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Editorial (La Madeja nº 1)

¡Ya tienes entre tus manos el número 1 de La Madeja! Increíble en estos tiempos que corren, ¿no? Nosotras todavía nos estamos acostumbrando. Aunque ya vamos siendo conscientes de que la imaginación e ilusión iniciales han tomado cuerpo y se han hecho realidad con dos números en seis meses. En este tiempo más de 30 personas han aportado textos, imágenes, diseños, correcciones e ideas; casi 400 han comprado el número 0 –esperamos que lo hayan leído–; muchas nos han animado, se han preocupado por la marcha del proyecto, lo han contado a otra gente…

¿Todo genial? Pues no, claro que no. Queremos contaros algunas de las alegrías y dificultades –habituales por otra parte en cualquier grupo que se junte para llevar a cabo una actividad continuada en el tiempo–. No estamos muy seguras de si narrar estos entresijos es feminista o simplemente una manera de contar diferente, pero creemos que es importante.
Empezamos esta andadura de idear y gestionar la revista tres personas, luego pasamos a ser cinco en un grupo más o menos estable y ahora volvemos a ser tres –no las mismas tres del principio– con posibilidades de llegar a ser una o incluso a la autodisolución. Desde luego que las matemáticas aquí no pintan nada –o casi nada–. Tiene más que ver con que nuestra profesión no es la de editar revistas –ni aspiramos a ello–; unas estudian, otras tienen trabajos precarios, otras migran… y en algunas incluso se dan todas las circunstancias simultáneamente. También está relacionado con la militancia misma en unos movimientos sociales numéricamente mermados y con las características intrínsecas que conllevan la participación en un grupo –en este caso feminista–: uso del poder entre las personas, diferentes perspectivas con respecto a la concordancia entre discursos y prácticas, dificultades en la comunicación interpersonal, (des)afectos, problemas para encontrar tiempos y espacios de confluencia… Esto no es una amenaza de cierre de La Madeja, pero sí un compartir que cuesta mucho esfuerzo personal y colectivo sacar adelante proyectos como éste, que las personas que estamos en ello lo hacemos con mucho gusto y responsabilidad pero que somos humanas, nos cansamos o nuestras circunstancias vitales cambian. Y aquí las matemáticas sí tienen algo que decir: si el grupo de trabajo es de 10 en vez de tres personas, los ires y venires de unas y otras no suponen un cuestionamiento constante de la permanencia del proyecto.

Una de las motivaciones que teníamos era la de conocer a otra gente, dialogar y debatir con ellas desde los feminismos, que la revista sirviera de herramienta de trabajo, que nos ayudara a tejer redes. Tras la experiencia de estos últimos meses, sentimos que la revista ya es un punto de encuentro, una excusa para el debate, un lugar para la reflexión de un número amplio de personas.

También sospechábamos que en esta andadura aprenderíamos muchísimo. Todavía de vez en cuando nos miramos entre satisfechas e incrédulas al ver confirmado ese presentimiento. Creemos que es importante que las personas nos auto-organicemos para decidir y construir nuestros propios procesos de aprendizaje; que vayamos adquiriendo los saberes a la vez que hacemos aquello para lo que queríamos aprender. La Madeja nos parece una buena forma de hacerlo.

Os presentamos aquí un nº 1 con casi las mismas secciones que el anterior –aunque en otro orden–. Seguimos convencidas de los lugares desde los que queremos contar: desde las identidades, las relaciones interpersonales y sociales, los cuerpos, los márgenes, las fronteras, las luchas; y defendemos que ser y estar feminista es ocuparse, denunciar y luchar contra todas las injusticias, no sólo aquellas que soportan las mujeres por el hecho de ser mujeres.
En este número continuamos explorando diferentes formas de contar, la multiplicidad de lenguajes. Quizás por desconocimiento, quizás por intuición; puede que porque algo no nos cuadra y vamos a ver si en espiral lo vemos mejor. Veréis también que ilustramos poco y (nos) preguntamos mucho. Plantarnos ante preguntas nos convierte en sujetos, en protagonistas, en responsables de encontrar respuestas. Formular preguntas es una muestra de curiosidad, de humildad, de disconformidad con mensajes como: “éste es el único camino”, “el gobierno no puede hacer otra cosa” o “hay que trabajar más y ganar menos”.
Precisamente el dossier de este número surge a través de una pregunta. La Madeja es editada por la asociación Cambalache, colectivo social que a lo largo de los últimos años ha realizado junto con otros grupos un trabajo teórico y práctico importante en el tema de las migraciones. De ahí que nos preguntemos qué supone analizar, denunciar, trabajar los procesos migratorios, sus causas y consecuencias desde una perspectiva feminista.

También indagamos en este ejemplar sobre cómo y por qué aprendemos a ser mujeres y hombres, qué estrategias de resistencia social y laboral han tenido las mujeres en diferentes contextos. Investigamos en maneras de situarnos y entrelazar luchas cuando diversas características son motivo de discriminación y concurren en las mismas personas o colectivos, como las dis-capacidades y las orientaciones sexuales. Éstos y otros temas son los que encontraréis en estas páginas.

Esperamos que disfrutéis leyendo la revista, que os anime a seguir o a empezar a ver y a estar en el mundo con perspectiva feminista. Los comentarios, críticas y valoraciones que algunas personas nos habéis comunicado con el nº 0 nos han sido de utilidad, así que nos gustaría que siguierais haciéndolo. Nos encantaría, además, que este proyecto ilusionara a gente con ganas y disponibilidad para construirlo y alargarlo en el tiempo y en el espacio.

Y tú, ¿qué opinas? (La Madeja nº 1)

Esta sección nace con la idea de recoger las opiniones, tanto positivas como negativas, pero siempre respetuosas, de las personas que leéis nuestra revista. El objetivo es fomentar la participación, recogiendo vuestras ideas sobre temas que se aborden en estas páginas, otros que consideréis de interés y también para opinar sobre la propia revista. Es pues un espacio para compartir aprendizajes, experiencias, propuestas…

Hemos pedido a diferentes personas su opinión sobre el tema del dossier de este número a través de la pregunta: ¿Qué significa para ti migrar? Al contestar, inevitablemente se han tenido que poner en la piel de otras personas, sin dejar por ello de hablar de ellas mismas. Éstas son algunas de las respuestas recibidas:

Para mí, migrar significa trasladar tu lugar de residencia; puede ser a un lugar lejano, a otro país, a otra cultura o simplemente a otro barrio o ciudad cercana. Sin embargo en todos los casos significa volver a empezar, ubicarte, descubrir las calles, las personas, los lugares, las costumbres, sentir la añoranza de lo que conocías y la fuerza de las nuevas posibilidades que se abren ante ti. (Beatriz Aijón)

Migrar es dejar atrás tu pueblecito, ciudad, región, país o incluso este mundo en busca de la felicidad.

