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Próximas presentaciones del nº 7 de La Madeja: Miedos

portadamadeja7El último número de La Madeja es un monográfico sobre miedos. ¿Cuáles son los miedos que sentimos? ¿Por qué? ¿Qué nos quieren decir? ¿Qué hacemos cuando los sentimos? ¿Cómo los manejamos? ¿Qué tienen que ver los miedos con el poder? ¿Por qué reflexionar sobre ellos desde los feminismos?  Para darle vueltas a estas preguntas, la lectura y el encuentro, el diálogo.

Próximas presentaciones y actividades:

  • El 26 de agosto a las 18.30h en Ribadesella, Fantabulosa, Feria del libro itinerante

Si tienes interés en organizar una presentación, ponte en contacto con nosotras: lamadeja@localcambalache.org

Ya se ha presentado en:
el local cambalache (Oviedo)
la Libélula Huerta (Avilés)
La Revoltosa (Gijón)
Bakakai (Granada)
Traficantes de Sueños (Madrid)
La Repartidora (València)
La Llocura (Mieres)
La Libre (Santander)
Louise Michel (Bilbao)
La Semiente (L’Entregu)
Biblioteca municipal de Binéfar (Huesca)
CSA Kike Mur (Jornadas Anarcofeministas de Zaragoza)
DeTacón (Huesca)
La Otra (Valladolid)
Sestaferia (Gijón)
La Casa Azul (Navia)
Ítaca (Murcia)
La Tejedora (Córdoba)
Sukubo (Gasteiz)
Encuentro con Pikara Magazine: Lo editorial como acción política desde el feminismo (Bilbao)
CSA La Teixidora (Barcelona)
Ret-Marut (León). Organiza: Femicletacción
Charla: Dándole vueltas a los amores, dentro de las Jornadas Marcando Pezón (Valladolid)
local de la CNT de Almería
CS A Galleira (Ourense)
CS A Cova dos Ratos (Vigo). Organizan: Nós Mesmas e PFG.
libraría Lila de Lilith (Compostela)
CS A Comuna. Organiza: Revirada Revista Feminista.
Taller Bohemia (Majadahonda). Organiza: Colectivo MuMa.

 

 

Próximas presentaciones del nº 6 de La Madeja: Cuidados

portada_Madeja6El último número de La Madeja es un monográfico sobre cuidados. 

Si tenéis interés en organizar una presentación, ponte en contacto con nosotras: lamadeja@localcambalache.org

Lo hemos compartido ya en el T.C.A.T Fuerte Fest (Zaragoza), en nuestro local en Oviedo, en La Revoltosa (Xixón), en OIHUK y Pikara (Bilbo), en el CSA Jaén en Pie invitadas por Comando Sororidad, en La Semiente (L’Entregu), en la librería Bakakai (Granada), en Sukubo (Gasteiz), en La Libre (Santander), en el local de CNT (León) invitadas por Femicletacción, en las I Jornadas de mujer y desigualdad en Llanera, en La Fábrica (Mieres), en La Mala Mujer (Madrid), en Taller Bohemia (Majadahonda) invitadas por el colectivo MuMa,  en La Villana de Vallekas (Madrid), en el Wash-bar Gondomatik (Valladolid),  en la librería La Rossa (Valencia),  en la Feria del libro feminista de Alacant, en La Fuga (Sevilla), en el Ateneo Cultural Ecijano (Écija), en La Casa Azul (Navia), en Ítaca (Murcia), en Aldea de San Miguel (Valladolid), en La Ele (Barcelona) y en La Mínima (Málaga).

También puedes escucharnos en Coordenadas (Radio 3) a partir del minuto 47′ o leer un artículo publicado en Último Cero.

Editorial (La Madeja nº 1)

¡Ya tienes entre tus manos el número 1 de La Madeja! Increíble en estos tiempos que corren, ¿no? Nosotras todavía nos estamos acostumbrando. Aunque ya vamos siendo conscientes de que la imaginación e ilusión iniciales han tomado cuerpo y se han hecho realidad con dos números en seis meses. En este tiempo más de 30 personas han aportado textos, imágenes, diseños, correcciones e ideas; casi 400 han comprado el número 0 –esperamos que lo hayan leído–; muchas nos han animado, se han preocupado por la marcha del proyecto, lo han contado a otra gente…

