conjunto de medios que despliega el Estado en la persecución de las personas inmigrantes: vallas y concertinas, patrullas fronterizas, redadas racistas, centros de internamiento de extranjeros…

Numerosos colectivos llevan años luchando contra todo esto, dando a conocer una realidad totalmente invisibilizada en los medios de masas y organizando campañas, acciones y manifestaciones de distinto tipo. Queremos dar a conocer algunas de ellas con el fin de llamar a la solidaridad y a continuar la lucha hasta que CIEs, redadas y vuelos sean algo impensable.

  • En cuanto a la lucha por el cierre de los CIE, recomendamos el blogwww.cerremosloscies.wordpress.com, que recoge gran cantidad de materiales e información en el marco de la campaña Cerremos los CIE de la asociación Ferrocarril Clandestino, y también, desde Valencia, el blog ciesno.wordpress.com.

El pasado 15 de junio se celebró el Día Mundial Contra los CIE. Durante toda esa semana tuvieron lugar distintas convocatorias tanto culturales o festivas como reivindicativas. En Madrid, Barcelona y otras ciudades la semana culminó el sábado 20 de junio con una manifestación por el cierre de estos centros. Puedes ver las acciones realizadas en todo el mundo en www.15jdiacontraloscie.wordpress.com.

  • Las Brigadas Vecinales de Observación de Derechos Humanos (www.brigadasvecinales.org) observan, vigilan, documentan y visibilizan desde hace años las redadas policiales racistas que tienen lugar en los barrios con alta población migrante.

  • La organización SOS Racismo (www.sosracismomadrid.es) lleva más de veinte años organizando distintas campañas contra todas las formas de racismo que ejerce el Estado, además de prestar atención jurídica y psicológica, talleres formativos, etc.

  • Sobre los vuelos de deportación, el blog www.stopdeportacion.wordpress.com, integrado en la campaña por el cierre de los CIE, recopila todo tipo de noticias, análisis y convocatorias relacionadas con los vuelos de la vergüenza. En este sentido destacamos la campaña de boicot a Air Europa, con concentraciones en los aeropuertos previas a vuelos de deportación, manifestaciones a distintas sedes de la compañía, etc.

Paremos los vuelos. Las deportaciones de inmigrantes y el boicot a Air Europa.

Ensayo. Editorial Cambalache. 2014. 112 páginas.

PortadaParemosLosVuelosPara finalizar, recomendamos la lectura de este libro publicado el año pasado que recoge un análisis del perverso y millonario negocio de los vuelos de deportación en elLos vuelos de la vergüenza.

Cada año, el Estado español fleta más de cien vuelos de deportación para la expulsión de miles de personas migrantes. Las compañías aéreas Air Europa y Swift Air han firmado con el Ministerio del Interior un contrato de 24 millones de euros para la realización de los vuelos de deportación entre los años 2013 y 2015. La Campaña Estatal por el Cierre de los CIE y otros colectivos contra las fronteras hacemos un llamamiento al boicot a estas dos compañías aéreas y a todo el grupo empresarial Globalia, al que pertenece Air Europa.

Nos negamos a naturalizar los vuelos de deportación, nos negamos a que formen parte de nuestra normalidad. La lucha por evitar que dispositivos represivos tan atroces se conviertan en normales va mucho más allá de la política de extranjería. Frente a un universo de relaciones económicas, sociales y políticas que permite encontrarle un lugar –aunque oscuro y tenebroso– a los Centros de Internamiento y a los vuelos de deportación; frente a una realidad sociopolítica en la que se han hecho posibles, a la luz del día, las redadas racistas y las alambradas, debemos construir las condiciones para que cada uno de estos actos –y con cada uno de ellos el conjunto de la política migratoria– sean, directamente, inimaginables.

Ver en Todo por Hacer

Reseña sobre ‘La mancha de la raza’ en Todo por hacer

la_mancha_grandeDe la mano de la editorial Cambalache, como parte de la colección Inmigración de la misma, nos llega este regalo literario que se titula La Mancha de la Raza, de Marco Aime. A pesar de que sea su primera obra narrativa traducida al castellano, la trayectoria literaria de este antropólogo y escritor italiano se remonta a años atrás. Es autor de varias otras obras y numerosos ensayos antropológicos que tratan cuestiones como el relativismo cultural, el error conceptual de identificar raza con cultura, la etnización de conflictos, las retóricas políticas derivadas de la excesiva atención a ladiversidad y otras cuestiones entrelazadas.