Para algunos felicidad es un trabajo que les permita hacer realidad su sueño, para otros un plato de comida y un futuro que dar a sus hijos; hay quien migra por amor, quien huye del pasado, quien lo hace por la fuerza y también quien que se quita la vida para viajar a otro mundo más tranquilo.

Migrar es también convertirse en otro, el que se va nunca será el mismo que si se hubiese quedado. Migrar es imaginar, añorar, sufrir, llorar, reír, luchar y para algunos, ser feliz. (Yolanda Macías)

MIGRAR: Es dejar tu tierra, tu familia, tus amig@s, tu vida; para buscar en otro lugar lo que te falta. La causa más común es la falta de solvencia económica, pero existen muchas razones, huir de guerras o persecuciones, por amor, mejora salarial… (Juan Sánchez)

En las migraciones se mueven coordenadas importantes como son las raíces y todo lo relacionado con la identidad. Se pone a prueba la capacidad de adaptación, de buscarse la vida, en otro contexto y en otro idioma, buscando la mejora en las condiciones de la supervivencia, en muchos de los casos.

Migrar, en definitiva, debería -en mi opinión- ser algo que al menos una vez en la vida vivamos todos, aunque sea como en mi caso desde al comodidad de este lado occidental de Europa. Nos regalaría algo más de tolerancia en esta aldea supuestamente global, pero donde las diferencias cada vez abren una brecha mas profunda entre los primeros y los últimos mundos. (María Navarro)

Yo migré con muchísima ganas de hacerlo y porque quise, y aún así, al principio fue durillo, así que me imagino que quien lo haga por obligación o a disgusto tiene que pasarlo realmente mal. (Noemí Caldevilla)

Migrar, cambiar de residencia a otra región o país, buscando la oportunidad de mejorar la situación. Creo que para comprender bien a los que migran hay que haberlo experimentado personalmente. (Miguel)

Nuestro malestar sin nombre (La Madeja nº 1)

Irene S. Choya[1]

el-malestar-sin-nombre_1El malestar sin nombre. O el problema que no tiene nombre. Algo así dijo Betty Friedan en los años sesenta para explicar lo que les pasaba a muchas mujeres norteamericanas que tenían todo lo que habían soñado –marido, ser madres, una bonita casa…– y, sin embargo, sentían una especie de vacío[2]. Y algo así tal vez tengamos que utilizar algunas de nosotras para explicar lo que nos pasa.

Tenemos un empleo –seguramente no aquel con el que soñamos, pero al menos uno– y vidas interesantes llenas de actividad –a veces, incluso frenética actividad– y, sin embargo, sentimos una especie de vacío. Ken Bugul[3], después de conocer lo que le ofrece a una mujer el mundo occidental, lo resuelve volviendo al harén. Pero nosotras no tenemos un harén al que volver… ¿O es el tener pareja, ser madre y una casa bonita nuestro harén? ¿Queremos volver a aquello de lo que huimos? Ni siquiera lo conocimos, pero tal vez crecimos con ese anhelo y de eso sí huimos, pues a nosotras también nos enseñaron a soñar con un príncipe azul al que cuidar[4]. Sabemos que está dentro de nosotras y eso nos asusta. No sólo lo vemos en “las otras”, en las que han cumplido con “la norma”. Lo observamos en nosotras mismas, en pequeños detalles que nos traicionan. Y entonces nos enfadamos. No nos entendemos. No sabemos quiénes somos. Solemos taparlo, esconderlo, con un poco de actividad y con mucho de discurso, o al revés. Pero está ahí. Y duele. Y lo vivimos como si fuera un fallo, como si no fuésemos tan perfectas como quisiéramos. Y nos preguntamos por qué esas incoherencias, esas contradicciones. Nosotras que tenemos claro lo que queremos, o al menos lo que no queremos.

el-malestar-sin-nombre_2A veces nos lanzamos desbocadas a la búsqueda de alternativas, a inventar relaciones y afectos no escritos, a nadar contracorriente. A veces nos quedamos paralizadas por el miedo, negándonos la posibilidad de lo desconocido y la certeza de lo conocido[5]. Pero siempre sufrimos. Siempre nos sentimos culpables porque no somos lo que deberíamos: ni las mujeres que no quisimos ser, ni las que soñamos.

Y, como aquellas mujeres de las que hablaba Betty Friedan, lo vivimos como un problema individual. Algo que es mejor no contar porque es mostrar una fisura en nuestro bien construido armazón de “mujer feminista”. Pero ahora, como entonces, el problema no es individual, es colectivo, es político. Nos hemos construido contra el modelo establecido, siempre luchando contra normas, roles, estereotipos. Derrochando energía para demostrar que podíamos ser de otra manera. Y, por el camino, nos olvidamos de mirar en nuestro interior y de alimentarlo. Luchar cansa mucho y no tenemos el “reposo de la guerrera”, porque la lucha, esta vez, sí que no diferencia tiempos y espacios. Y nos agotamos. Y nos sentimos vacías. Y nuestro cuerpo se rebela y reclama atención. Y no tenemos herramientas para escucharnos en esos otros lenguajes, que también son nuestros. Como no tenemos apenas modelos de las mujeres que queremos ser o de las relaciones que queremos tener.

Y va siendo hora de parar y construir desde nosotras mismas, escuchándonos de verdad, con nuestras contradicciones y nuestros miedos, confiando en que sabremos encontrar caminos o crearlos, sin pretender explicarlo todo, sin tener que rendir cuentas más que a nuestro propio deseo de ser otras, más libres, pero también más felices, sí[6]. Pero así, en plural, de la mano de las otras, porque esta tarea sólo puede ser colectiva.


[1] El borrador de este texto lo escribí del tirón el 18 de septiembre de 2009, en un avión que me llevaba de Asturias a Tenerife, tras una interesante conversación con una amiga y al encuentro de otra con la que también compartí muchos ratos en los que nos contamos, nos construimos nosotras mismas. Lo he revisado un año después con las aportaciones que me han regalado buenas amigas; aprovecho para darles las gracias por ellas.