¿Todo genial? Pues no, claro que no. Queremos contaros algunas de las alegrías y dificultades –habituales por otra parte en cualquier grupo que se junte para llevar a cabo una actividad continuada en el tiempo–. No estamos muy seguras de si narrar estos entresijos es feminista o simplemente una manera de contar diferente, pero creemos que es importante.
Empezamos esta andadura de idear y gestionar la revista tres personas, luego pasamos a ser cinco en un grupo más o menos estable y ahora volvemos a ser tres –no las mismas tres del principio– con posibilidades de llegar a ser una o incluso a la autodisolución. Desde luego que las matemáticas aquí no pintan nada –o casi nada–. Tiene más que ver con que nuestra profesión no es la de editar revistas –ni aspiramos a ello–; unas estudian, otras tienen trabajos precarios, otras migran… y en algunas incluso se dan todas las circunstancias simultáneamente. También está relacionado con la militancia misma en unos movimientos sociales numéricamente mermados y con las características intrínsecas que conllevan la participación en un grupo –en este caso feminista–: uso del poder entre las personas, diferentes perspectivas con respecto a la concordancia entre discursos y prácticas, dificultades en la comunicación interpersonal, (des)afectos, problemas para encontrar tiempos y espacios de confluencia… Esto no es una amenaza de cierre de La Madeja, pero sí un compartir que cuesta mucho esfuerzo personal y colectivo sacar adelante proyectos como éste, que las personas que estamos en ello lo hacemos con mucho gusto y responsabilidad pero que somos humanas, nos cansamos o nuestras circunstancias vitales cambian. Y aquí las matemáticas sí tienen algo que decir: si el grupo de trabajo es de 10 en vez de tres personas, los ires y venires de unas y otras no suponen un cuestionamiento constante de la permanencia del proyecto.

Una de las motivaciones que teníamos era la de conocer a otra gente, dialogar y debatir con ellas desde los feminismos, que la revista sirviera de herramienta de trabajo, que nos ayudara a tejer redes. Tras la experiencia de estos últimos meses, sentimos que la revista ya es un punto de encuentro, una excusa para el debate, un lugar para la reflexión de un número amplio de personas.

También sospechábamos que en esta andadura aprenderíamos muchísimo. Todavía de vez en cuando nos miramos entre satisfechas e incrédulas al ver confirmado ese presentimiento. Creemos que es importante que las personas nos auto-organicemos para decidir y construir nuestros propios procesos de aprendizaje; que vayamos adquiriendo los saberes a la vez que hacemos aquello para lo que queríamos aprender. La Madeja nos parece una buena forma de hacerlo.

Os presentamos aquí un nº 1 con casi las mismas secciones que el anterior –aunque en otro orden–. Seguimos convencidas de los lugares desde los que queremos contar: desde las identidades, las relaciones interpersonales y sociales, los cuerpos, los márgenes, las fronteras, las luchas; y defendemos que ser y estar feminista es ocuparse, denunciar y luchar contra todas las injusticias, no sólo aquellas que soportan las mujeres por el hecho de ser mujeres.
En este número continuamos explorando diferentes formas de contar, la multiplicidad de lenguajes. Quizás por desconocimiento, quizás por intuición; puede que porque algo no nos cuadra y vamos a ver si en espiral lo vemos mejor. Veréis también que ilustramos poco y (nos) preguntamos mucho. Plantarnos ante preguntas nos convierte en sujetos, en protagonistas, en responsables de encontrar respuestas. Formular preguntas es una muestra de curiosidad, de humildad, de disconformidad con mensajes como: “éste es el único camino”, “el gobierno no puede hacer otra cosa” o “hay que trabajar más y ganar menos”.
Precisamente el dossier de este número surge a través de una pregunta. La Madeja es editada por la asociación Cambalache, colectivo social que a lo largo de los últimos años ha realizado junto con otros grupos un trabajo teórico y práctico importante en el tema de las migraciones. De ahí que nos preguntemos qué supone analizar, denunciar, trabajar los procesos migratorios, sus causas y consecuencias desde una perspectiva feminista.

También indagamos en este ejemplar sobre cómo y por qué aprendemos a ser mujeres y hombres, qué estrategias de resistencia social y laboral han tenido las mujeres en diferentes contextos. Investigamos en maneras de situarnos y entrelazar luchas cuando diversas características son motivo de discriminación y concurren en las mismas personas o colectivos, como las dis-capacidades y las orientaciones sexuales. Éstos y otros temas son los que encontraréis en estas páginas.

Esperamos que disfrutéis leyendo la revista, que os anime a seguir o a empezar a ver y a estar en el mundo con perspectiva feminista. Los comentarios, críticas y valoraciones que algunas personas nos habéis comunicado con el nº 0 nos han sido de utilidad, así que nos gustaría que siguierais haciéndolo. Nos encantaría, además, que este proyecto ilusionara a gente con ganas y disponibilidad para construirlo y alargarlo en el tiempo y en el espacio.