El texto es acompañado por un prólogo introductorio de Eduardo Romero, autor de varios ensayos de esta misma colección, y el prefacio del antropólogo y etnólogo Marc Auge, autor del concepto del no lugar.

Las ideas que se pueden encontrar entre los ensayos de Aime, han sido  plasmadas en este libro a través de un lenguaje más desnudo, más accesible para la lectura común. Han contribuido a difundir la reflexión sobre cómo nuestra mirada, inevitablemente etnocentrista y llena de (pre)juicios, acaba sirviendo, entre otras cosas, como prueba de cargo para legitimar sentencias sobre la identidad y políticas de exclusión, discriminación y eliminación -a veces incluso física- del  denominadootro/otra.

El libro se presenta en formato epistolar y, a través de la carta, el autor se esmera en explicar a Dragan, un niño rumano, un niño migrante, el sinsentido de nuestro cinismo, nuestro temor ante lo que somos, transitando la memoria de lo que hemos sido. Es un grito literario a pecho abierto; una llamada a comprender(se) con ánimo de transformar así nuestras relaciones fragmentadas en una sociedad cambiante, diversa y globalizada.

La carta que le escribe Marco Aime a Dragan no es una epístola dedicada únicamente a Dragan. Es un mensaje a todos y todas las que representan lo que desde antaño se ha calificado como extranjero, como extraño, como el otro/otra; como el antiguo hostis. Pero, sobre todo, es una invitación obligada a un ejercicio de memoria a l@s que hemos contribuido a la construcción de dicho término como categoría. Categoría de conveniencia, con definiciones fetiches y exóticas cuando viajamos y con adjetivos miserables y derivados del miedo, que pretendemos justifiquen nuestra discriminación y políticas de exclusión, cuando estamos en casa.

A través de esta carta, también se interpela a aquella izquierda que, -inconsciente o no- reacciona ante el fascismo de la guerra cuando las muertes se suceden en Europa y en Estados Unidos, pero asume que la masacre forma parte de una normalidad en el sur. Habla de cómo naturalizamos la miseria como si fuera parte de ciertas comunidades étnicas. Habla de cómo etnificamos la barbarie, “ni siquiera muertos somos iguales”,nos recuerda.

Y sabemos que tiene razón el autor cuando escribe: “No tenemos tiempo para recordarlos a todos. Hay quienes son más muertos que otros”. Esto lo supimos claramente en el 11S y en la intervención militar posterior, sin embargo, lo seguimos viendo a diario. Vemos cómo la vida de doce franceses vale días de portadas en los medios internacionales y merece conmemoraciones ostentosas, y vemos cómo los intelectuales ofrecen análisis profundos sobre sus muertes, mientras que las muertes en masa de la infancia en Nigeria, en  Siria, provocadas por un fascismo análogo que se expande, no albergan sino unas pocas publicaciones en las redes sociales y pequeños medios preocupadas de su difusión. Porque es normal que mueran en África o en Oriente, pero es inaceptable que mueran aquí.

Marco Aime, cuando escribe, se expone y se confronta con su verdad, con “nuestra verdad”. La mira a los ojos, y descubre lo que ocultamos bajo nuestro desprecio. Sabe que aquella imagen que tenemos del extranjero, de Dragan, no deja de ser una proyección: son nuestras debilidades, nuestra vileza, nuestra incapacidad de incluirnos en un mundo mucho más grande que nuestras ideas amuralladas. Sabe que nuestra mirada discriminatoria acaba convirtiéndose en nuestra propia jaula.

La mancha de la raza. Carta a un niño rumano no es sólo una carta a un niño rumano. Es nuestra verdad. Aquella verdad que nos deja con la incómoda sensación de que mientras que no haya transformación, nos quedará la incertidumbre de no saber si somos seres racistas, abiertamente crueles y cómplices;  o somos el legado de aquel gran concepto de Hanna Arendt: un mero producto de la banalidad del mal que no se responsabiliza de ser eslabón en esta cadena.

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