[2] Evidentemente, ese sueño había sido construido a conciencia: esas mujeres habían sido educadas para casarse, ser madres y mantener la estabilidad emocional del hogar, es decir, para ser “las perfectas amas de casa”. FRIEDAN, Betty (1963) La mística de la feminidad, reeditado en castellano en 2009 por Cátedra.

[3] BUGUL, Ken (1982) El baobab que enloqueció y (1999) Riwan o el camino de arena, publicados en castellano en 2002 y 2005, respectivamente, por la editorial Zanzíbar.

[4] A nosotras nos ofrecieron un modelo muy “completo”: estudiar y tener un empleo, tener pareja, ser buenas madres, estar siempre guapas y delgadas, disfrutar del tiempo de ocio (es decir, consumir), etc., etc. Marcela Lagarde, en este sentido, dice que los mandatos de género no han variado tanto, sino que se han ampliado, de forma que es imposible cumplirlos. En la misma línea, aunque no lo hayan escrito nunca, muchas de nuestras abuelas nos dicen que ellas lo tenían más fácil que nosotras, porque no había que hacer/ser tantas cosas.

[5] Esta frase, que tanto dice, es de Ana García Fernández.

[6] Me ha costado mucho escribir esta palabra: “felices”. Nieves Muriel, en las últimas jornadas feministas en Granada, recogía una pregunta que una vez lanzó a sus alumnas Luisa Muraro y nos invitaba también a jugar: “¿Pensar os hace felices? ¿Es esta una pregunta, de esas que como el viento abre la puerta todo el rato de la cocina en la que trajino?”. Nos da incluso una pista de la mano de Simone Weil: “A veces hay que hacer violencia al pensamiento; a veces, inmovilizar el cuerpo y dejar que el pensamiento se agote. Pero hay que preparar al cuerpo para que no escuche sino a la parte superior del alma”. Lo curioso, sin embargo, es que el viento abría la puerta de mi cocina no para darle vueltas a cómo hacerlo si no para golpearme en la cara con una pregunta previa: ¿es “lícito” querer ser feliz? (Podéis encontrar el texto en: http://www.feministas.org)

Desaprendizajes [6 retales] (La Madeja nº 1)

Carmen Camacho

desaprendizajes_1

Erais vosotras más pueblo que nadie (¿no fue al
someteros los Hijos del Señor a Su Ley como empezó esta
desgraciada Historia?), erais vosotras la riqueza, más que
todos los tesoros de las minas y los mares.
Agustín García Calvo

la abuela acaba de llamarme: bajé a la plaza / ya son las fiestas / hacía años
que no pasaba por la calle Llana / lo vi en el escaparate / te lo he comprado /
precioso y beige, / flores chillonas, / un mantón de Manila.

comienza el juego. tejemos clandestinas:

hay un vínculo, sutil, tan mudísimo que de él me cuesta hablar. nunca
tuvo palabras, apenas símbolos, esta trabazón de las nosotras. veréis: sucede
que algo se esconde debajo de sus mantones y sus tocas, que algo por debajo
embozan, envuelven. y me lo dan. yo tengo:

· 1·

la toca malva de las noches ídem de la madre del padre, y el frío que fue
recogiendo por las calles cuando salía a deshoras con la perra a buscar a sus
varones.
por más que la lavo no se le va la noche.

desaprendizajes_2

· 2·

rojo, negro, amarillo, verde. los colores salvajes con los que la hermana
del padre airea su luto, ríe sin falta, da. hace de un cuadrado un rombo, lo
dobla y se inventa el triángulo, me lo arrebuja en los hombros para continuar,
con proporción áurea, cagándose en la geometría. en la geometría y en la
gramática: que a la par que teje se deslengua. dice verdad, o lo que es igual,
miente al idioma oficial del Imperio. sabe más rica su lengua.

· 3·

con tiza azul, no sé cómo se llama, tiza azul, será, no sé, digo yo. ignoro
terriblemente cosas demasiado importantes: los puntos cardinales, la fecha
de la fruta, qué hacer con este amor, la flor de la pimienta. la hermana de
la madre de la madre y su hermana, la madre de la madre, la del mantón
de Manila, el dolor en la rodilla si vienen nublos, mis ellas, sí que saben. de
pequeñas se escondieron de la guerra en una huerta. saben matar el chivo,
hacer jabón y plantar cuando anochece. pues ellas, con tiza azul y un retal,
cortaron mis disfraces.
fui caperucita, el arlequín, dulcinea, la flor.
pero lo que de verdad les gustaba era verme de mamarracha,
sólo en privado, solas en privado. nos disfrazábamos.
risa y pudor les diera saber que estoy contando.

desaprendizajes_3

· 4·

el mantón de Manila, hoy. ni a tu madre ni a tu abuelo ni a nadie. que te lo
compraste tú. pordiós, que no se vayan a enterar. la madre de la madre habla
conmigo a través de pequeños actos subversivos. sola no pudo con el Señor
que manda en su cuerpo y su destino. ni ella ni ninguna. consiguió hacer de la
religión superstición, de su hombre su pena, del dinero escondrijos con los que
comprarme esta mañana un mantón de Manila. ya es bastante.
con él me regala planes furtivos, coartadas fundadoras, escaramuzas por
teléfono: dónde lo esconde, cómo lo recojo, cuándo voy. cómo lo hacemos.
y un territorio liberado, de pájaros exóticos, rosas rojas, violetas violeta.
beige.

· 5·

la madre. la madre directa de la hija que no sé si soy, cuando mira un
echarpe, ve un echarpe.

desaprendizajes_4

· 6·

yo tengo los ojos llenos de arena. atrofiadas las sentideras de la parte
izquierda.
aún así, ahí voy. trato de entender cuál es mi parte entre ellas todas.
para hacer, deshago,
pero honro al hilo leve.
desbarato de la labor su silencio,
pero no grito.
beso las costuras, agradezco el secreto
pero no callo:
desnuda soy menos obvia.

Aprender a «ser hombre». Voces encarnadas (La Madeja nº 1)

«No se qué se define como
masculino. Pero aquellos
elementos como robustez,
insensibilidad, practicidad,
resistencia, vigor y tantos otros
que suelen emplearse para
definir la masculinidad, caen
obsoletos frente a la lucidez de la
cotidianeidad.»

«Creemos que el feminismo es una teoría política que propone un cambio de la sociedad en la que vivimos y que cuestiona las bases mismas que estructuran dicha sociedad. Tales bases han discriminado tradicionalmente a la mitad de la población: las mujeres, por su sexo, colocándolas en una situación de desigualdad frente a los hombres e imponiéndoles roles que en muchas ocasiones ellas mismas reproducen. Pero este sistema encierra igualmente a los hombres en unos roles que también hay que cuestionar».