Y tú, ¿qué opinas? (La Madeja nº 1)

Esta sección nace con la idea de recoger las opiniones, tanto positivas como negativas, pero siempre respetuosas, de las personas que leéis nuestra revista. El objetivo es fomentar la participación, recogiendo vuestras ideas sobre temas que se aborden en estas páginas, otros que consideréis de interés y también para opinar sobre la propia revista. Es pues un espacio para compartir aprendizajes, experiencias, propuestas…

Hemos pedido a diferentes personas su opinión sobre el tema del dossier de este número a través de la pregunta: ¿Qué significa para ti migrar? Al contestar, inevitablemente se han tenido que poner en la piel de otras personas, sin dejar por ello de hablar de ellas mismas. Éstas son algunas de las respuestas recibidas:

Para mí, migrar significa trasladar tu lugar de residencia; puede ser a un lugar lejano, a otro país, a otra cultura o simplemente a otro barrio o ciudad cercana. Sin embargo en todos los casos significa volver a empezar, ubicarte, descubrir las calles, las personas, los lugares, las costumbres, sentir la añoranza de lo que conocías y la fuerza de las nuevas posibilidades que se abren ante ti. (Beatriz Aijón)

Migrar es dejar atrás tu pueblecito, ciudad, región, país o incluso este mundo en busca de la felicidad.

Para algunos felicidad es un trabajo que les permita hacer realidad su sueño, para otros un plato de comida y un futuro que dar a sus hijos; hay quien migra por amor, quien huye del pasado, quien lo hace por la fuerza y también quien que se quita la vida para viajar a otro mundo más tranquilo.

Migrar es también convertirse en otro, el que se va nunca será el mismo que si se hubiese quedado. Migrar es imaginar, añorar, sufrir, llorar, reír, luchar y para algunos, ser feliz. (Yolanda Macías)

MIGRAR: Es dejar tu tierra, tu familia, tus amig@s, tu vida; para buscar en otro lugar lo que te falta. La causa más común es la falta de solvencia económica, pero existen muchas razones, huir de guerras o persecuciones, por amor, mejora salarial… (Juan Sánchez)

En las migraciones se mueven coordenadas importantes como son las raíces y todo lo relacionado con la identidad. Se pone a prueba la capacidad de adaptación, de buscarse la vida, en otro contexto y en otro idioma, buscando la mejora en las condiciones de la supervivencia, en muchos de los casos.

Migrar, en definitiva, debería -en mi opinión- ser algo que al menos una vez en la vida vivamos todos, aunque sea como en mi caso desde al comodidad de este lado occidental de Europa. Nos regalaría algo más de tolerancia en esta aldea supuestamente global, pero donde las diferencias cada vez abren una brecha mas profunda entre los primeros y los últimos mundos. (María Navarro)

Yo migré con muchísima ganas de hacerlo y porque quise, y aún así, al principio fue durillo, así que me imagino que quien lo haga por obligación o a disgusto tiene que pasarlo realmente mal. (Noemí Caldevilla)

Migrar, cambiar de residencia a otra región o país, buscando la oportunidad de mejorar la situación. Creo que para comprender bien a los que migran hay que haberlo experimentado personalmente. (Miguel)

Nuestro malestar sin nombre (La Madeja nº 1)

Irene S. Choya[1]

el-malestar-sin-nombre_1El malestar sin nombre. O el problema que no tiene nombre. Algo así dijo Betty Friedan en los años sesenta para explicar lo que les pasaba a muchas mujeres norteamericanas que tenían todo lo que habían soñado –marido, ser madres, una bonita casa…– y, sin embargo, sentían una especie de vacío[2]. Y algo así tal vez tengamos que utilizar algunas de nosotras para explicar lo que nos pasa.

Tenemos un empleo –seguramente no aquel con el que soñamos, pero al menos uno– y vidas interesantes llenas de actividad –a veces, incluso frenética actividad– y, sin embargo, sentimos una especie de vacío. Ken Bugul[3], después de conocer lo que le ofrece a una mujer el mundo occidental, lo resuelve volviendo al harén. Pero nosotras no tenemos un harén al que volver… ¿O es el tener pareja, ser madre y una casa bonita nuestro harén? ¿Queremos volver a aquello de lo que huimos? Ni siquiera lo conocimos, pero tal vez crecimos con ese anhelo y de eso sí huimos, pues a nosotras también nos enseñaron a soñar con un príncipe azul al que cuidar[4]. Sabemos que está dentro de nosotras y eso nos asusta. No sólo lo vemos en “las otras”, en las que han cumplido con “la norma”. Lo observamos en nosotras mismas, en pequeños detalles que nos traicionan. Y entonces nos enfadamos. No nos entendemos. No sabemos quiénes somos. Solemos taparlo, esconderlo, con un poco de actividad y con mucho de discurso, o al revés. Pero está ahí. Y duele. Y lo vivimos como si fuera un fallo, como si no fuésemos tan perfectas como quisiéramos. Y nos preguntamos por qué esas incoherencias, esas contradicciones. Nosotras que tenemos claro lo que queremos, o al menos lo que no queremos.