Eso escribíamos en el editorial del número 0 de La Madeja. Muchas mujeres, además, hemos cuestionado y nos hemos rebelado frente a los roles que sentimos nos han impuesto por y para «ser mujeres»; tantas y con tanta fuerza, que las ideas y las prácticas de lo que es «ser mujer» han cambiado –al menos en parte–. Dado que convivimos cotidianamente con los hombres –la otra mitad de la población–, pensamos que «algo» les tiene que haber removido a ellos, y que tienen que producirse cambios en los significados y experiencias de «ser hombre» por necesidad y por deseabilidad. En este sentido, en las últimas décadas se han organizado algunos grupos de hombres para trabajar y reflexionar sobre el tema de las «nuevas masculinidades».

Queremos empezar a tratar el tema de las masculinidades dirigiéndonos a hombres queridos, cotidianos en nuestras vidas. Nos preguntamos si nos cuesta lo mismo hablar de los cambios de roles e identidades, qué han pensado y cambiado, qué tenemos las mujeres que ver en esos procesos. Éstas son las preguntas que les lanzamos, pidiéndoles que hablaran desde lo vivencial –algo a lo que en general estamos más acostumbradas las mujeres–, y que no dejaran mucho tiempo para la reflexión –en parte para que no les entrara el miedo, en parte para que contaran desde la emoción–.

¿Cómo sientes que te han enseñado a ser hombre? ¿Qué mandatos de género has tenido? ¿En qué te has distanciado? ¿En qué no? ¿En qué querrías distanciarte?


«Me cuesta distanciarme y pensar en cómo me han enseñado a ser hombre. Un aspecto destacable, quizá el que más, es la sexualidad: mucho sexo, muchas relaciones, mucha experiencia… En otro orden de cosas, el llevar la voz cantante, el cuidar más que ser cuidado. Con el tiempo me he distanciado de algunas de estas cosas, aunque más que un proceso constante, creo que se trata más de algo irregular, muy sujeto al entorno concreto (el espacio, las relaciones sociales) en el que uno se ve inmerso. Lo que más me sigue costando, sin embargo, es dar el corte cuando, en el curso de una conversación, alguien hace un comentario machista. Me gustaría distanciarme más en ese aspecto, ser más firme, más rotundo».


«Creo que me han enseñado a ser hombre de forma tradicional y con los dos roles (masculino y femenino) bien diferenciados, pero con algún elemento progresista. Por ejemplo, en lo que se refiere a tareas domésticas, tanto hombres como mujeres participábamos en ellas (limpieza, cocina, bricolaje, etc.). Mandatos de género he tenido muchos, tanto de tipo actitudinal como de aspecto y presencia. Por ejemplo, siempre supe que si hubiese querido tener el pelo largo o ponerme un pendiente no iba a ser bien visto y originaría un conflicto. Así todo, en mi familia, los mandatos de género siempre han sido más estrictos para las mujeres que para los hombres. Me he distanciado totalmente en la segregación de tareas, aficiones y gustos, etc. en función del sexo del individuo. Así todo, la educación recibida te deja un ‘poso’ que hace que determinadas actitudes o estéticas aún me llamen la atención, y me gustaría que dejaran de hacerlo. Por ejemplo, ante expresiones de afecto públicas de parejas homosexuales o un punk al mejor estilo de los 80, ¡pues me suelo quedar mirando como si fueran extraterrestres!».


«Algunos mandatos de género que he percibido, algunas preguntas que me surgen:
–El color de la ropa, aunque yo de eso no me acuerdo, ¡bueno, sí! ¡de los mandilones de la guarde sí que me acuerdo! Sí, la guarde, que entrañable, ya con sus baños separados para niños y niñas…
–Los juguetes: G-Joe´s vs. Barbies. Todo un clásico. Yo de eso me libré algo más, pero no del todo, evidentemente.
–En mi caso, compartiendo habitación con mi hermano: ¿por qué no con mi hermana o rotando cada cierto tiempo?
–Las relaciones con la familia, con los amigos, lo que veía en la tele -que de pequeño la veía, y mucho-, la publicidad.
–Las relaciones que veía (y que sigo viendo) entre homosexualidad y falta de ‘hombría’. Por cierto: ¿hay equivalente a la palabra hombría para las mujeres? ¿Tiene el mismo sentido de orgullo que pueda tener hombría?».


«Como muchos, pienso que durante mi niñez y pubertad temprana la moral católica y la negligencia familiar me hicieron un adolescente temeroso. Como a muchos, el conocimiento de mi cuerpo y sus alcances me fueron dados gracias a la curiosidad. (…) Como a muchos, la sexualidad me tomó desprevenido. La caudalosa libido hacía sus gracias y yo me preguntaba. Las respuestas llegan muchos años después (…). Cómo muchos, vivo incómodo en este sistema. Veo a mi alrededor que la teoría de la tuerca y el tornillo que supe aprender adolece de ceguera, de malversación y de falacia. Como muchos, veo que el placer no es unívoco, no es legal, no es derecho.

No sé qué se define como masculino. Pero aquellos elementos como robustez, insensibilidad, practicidad, resistencia, vigor y tantos otros que suelen emplearse para definir la masculinidad, caen obsoletos frente a la lucidez de la cotidianeidad».


«Enseñanza: ser hombre.
Bueno, fácil: educación en escuela masculina, instituto masculino, servicio militar masculino… total: 20 años de educación exclusivamente masculina.
Mandatos de género.
Si te cruzas por una acera con una mujer de la edad que sea y llueve, déjale la parte protegida de la susodicha acera y con gran caballerosidad sal a la intemperie y sus charcos. Es más, si la fémina en cuestión ha de cruzar la acera, apresúrate a quitarte la chaqueta y tenderla límpidamente sobre el charco para que pueda atravesar la calle sin mancharse ni una pizca los zapatos. Si vas en un barco y comienza a hundirse, los niños y las mujeres primero. Si vas en coche con mujeres y pinchas el marrón del pinchazo es cosa tuya».


«Cuando trato de encontrar recuerdos (…) me doy cuenta de que no tengo la sensación de una presión continua familiar o social, un agobio permanente respecto a cómo debía comportarme para ser ‘un hombre’. Supongo que esto puede significar que no he tenido una presión ‘especial’, aunque también puede implicar –glub– que haya (…) naturalizado conductas, valores… que me resultaban ‘normales’.