el-malestar-sin-nombre_2A veces nos lanzamos desbocadas a la búsqueda de alternativas, a inventar relaciones y afectos no escritos, a nadar contracorriente. A veces nos quedamos paralizadas por el miedo, negándonos la posibilidad de lo desconocido y la certeza de lo conocido[5]. Pero siempre sufrimos. Siempre nos sentimos culpables porque no somos lo que deberíamos: ni las mujeres que no quisimos ser, ni las que soñamos.

Y, como aquellas mujeres de las que hablaba Betty Friedan, lo vivimos como un problema individual. Algo que es mejor no contar porque es mostrar una fisura en nuestro bien construido armazón de “mujer feminista”. Pero ahora, como entonces, el problema no es individual, es colectivo, es político. Nos hemos construido contra el modelo establecido, siempre luchando contra normas, roles, estereotipos. Derrochando energía para demostrar que podíamos ser de otra manera. Y, por el camino, nos olvidamos de mirar en nuestro interior y de alimentarlo. Luchar cansa mucho y no tenemos el “reposo de la guerrera”, porque la lucha, esta vez, sí que no diferencia tiempos y espacios. Y nos agotamos. Y nos sentimos vacías. Y nuestro cuerpo se rebela y reclama atención. Y no tenemos herramientas para escucharnos en esos otros lenguajes, que también son nuestros. Como no tenemos apenas modelos de las mujeres que queremos ser o de las relaciones que queremos tener.

Y va siendo hora de parar y construir desde nosotras mismas, escuchándonos de verdad, con nuestras contradicciones y nuestros miedos, confiando en que sabremos encontrar caminos o crearlos, sin pretender explicarlo todo, sin tener que rendir cuentas más que a nuestro propio deseo de ser otras, más libres, pero también más felices, sí[6]. Pero así, en plural, de la mano de las otras, porque esta tarea sólo puede ser colectiva.


[1] El borrador de este texto lo escribí del tirón el 18 de septiembre de 2009, en un avión que me llevaba de Asturias a Tenerife, tras una interesante conversación con una amiga y al encuentro de otra con la que también compartí muchos ratos en los que nos contamos, nos construimos nosotras mismas. Lo he revisado un año después con las aportaciones que me han regalado buenas amigas; aprovecho para darles las gracias por ellas.

[2] Evidentemente, ese sueño había sido construido a conciencia: esas mujeres habían sido educadas para casarse, ser madres y mantener la estabilidad emocional del hogar, es decir, para ser “las perfectas amas de casa”. FRIEDAN, Betty (1963) La mística de la feminidad, reeditado en castellano en 2009 por Cátedra.

[3] BUGUL, Ken (1982) El baobab que enloqueció y (1999) Riwan o el camino de arena, publicados en castellano en 2002 y 2005, respectivamente, por la editorial Zanzíbar.

[4] A nosotras nos ofrecieron un modelo muy “completo”: estudiar y tener un empleo, tener pareja, ser buenas madres, estar siempre guapas y delgadas, disfrutar del tiempo de ocio (es decir, consumir), etc., etc. Marcela Lagarde, en este sentido, dice que los mandatos de género no han variado tanto, sino que se han ampliado, de forma que es imposible cumplirlos. En la misma línea, aunque no lo hayan escrito nunca, muchas de nuestras abuelas nos dicen que ellas lo tenían más fácil que nosotras, porque no había que hacer/ser tantas cosas.

[5] Esta frase, que tanto dice, es de Ana García Fernández.

[6] Me ha costado mucho escribir esta palabra: “felices”. Nieves Muriel, en las últimas jornadas feministas en Granada, recogía una pregunta que una vez lanzó a sus alumnas Luisa Muraro y nos invitaba también a jugar: “¿Pensar os hace felices? ¿Es esta una pregunta, de esas que como el viento abre la puerta todo el rato de la cocina en la que trajino?”. Nos da incluso una pista de la mano de Simone Weil: “A veces hay que hacer violencia al pensamiento; a veces, inmovilizar el cuerpo y dejar que el pensamiento se agote. Pero hay que preparar al cuerpo para que no escuche sino a la parte superior del alma”. Lo curioso, sin embargo, es que el viento abría la puerta de mi cocina no para darle vueltas a cómo hacerlo si no para golpearme en la cara con una pregunta previa: ¿es “lícito” querer ser feliz? (Podéis encontrar el texto en: http://www.feministas.org)

Desaprendizajes [6 retales] (La Madeja nº 1)

Carmen Camacho

desaprendizajes_1

Erais vosotras más pueblo que nadie (¿no fue al
someteros los Hijos del Señor a Su Ley como empezó esta
desgraciada Historia?), erais vosotras la riqueza, más que
todos los tesoros de las minas y los mares.
Agustín García Calvo

la abuela acaba de llamarme: bajé a la plaza / ya son las fiestas / hacía años
que no pasaba por la calle Llana / lo vi en el escaparate / te lo he comprado /
precioso y beige, / flores chillonas, / un mantón de Manila.

comienza el juego. tejemos clandestinas:

hay un vínculo, sutil, tan mudísimo que de él me cuesta hablar. nunca
tuvo palabras, apenas símbolos, esta trabazón de las nosotras. veréis: sucede
que algo se esconde debajo de sus mantones y sus tocas, que algo por debajo
embozan, envuelven. y me lo dan. yo tengo:

· 1·

la toca malva de las noches ídem de la madre del padre, y el frío que fue
recogiendo por las calles cuando salía a deshoras con la perra a buscar a sus
varones.
por más que la lavo no se le va la noche.

desaprendizajes_2

· 2·

rojo, negro, amarillo, verde. los colores salvajes con los que la hermana
del padre airea su luto, ríe sin falta, da. hace de un cuadrado un rombo, lo
dobla y se inventa el triángulo, me lo arrebuja en los hombros para continuar,
con proporción áurea, cagándose en la geometría. en la geometría y en la
gramática: que a la par que teje se deslengua. dice verdad, o lo que es igual,
miente al idioma oficial del Imperio. sabe más rica su lengua.

· 3·

con tiza azul, no sé cómo se llama, tiza azul, será, no sé, digo yo. ignoro
terriblemente cosas demasiado importantes: los puntos cardinales, la fecha
de la fruta, qué hacer con este amor, la flor de la pimienta. la hermana de
la madre de la madre y su hermana, la madre de la madre, la del mantón
de Manila, el dolor en la rodilla si vienen nublos, mis ellas, sí que saben. de
pequeñas se escondieron de la guerra en una huerta. saben matar el chivo,
hacer jabón y plantar cuando anochece. pues ellas, con tiza azul y un retal,
cortaron mis disfraces.
fui caperucita, el arlequín, dulcinea, la flor.
pero lo que de verdad les gustaba era verme de mamarracha,
sólo en privado, solas en privado. nos disfrazábamos.
risa y pudor les diera saber que estoy contando.

desaprendizajes_3

· 4·

el mantón de Manila, hoy. ni a tu madre ni a tu abuelo ni a nadie. que te lo
compraste tú. pordiós, que no se vayan a enterar. la madre de la madre habla
conmigo a través de pequeños actos subversivos. sola no pudo con el Señor
que manda en su cuerpo y su destino. ni ella ni ninguna. consiguió hacer de la
religión superstición, de su hombre su pena, del dinero escondrijos con los que
comprarme esta mañana un mantón de Manila. ya es bastante.
con él me regala planes furtivos, coartadas fundadoras, escaramuzas por
teléfono: dónde lo esconde, cómo lo recojo, cuándo voy. cómo lo hacemos.
y un territorio liberado, de pájaros exóticos, rosas rojas, violetas violeta.
beige.

· 5·

la madre. la madre directa de la hija que no sé si soy, cuando mira un
echarpe, ve un echarpe.

desaprendizajes_4

· 6·

yo tengo los ojos llenos de arena. atrofiadas las sentideras de la parte
izquierda.
aún así, ahí voy. trato de entender cuál es mi parte entre ellas todas.
para hacer, deshago,
pero honro al hilo leve.
desbarato de la labor su silencio,
pero no grito.
beso las costuras, agradezco el secreto
pero no callo:
desnuda soy menos obvia.

Aprender a «ser hombre». Voces encarnadas (La Madeja nº 1)

«No se qué se define como
masculino. Pero aquellos
elementos como robustez,
insensibilidad, practicidad,
resistencia, vigor y tantos otros
que suelen emplearse para
definir la masculinidad, caen
obsoletos frente a la lucidez de la
cotidianeidad.»