Una situación que enseguida se me aparece al pensar sobre ello: comida familiar, de familia extensa. Roles de hombres y mujeres. Ellos copando la conversación, hablando de política, de fútbol y, sobre todo, siendo graciosos. Ellas pendientes de niñas y niños. Ellos cocinando viandas especiales, ellas haciendo el trabajo sucio de cocina y fregada. Siento la ansiedad adolescente de participar en la conversación masculina, de ser también gracioso, de copar la atención de todos y todas, en esa competición por ser protagonistas de la comida. También me hago consciente de ello, me siento mal y, con el paso de los años, desarrollo estrategias para romper con ese esquema. La más eficaz, colocarme en la mesa de niñas y niños: es mucho más fácil no competir en esa mesa que en la de las personas adultas. Participar en el ‘trabajo sucio’, casi siempre con las mujeres, es otra buena manera de romper con los roles asignados.

Otro ejemplo especialmente crudo. Advertencia paterna por desarrollar una relación especial con otro hombre, durante mi adolescencia, que me doblaba la edad. Una relación ‘rara’, poco convencional, entre un niño adolescente y un adulto. ¡Te pasas el día con ese chico! ¿Y cuál es el problema? ¡Qué van a pensar… ya sabes lo que van a pensar! No, no lo sé. ¡Pues que sois maricas! Nunca hubiera anticipado esa reacción de mi padre, ni se volvió a repetir nunca más».

Migraciones (La Madeja nº 1)

Relato de un camino: una perspectiva feminista de las migraciones

Cuando decidimos que el tema central de este número fueran las migraciones, nos surgieron muchas preguntas: ¿qué significaba una mirada feminista de las migraciones?, ¿hablar sólo de la situación de las mujeres migrantes, del lugar que ocupamos en los procesos migratorios?, ¿o hablar también y particularmente de la situación de las mujeres migrantes?; ¿qué significaba para nosotras, mujeres feministas de aquí y de allí, el encuentro con otras mujeres?; ¿dónde queda la teoría?, ¿en qué medida nos ayuda a construir discursos y prácticas feministas acerca de las migraciones? En fin, ¿qué podíamos decir nosotras sobre las migraciones? Y sobre todo… ¿cómo íbamos a decirlo?

Las decisiones fueron tomadas colectivamente e implicaron, por ello, mucho tiempo de reflexión sobre las palabras, las perspectivas, los números – «a veces también importan»–, las tonalidades, etc. Hablar de las migraciones suponía hablar de los motivos macro, es decir, de las circunstancias políticoeconómicas que producen los procesos migratorios: se trata justamente del ciclo de (re)producción capitalista, pero no sólo de bienes de consumo para las personas, sino también de personas como bienes de consumo. La mirada que intentamos construir supone, para nosotras, un análisis crítico de la sociedad capitalista globalizada en la que vivimos, una sociedad en la que es necesaria la existencia de personas que, por no tener nada más que intercambiar, sólo tienen su propia vida, su fuerza de trabajo, con la que pagarán el precio necesario para la supervivencia. Denunciar esta realidad fue uno de los motivos que nos llevó a plantear este dossier.

Las palabras y los estilos: cambio de perspectivas…

Como pensamos que las palabras también construyen la realidad, decidimos hablar no sólo de inmigraciones, sino de migraciones. Este matiz nos permitía cambiar la perspectiva, dibujar cartografías no centralizadas –repitiendo historias, contando desde el centro lo que está en la periferia– desde las que abordaríamos los tránsitos geográficos en ambas direcciones: las inmigraciones siempre suponen emigraciones. Intentamos hacerlo desde una mirada histórica, geográfica y políticamente situada, es decir, asumiendo el contexto desde el que escribimos. Por ello, mayoritariamente, los textos giran alrededor de la realidad de las personas inmigrantes, es decir, de las circunstancias en las que viven en el Estado español. Pero también quisimos tener en cuenta el significado que tiene para ellas dejar su lugar de origen y el análisis de esas realidades previas. Se estableció de esta manera un laberinto de palabras cruzadas, frente a las que nos sentimos interpeladas. Pero… ¿cómo contaríamos esta pluralidad de enfoques?

Una vez más, la elección fue la diversidad de estilos. Las palabras, entonces, recorrieron espacios poéticos, académicos, periodísticos y también estadísticos. Digamos que intentamos construir esta mirada multifocalmente. Por ello, encontrarán en el dossier no sólo los análisis y reflexiones sobre los que vienen trabajando algunas compañeras, sino también, las observaciones e impresiones que otras tenemos de la experiencia de migrar. En este sentido, creemos que una mirada feminista implica pasar del análisis macropolítico a las historias particulares de quienes (so)portan estas realidades, porque sólo así es posible sentir, (re)conocernos en las mismas. Encarnar las historias impide desviar la mirada. Como dice Eva Martínez: «Cada día se hace más difícil –debe hacerse más difícil– continuar con nuestra vida cotidiana: caminar tranquilamente por las calles, tomarnos algo en un bar, coger un autobús, sabiendo que ese vendedor ambulante que nos ofrece películas en la plaza o en el bar puede ser detenido en cualquier momento o que subirse a un autobús puede significar un viaje directo al CIE para cualquiera que no tenga papeles»*.

Hablar desde una mirada feminista supone, por supuesto, hablar de mujeres, de quienes salen menos en los medios y las estadísticas. Hablar de mujeres es no sólo hablar de aquellas que llegan al Estado y que son invisibilizadas desde las estadísticas oficiales –por trabajar en el servicio doméstico, la prostitución y, en general, en los cuidados−, sino también, de las mujeres que se quedan allá, de aquellas compañeras –madres, hermanas, hijas mayores, tías, vecinas, etc.– que sostienen las migraciones de hombres y mujeres. Pero creemos, además, que pensar esta problemática desde una perspectiva feminista es también hablar de hombres: de sus propios caminos, de sus preguntas y dificultades, de sus situaciones; de cómo, a veces, también realizan trabajos de cuidados, no sólo como trabajos asalariados, sino también como modo de ocupar(se) de esas tareas que ya no pueden realizar las mujeres. ¿Supondrá esto cambios en los roles de género?

Los encuentros y las migraciones de los feminismos

Las migraciones producen encuentros y desencuentros inevitables. Encuentros de mujeres que venimos de latitudes, culturas, y realidades distintas; que hemos crecido de diferentes maneras y hemos, cada una, optado por un modo posible de hacer frente a nuestras circunstancias. En el encuentro, estas diferencias salen a la luz interpelando nuestras historias y reivindicaciones.