«Creemos que el feminismo es una teoría política que propone un cambio de la sociedad en la que vivimos y que cuestiona las bases mismas que estructuran dicha sociedad. Tales bases han discriminado tradicionalmente a la mitad de la población: las mujeres, por su sexo, colocándolas en una situación de desigualdad frente a los hombres e imponiéndoles roles que en muchas ocasiones ellas mismas reproducen. Pero este sistema encierra igualmente a los hombres en unos roles que también hay que cuestionar».

Eso escribíamos en el editorial del número 0 de La Madeja. Muchas mujeres, además, hemos cuestionado y nos hemos rebelado frente a los roles que sentimos nos han impuesto por y para «ser mujeres»; tantas y con tanta fuerza, que las ideas y las prácticas de lo que es «ser mujer» han cambiado –al menos en parte–. Dado que convivimos cotidianamente con los hombres –la otra mitad de la población–, pensamos que «algo» les tiene que haber removido a ellos, y que tienen que producirse cambios en los significados y experiencias de «ser hombre» por necesidad y por deseabilidad. En este sentido, en las últimas décadas se han organizado algunos grupos de hombres para trabajar y reflexionar sobre el tema de las «nuevas masculinidades».

Queremos empezar a tratar el tema de las masculinidades dirigiéndonos a hombres queridos, cotidianos en nuestras vidas. Nos preguntamos si nos cuesta lo mismo hablar de los cambios de roles e identidades, qué han pensado y cambiado, qué tenemos las mujeres que ver en esos procesos. Éstas son las preguntas que les lanzamos, pidiéndoles que hablaran desde lo vivencial –algo a lo que en general estamos más acostumbradas las mujeres–, y que no dejaran mucho tiempo para la reflexión –en parte para que no les entrara el miedo, en parte para que contaran desde la emoción–.

¿Cómo sientes que te han enseñado a ser hombre? ¿Qué mandatos de género has tenido? ¿En qué te has distanciado? ¿En qué no? ¿En qué querrías distanciarte?


«Me cuesta distanciarme y pensar en cómo me han enseñado a ser hombre. Un aspecto destacable, quizá el que más, es la sexualidad: mucho sexo, muchas relaciones, mucha experiencia… En otro orden de cosas, el llevar la voz cantante, el cuidar más que ser cuidado. Con el tiempo me he distanciado de algunas de estas cosas, aunque más que un proceso constante, creo que se trata más de algo irregular, muy sujeto al entorno concreto (el espacio, las relaciones sociales) en el que uno se ve inmerso. Lo que más me sigue costando, sin embargo, es dar el corte cuando, en el curso de una conversación, alguien hace un comentario machista. Me gustaría distanciarme más en ese aspecto, ser más firme, más rotundo».


«Creo que me han enseñado a ser hombre de forma tradicional y con los dos roles (masculino y femenino) bien diferenciados, pero con algún elemento progresista. Por ejemplo, en lo que se refiere a tareas domésticas, tanto hombres como mujeres participábamos en ellas (limpieza, cocina, bricolaje, etc.). Mandatos de género he tenido muchos, tanto de tipo actitudinal como de aspecto y presencia. Por ejemplo, siempre supe que si hubiese querido tener el pelo largo o ponerme un pendiente no iba a ser bien visto y originaría un conflicto. Así todo, en mi familia, los mandatos de género siempre han sido más estrictos para las mujeres que para los hombres. Me he distanciado totalmente en la segregación de tareas, aficiones y gustos, etc. en función del sexo del individuo. Así todo, la educación recibida te deja un ‘poso’ que hace que determinadas actitudes o estéticas aún me llamen la atención, y me gustaría que dejaran de hacerlo. Por ejemplo, ante expresiones de afecto públicas de parejas homosexuales o un punk al mejor estilo de los 80, ¡pues me suelo quedar mirando como si fueran extraterrestres!».


«Algunos mandatos de género que he percibido, algunas preguntas que me surgen:
–El color de la ropa, aunque yo de eso no me acuerdo, ¡bueno, sí! ¡de los mandilones de la guarde sí que me acuerdo! Sí, la guarde, que entrañable, ya con sus baños separados para niños y niñas…
–Los juguetes: G-Joe´s vs. Barbies. Todo un clásico. Yo de eso me libré algo más, pero no del todo, evidentemente.
–En mi caso, compartiendo habitación con mi hermano: ¿por qué no con mi hermana o rotando cada cierto tiempo?
–Las relaciones con la familia, con los amigos, lo que veía en la tele -que de pequeño la veía, y mucho-, la publicidad.
–Las relaciones que veía (y que sigo viendo) entre homosexualidad y falta de ‘hombría’. Por cierto: ¿hay equivalente a la palabra hombría para las mujeres? ¿Tiene el mismo sentido de orgullo que pueda tener hombría?».


«Como muchos, pienso que durante mi niñez y pubertad temprana la moral católica y la negligencia familiar me hicieron un adolescente temeroso. Como a muchos, el conocimiento de mi cuerpo y sus alcances me fueron dados gracias a la curiosidad. (…) Como a muchos, la sexualidad me tomó desprevenido. La caudalosa libido hacía sus gracias y yo me preguntaba. Las respuestas llegan muchos años después (…). Cómo muchos, vivo incómodo en este sistema. Veo a mi alrededor que la teoría de la tuerca y el tornillo que supe aprender adolece de ceguera, de malversación y de falacia. Como muchos, veo que el placer no es unívoco, no es legal, no es derecho.

No sé qué se define como masculino. Pero aquellos elementos como robustez, insensibilidad, practicidad, resistencia, vigor y tantos otros que suelen emplearse para definir la masculinidad, caen obsoletos frente a la lucidez de la cotidianeidad».


«Enseñanza: ser hombre.
Bueno, fácil: educación en escuela masculina, instituto masculino, servicio militar masculino… total: 20 años de educación exclusivamente masculina.
Mandatos de género.
Si te cruzas por una acera con una mujer de la edad que sea y llueve, déjale la parte protegida de la susodicha acera y con gran caballerosidad sal a la intemperie y sus charcos. Es más, si la fémina en cuestión ha de cruzar la acera, apresúrate a quitarte la chaqueta y tenderla límpidamente sobre el charco para que pueda atravesar la calle sin mancharse ni una pizca los zapatos. Si vas en un barco y comienza a hundirse, los niños y las mujeres primero. Si vas en coche con mujeres y pinchas el marrón del pinchazo es cosa tuya».


«Cuando trato de encontrar recuerdos (…) me doy cuenta de que no tengo la sensación de una presión continua familiar o social, un agobio permanente respecto a cómo debía comportarme para ser ‘un hombre’. Supongo que esto puede significar que no he tenido una presión ‘especial’, aunque también puede implicar –glub– que haya (…) naturalizado conductas, valores… que me resultaban ‘normales’.

Una situación que enseguida se me aparece al pensar sobre ello: comida familiar, de familia extensa. Roles de hombres y mujeres. Ellos copando la conversación, hablando de política, de fútbol y, sobre todo, siendo graciosos. Ellas pendientes de niñas y niños. Ellos cocinando viandas especiales, ellas haciendo el trabajo sucio de cocina y fregada. Siento la ansiedad adolescente de participar en la conversación masculina, de ser también gracioso, de copar la atención de todos y todas, en esa competición por ser protagonistas de la comida. También me hago consciente de ello, me siento mal y, con el paso de los años, desarrollo estrategias para romper con ese esquema. La más eficaz, colocarme en la mesa de niñas y niños: es mucho más fácil no competir en esa mesa que en la de las personas adultas. Participar en el ‘trabajo sucio’, casi siempre con las mujeres, es otra buena manera de romper con los roles asignados.

Otro ejemplo especialmente crudo. Advertencia paterna por desarrollar una relación especial con otro hombre, durante mi adolescencia, que me doblaba la edad. Una relación ‘rara’, poco convencional, entre un niño adolescente y un adulto. ¡Te pasas el día con ese chico! ¿Y cuál es el problema? ¡Qué van a pensar… ya sabes lo que van a pensar! No, no lo sé. ¡Pues que sois maricas! Nunca hubiera anticipado esa reacción de mi padre, ni se volvió a repetir nunca más».

Migraciones (La Madeja nº 1)

Relato de un camino: una perspectiva feminista de las migraciones

Cuando decidimos que el tema central de este número fueran las migraciones, nos surgieron muchas preguntas: ¿qué significaba una mirada feminista de las migraciones?, ¿hablar sólo de la situación de las mujeres migrantes, del lugar que ocupamos en los procesos migratorios?, ¿o hablar también y particularmente de la situación de las mujeres migrantes?; ¿qué significaba para nosotras, mujeres feministas de aquí y de allí, el encuentro con otras mujeres?; ¿dónde queda la teoría?, ¿en qué medida nos ayuda a construir discursos y prácticas feministas acerca de las migraciones? En fin, ¿qué podíamos decir nosotras sobre las migraciones? Y sobre todo… ¿cómo íbamos a decirlo?