Se trata, entonces, de cómo nos encontramos, de qué hacemos, sentimos, sufrimos cuando estamos junto a otras. Los feminismos pueden y deben pensar acerca de estos encuentros con otras que nos traen su mundo al nuestro. Habrá que transmigrar en los saberes de aquí y de allá, inventando espacios que nos permitan seguir construyendo un modo posible de estar juntas.

* MARTÍNEZ, Eva (2010), «Prólogo» en Romero, Eduardo, Un deseo apasionado de trabajo más barato y servicial. Migraciones, fronteras y capitalismo, Oviedo, Editorial Cambalache.

Las migraciones y la huida de la(s) crisis (La Madeja nº 1)

Eduardo Romero

De este lado de la valla que separa frica de Europa, de este lado del control policial que limita América Latina y la UE, la crisis ha podido presentarse como un hecho de carácter temporal
–incluso efímero – y, sobre todo, como una anomalía fruto de los excesos. Medio siglo de continua expansión del consumo de masas en esta pequeña porción del planeta y de disolución –en plena bacanal de imágenes y de tecnologías «informativas»– de la memoria histórica de los pueblos, han generalizado la ridícula impresión de que el crecimiento económico y el aumento del «nivel de vida» del conjunto de la población iban de la mano y, además, eran «para toda la vida».

Sin embargo, lo anómalo y extraordinario era precisamente esa expansión aparentemente sin límites, iniciada a partir de los rescoldos de la Segunda Guerra Mundial –matar millones de personas y devastar países enteros es un estupendo punto de partida para comenzar a hacer negocios– y prolongada mediante la aceleración de la destrucción ecológica del planeta, la intensificación de la explotación de los seres humanos, el consumo de los ingresos futuros (hipotecas, grandes obras públicas, etc.) y, por supuesto, nuevas aventuras bélicas capaces de acabar con población y capitales «sobrantes», además de garantizar recursos estratégicos a las grandes potencias capitalistas.

Para retrasar la crisis en Europa y en Estados Unidos, fue necesario expandir y profundizar esta destrucción ecológica y social en otras partes del planeta; mejor digamos: en la mayor parte del planeta. Una de las principales consecuencias de este proceso ha consistido en que cada vez es más anómalo entre la población mundial un ¿derecho? que quizás hayamos dado por sentado demasiado rápido: el de vivir en la propia casa. Y con la palabra casa no me refiero a una vivienda, más o menos digna, sino a la casa a la que se refiere mi amigo Abdel –que no la ha visto desde hace siete años; ahora tiene 19– cuando dice: «aunque sólo sea por unos días, necesito volver a casa».

Poder vivir en casa es una experiencia cada vez más restringida. Así que las migraciones –que también se nos han presentado como hechos extraordinarios fruto de «efectos llamada»– son, al igual que las crisis, la «normalidad» del capitalismo. Basta una pequeña dosis de memoria para corroborarlo: hoy hay casi seis millones de inmigrantes en el Estado español, pero hace apenas medio siglo, en una sola década –la de los años 60– tres millones de personas emigraban del campo a la ciudad en el Estado español y más de un millón se dirigía a otros países de Europa. Sin millones de personas dispuestas a convertirse –por las buenas o por las malas– en una fuerza de trabajo barata y servicial, la historia de la Unión Europea hubiera sido otra. Sin millones de personas aterrorizadas por los Centros de Internamiento de Extranjeros, las redadas racistas y las deportaciones, dispuestas por tanto a trabajar en condiciones  impensables para buena parte de la población autóctona, el crecimiento económico del Estado español entre 1994 y 2007 hubiera quedado en suspenso.

Si ampliamos nuestra mirada al conjunto de la historia del capitalismo, comprobaremos que los orígenes del mismo están íntimamente ligados a la desposesión de poblaciones enteras, principalmente comunidades campesinas, impelidas a emigrar para salvar la vida. Por otro lado, la continua expansión de la población urbana, que hoy en día es casi tanta como la rural, es un síntoma de que los procesos de «acumulación originaria» no se limitan a los orígenes históricos del capitalismo; por el contrario, están plenamente vigentes y son una de las causas principales de que las migraciones interiores –del campo a la ciudad, de territorios ecológicamente devastados a otros menos degradados, de zonas de guerra a territorios libres de conflictos bélicos– son los movimientos de población más numerosos hoy en día.

Poder vivir en casa es una experiencia cada vez más restringida. Así que las migraciones –que también se nos han presentado como hechos extraordinarios fruto de «efectos llamada»– son, al igual que las crisis, la «normalidad» del capitalismo.

Por diversos motivos, el papel de las mujeres siempre ha sido relevante en las migraciones bajo el capitalismo, y probablemente su importancia no ha hecho sino acentuarse. Su posición subordinada a los hombres respecto a los derechos de propiedad no solamente ha provocado su marginación a las peores tierras o la prolongación de su jornada laboral hasta la extenuación para suplir el trabajo de los hombres, reclutados para los cultivos comerciales o emigrantes a las ciudades; sino que muchas mujeres han encabezado el éxodo hacia las
áreas urbanas: a finales del siglo XIII en Europa –como señala Silvia Federici en su libro
Calibán y la bruja– pero también a principios del siglo XXI, desplazadas por los monocultivos
comerciales y «atraídas» por la expansión de la economía informal y los servicios en las gigantescas conurbaciones de las periferias.

El protagonismo de las mujeres en las migraciones internacionales remite a procesos, en las periferias y en los países capitalistas «avanzados», claves en el desarrollo crítico del capitalismo: el colapso de las ciudades periféricas empuja a muchas mujeres –generalmente principales o únicas proveedoras de recursos para sostener a sus familias– a aventurarse al periplo de la migración transoceánica, dejando atrás a abuelas o hijas a cargo de las personas dependientes de la familia. Este movimiento no sería posible sin la concurrencia de un proceso complementario en los países «centrales»: sus mercados de trabajo están ávidos de mujeres jóvenes dispuestas a ocupar empleos en sectores vinculados al trabajo de cuidados, condición necesaria para que las mujeres autóctonas se incorporen masivamente al trabajo asalariado; y sus gobernantes y empresarios codician la llegada de mujeres inmigrantes que contrarresten –aunque sea parcialmente– la tendencia de las mujeres autóctonas a tener
menor descendencia*: el envejecimiento y la disminución de la población activa no son una amenaza menor para el capital europeo.

Romper con los límites ecológicos y humanos es tarea conocida por el capital, que desearía que las mujeres europeas pariesen hijas e hijos a la vez que se incorporan a los tramos más precarios del trabajo asalariado, y además siguiesen cargando con todo el trabajo de cuidados del que se pueden desentender los hombres. Por el momento las migraciones son, también, otra huida hacia delante para contener esta crisis.

*No es que las mujeres europeas consideren «necesariamente» que la maternidad es una cosa
del pasado, una desgracia o una esclavitud; pero quizás se es esclava cuando además de ser
madre debes trabajar 40, 50 ó 60 horas a la semana a cambio de un salario.

Tierra de frontera (La Madeja nº 1)

Laura Casielles

Los dueños de las puertas son enemigos nuestros
es una mierda eso que dicen de que no hay enemigos
a cada centímetro que avanzamos
conocemos a un nuevo enemigo
y los más antiguos que tengo
son los dueños de las puertas.
(Pedro del Pozo)

-I-

En Yacoub Al Mansour, al final de la cuesta se puede ver el mar. Por lo demás, hay un jardín donde suenan los djembés y un restaurante que este viernes va a preparar cuscús a la manera de Senegal.

En el primer centro de acogida a migrantes del país, que se alza como una fortaleza en el corazón del barrio, nos dicen: «lo que tradicionalmente querían estas personas era llegar a Europa, pero cada vez más gente se queda a vivir aquí, así que lo importante es que la población inmigrante y la marroquí se conozcan».

Cuesta abajo, al final de las calles, sigue estando el mar.
Hay quien continúa viéndolo como la puerta para irse.
Hay quien empieza a mirarlo para ver llegar.

-II-

«Una de las cosas que hace que los jóvenes mantengan el deseo de irse es que saben, a una edad temprana y con carácter irreversible, que nunca tendrán el derecho de ir a Europa. Cualquier niño sueña que va a ir a un partido de su equipo en Barcelona, que se va a hacer una foto con la torre Eiffel: pero a él se le priva del sueño. Les llega la misma información, las mismas películas, los mismos productos que invaden los mercados, y todos dicen: ‘globalización, el mundo es pequeño. Pero tú no, tú no puedes viajar’.

(…)

Esto es así, pero también hay que preguntarse: ¿qué pasa en un país para que nadie se quiera quedar?»

(Amina Bargach, psiquiatra, entrevistada durante un encuentro profesional sobre menores migrantes. Julio de 2010)

-III-

tierra-de-frontera_1 tierra-de-frontera_2

La tribu de Fatna, la de los bereberes Ait Sgugu, vive del pastoreo al pie de las montañas en Azaghar, en unas tierras que por tradición les pertenecen de manera colectiva. Ahora, un proyecto del Ministerio de Agricultura pretende cultivar allí una planta llamada atriplex.

(Viven del campo: el convenio dice que va a crear empleo en el campo. El bosque es su país: el convenio dice que va a proteger el bosque. En sus casas no hay nada superfluo: el convenio dice que va a hacer las tierras rentables.)

Junto al fuego, lejos de donde discuten a gritos los representantes de la comuna con los delegados que han venido de la ciudad, Fatna nos dice que durante los cinco años que la planta tarda en crecer, quinientas familias se quedarán sin pasto para las ovejas y vacas que son su único sustento. Nos cuenta en secreto que, desde que se negaron, cada semana un coche de policía corta la única carretera que lleva al pueblo, para que no pueda llegar el camión con el que van al zoco más cercano a cambiar leche por verduras, lana por jabón.

«El proyecto los condena a irse a la ciudad, donde, como no tienen nada, tendrán que vivir en los barrios de chabolas, en los que nacen la pobreza y la delincuencia», explica nuestro traductor. «Si se implanta, ¿de qué sirve que hagan luego aquí una escuela o una carretera? La gente ya se habrá tenido que ir».

– IV –

Al norte, al sur, al este, al oeste, en las ciudades y las aldeas, sobre los chamizos y en lo alto de los inmuebles, un mar de parabólicas ha cubierto el país.

Dicen las abuelas que antes se podía recorrer la ciudad entera saltando de terraza en terraza.

Ahora lo que es realmente fácil es saltar de Eurosport a la MTV.

-V-

La revista de prensa deja sobre la mesa un fardo de pájaros muertos.
Diario Aujourd’hui, 3 de septiembre de 2010:

Lo que cambia para la mujer durante el ramadán
Además del aspecto vestimentario, la mujer marroquí tiene durante el mes de Ramadán un gran cambio en sus costumbres: dormir poco y esforzarse mucho para ocuparse mejor de sus tareas domésticas. (…) Ella sabe que tiene la misión de mantener un ambiente cálido y festivo en su hogar. (…) «No encuentro las palabras para explicar mi alegría por encontrarme, tras la ruptura del ayuno, acompañada de mi familia y saboreando los platos que he preparado para ellos». (…) Pese al aumento de sus tareas domésticas durante el Ramadán, la mayoría de las mujeres afirman que no tienen queja, porque el mes de cuaresma pone en valor su rol tanto en la sociedad como en sus hogares.

-VI-

Todo lo que necesitaron nuestras madres lo he aprendido aquí. No hay mujeres solas en los cafés ni en los parques. No hay mujeres solas en la plaza de las flores. Todo el tiempo oímos sordos, sórdidos, silbidos que pronuncian: «gazelle».
«Gacela»: el epíteto de amor de los viejos poetas es secuestrado por voces que nos hacen caminar mirando al suelo. Queremos rogar: no convirtáis el deseo en un arma ni en una moneda.
«Gazelle»: ¿qué hacer entonces con tu cuerpo?
Puedes taparlo, puedes obviarlo, puedes odiarlo.
Puedes irte.
De vez en cuando, una brisa sacude la ciudad. Una deja de tapar, de odiar, de obviar. Deja de
pensar en irse lejos, y, a cuerpo abierto, responde: «shuma alek».
«Me avergüenzas».
Levantamos entonces la vista.