Las decisiones fueron tomadas colectivamente e implicaron, por ello, mucho tiempo de reflexión sobre las palabras, las perspectivas, los números – «a veces también importan»–, las tonalidades, etc. Hablar de las migraciones suponía hablar de los motivos macro, es decir, de las circunstancias políticoeconómicas que producen los procesos migratorios: se trata justamente del ciclo de (re)producción capitalista, pero no sólo de bienes de consumo para las personas, sino también de personas como bienes de consumo. La mirada que intentamos construir supone, para nosotras, un análisis crítico de la sociedad capitalista globalizada en la que vivimos, una sociedad en la que es necesaria la existencia de personas que, por no tener nada más que intercambiar, sólo tienen su propia vida, su fuerza de trabajo, con la que pagarán el precio necesario para la supervivencia. Denunciar esta realidad fue uno de los motivos que nos llevó a plantear este dossier.

Las palabras y los estilos: cambio de perspectivas…

Como pensamos que las palabras también construyen la realidad, decidimos hablar no sólo de inmigraciones, sino de migraciones. Este matiz nos permitía cambiar la perspectiva, dibujar cartografías no centralizadas –repitiendo historias, contando desde el centro lo que está en la periferia– desde las que abordaríamos los tránsitos geográficos en ambas direcciones: las inmigraciones siempre suponen emigraciones. Intentamos hacerlo desde una mirada histórica, geográfica y políticamente situada, es decir, asumiendo el contexto desde el que escribimos. Por ello, mayoritariamente, los textos giran alrededor de la realidad de las personas inmigrantes, es decir, de las circunstancias en las que viven en el Estado español. Pero también quisimos tener en cuenta el significado que tiene para ellas dejar su lugar de origen y el análisis de esas realidades previas. Se estableció de esta manera un laberinto de palabras cruzadas, frente a las que nos sentimos interpeladas. Pero… ¿cómo contaríamos esta pluralidad de enfoques?

Una vez más, la elección fue la diversidad de estilos. Las palabras, entonces, recorrieron espacios poéticos, académicos, periodísticos y también estadísticos. Digamos que intentamos construir esta mirada multifocalmente. Por ello, encontrarán en el dossier no sólo los análisis y reflexiones sobre los que vienen trabajando algunas compañeras, sino también, las observaciones e impresiones que otras tenemos de la experiencia de migrar. En este sentido, creemos que una mirada feminista implica pasar del análisis macropolítico a las historias particulares de quienes (so)portan estas realidades, porque sólo así es posible sentir, (re)conocernos en las mismas. Encarnar las historias impide desviar la mirada. Como dice Eva Martínez: «Cada día se hace más difícil –debe hacerse más difícil– continuar con nuestra vida cotidiana: caminar tranquilamente por las calles, tomarnos algo en un bar, coger un autobús, sabiendo que ese vendedor ambulante que nos ofrece películas en la plaza o en el bar puede ser detenido en cualquier momento o que subirse a un autobús puede significar un viaje directo al CIE para cualquiera que no tenga papeles»*.

Hablar desde una mirada feminista supone, por supuesto, hablar de mujeres, de quienes salen menos en los medios y las estadísticas. Hablar de mujeres es no sólo hablar de aquellas que llegan al Estado y que son invisibilizadas desde las estadísticas oficiales –por trabajar en el servicio doméstico, la prostitución y, en general, en los cuidados−, sino también, de las mujeres que se quedan allá, de aquellas compañeras –madres, hermanas, hijas mayores, tías, vecinas, etc.– que sostienen las migraciones de hombres y mujeres. Pero creemos, además, que pensar esta problemática desde una perspectiva feminista es también hablar de hombres: de sus propios caminos, de sus preguntas y dificultades, de sus situaciones; de cómo, a veces, también realizan trabajos de cuidados, no sólo como trabajos asalariados, sino también como modo de ocupar(se) de esas tareas que ya no pueden realizar las mujeres. ¿Supondrá esto cambios en los roles de género?

Los encuentros y las migraciones de los feminismos

Las migraciones producen encuentros y desencuentros inevitables. Encuentros de mujeres que venimos de latitudes, culturas, y realidades distintas; que hemos crecido de diferentes maneras y hemos, cada una, optado por un modo posible de hacer frente a nuestras circunstancias. En el encuentro, estas diferencias salen a la luz interpelando nuestras historias y reivindicaciones.

Se trata, entonces, de cómo nos encontramos, de qué hacemos, sentimos, sufrimos cuando estamos junto a otras. Los feminismos pueden y deben pensar acerca de estos encuentros con otras que nos traen su mundo al nuestro. Habrá que transmigrar en los saberes de aquí y de allá, inventando espacios que nos permitan seguir construyendo un modo posible de estar juntas.

* MARTÍNEZ, Eva (2010), «Prólogo» en Romero, Eduardo, Un deseo apasionado de trabajo más barato y servicial. Migraciones, fronteras y capitalismo, Oviedo, Editorial Cambalache.