– VII-

tierra-de-frontera_3tierra-de-frontera_6La plaza de Tetuán es una
metáfora de la palabra poder.
Hasta 1973 era un rincón popular.
Entonces hubo una revuelta en la
ciudad. Tras acabar con ella, se quiso que nadie olvidara quién manda aquí. Por eso, se construyó un palacio en una esquina, y se cerró con vallas todo el perímetro de la explanada.
— ¿Y por qué era la revuelta, Brahim?
— «Es que después de la independencia todo cambió. Acabó el protectorado español, pero nos
pusieron como soberano a un rey que no conocíamos y nos impusieron la religión islámica. Nuestros hijos tenían problemas en la escuela porque no hablaban francés. Cuando la independencia, Francia supo guardar sus intereses. Se las arregló para que su idioma siguiera siendo oficial, e hizo acuerdos para que sus empresas tuvieran prioridad para instalarse aquí. Nosotros queríamos un país independiente, pero tuvimos una colonización nueva. Por eso fue» –explica Brahim–.

– VIII-

Las puertas se mueven:

Ceuta, 7 agosto 2000 (EFE).- Un total de 333 inmigrantes, procedentes de diferentes localidades de Marruecos, han sido detenidos en la denominada «operación feriante», puesta en marcha en Ceuta para impedir el acceso a la península de inmigrantes ocultos en las atracciones que han participado en los festejos (…) Los inmigrantes fueron detenidos cuando se ocultaban en el interior de los portamaletas, los techos y en los amasijos de hierro a que quedan reducidas las atracciones (…) En la operación han participado agentes del Cuerpo Nacional de Policía, Guardia Civil y Policía del Puerto.

Rabat, 30 agosto 2010 (EFE).- Más de 150 subsaharianos candidatos a la emigración clandestina han sido detenidos en las últimas horas por las fuerzas de seguridad marroquíes en la ciudad de Uxda y en las provincias de Nador y Driuch (…) [Se trata de] subsaharianos de diferentes nacionalidades que habían entrado clandestinamente en Marruecos y se refugiaban en zonas boscosas en los alrededores de la ciudad y junto al campus (…) Esta vasta operación contó con la labor conjunta de la Gendarmería Real, las Fuerzas Auxiliares y cuerpos locales de la región.

– IX –

Mujeres de negro, contadme por qué gritáis.
Fatiha, Corán en alto, fornida como un muro de hiedra: «Reclamamos, reivindicamos, exigimos, una investigación seria». Los atentados de Casablanca del 16 de mayo del 2003 tuvieron 45 víctimas, contando a los kamikazes. Pero, pese a toda la muerte, «es imposible que los miles de personas que fueron detenidas y torturadas estuvieran detrás».
Hanae, ojos verdes que arden en el pequeño hueco que deja el niqab: «Los arrestaron por ser amigo de, por ser vecino de, por vivir en una calle, por llevar barba». Tendrá 22 años. Su marido está en la cárcel de Tánger. Su hermano también. «Si no les llevamos nosotras la comida, no tienen qué comer. Y no todas las familias pueden llevar comida, y si yo llevo a mi hermano lentejas, no va a coger él su plato y comérselo. Y, ¿cómo va una a comprar lentejas para todos?».

tierra-de-frontera_4Cincuenta mujeres cubiertas de tela negra gritan ante la prefectura de Rabat. Cientos de hombres a los que aman empiezan hoy una huelga de hambre en todas las prisiones del país. «Lo que pedimos es muy simple. Queremos que nos traten como ciudadanos de un país que respeta a sus ciudadanos, no de un país que vende a sus ciudadanos».
En la redacción de los periódicos, los jefes dicen: «una manifestación de cincuenta mujeres no es noticia».
Hanae, ojos verdes que arden en el pequeño hueco que deja el niqab, cuéntame por qué gritas.

– X –

El nuevo puerto de Tánger Med puede acoger 600.000 camiones. Entran en las bodegas de los barcos como en el vientre de adormecidas ballenas. Fresas. Tomates. Naranjas.
En un cuarto pequeño, en una pantalla se registran líneas de luz, que, para ojos expertos, indican si todo va según es debido. Es decir: si no pasa nadie que no tenga que pasar.
Una de las líneas, por ejemplo, mide el calor que despiden las mercancías y se asegura de que sea el que tienen que despedir: los tomates tienen temperatura de tomates, no de cuerpos humanos nerviosos.
Otra máquina es capaz de detectar si dentro de los camiones se perciben latidos de corazón.
Latidos de corazón.

tierra-de-frontera_5Desde arriba, desde los arcenes, se ve el puerto en toda su extensión.
Apoyada en los guardavías, siempre hay gente.
Miran partir los barcos.

En primera persona: historia de un diá-logos (La Madeja nº 1)

Lorena Fioretti

Esta sección que hemos denominado en primera persona es, desde siempre, un diálogo, porque creemos que todo saber, es decir todo logos, se construye a partir de un encuentro. Pero este saber ha sido, en general, construido en la tradición occidental a partir de la separación sujeto-objeto: hay alguien que desde una «distancia óptima» tiene el poder de nombrar la realidad de otras personas. Creemos que es necesario desarticular estas relaciones, acortar distancias, mezclarnos, difuminar fronteras. Alzar la voz.

Desarticular esas distancias implica conocer el lugar desde el que hablamos. Quien escribe estas palabras, acoge las palabras de otras desde su propia experiencia migrante. ¿Existe por ello alguna diferencia? Como en todo encuentro, se juegan siempre procesos de identificación que, claramente en este caso, tienen que ver con la situación de emigrar/inmigrar. Pero creo que estos procesos son siempre parciales; así, con algunas personas comparto la experiencia siempre singular del «destierro» y con otras, la de ser mujer, trabajadora, latinoamericana, estudiante, etc. ¿Cómo influye esto a la hora del encuentro? No lo sé. Pero en todo caso, lo importante es el hecho de que toda palabra supone una demanda de atención, de reconocimiento, de amor; implica a alguien que sostenga esa historia desde la escucha, porque la palabra dada como un don siempre supone un entre-dos. Esa es la posición que intenté ocupar.

Y en este hacer-nos, es decir, nombrarnos colectivamente, nos preguntamos dónde queda el nombre, nuestro nombre. Si los saberes son construidos a partir de las generalizaciones, de lo estadísticamente significativo, nosotras queremos saber de lo particular, de las historias singulares en las que estamos enredadas. Por ello, creo que los nombres propios importan ya que nos muestran cómo cada una, frente a la realidad en la que vivimos, intenta, a su manera, transformarla. Pero pensamos también que es necesario cuidarnos frente a una realidad en la que las situaciones de discriminación y persecución se extienden cada vez más. Por esto optamos por el anonimato, insistiendo en la importancia que cada una de estas historias tiene para nosotras.

Compartamos entonces tres historias, tres soledades, tres proyectos de vida, tres realidades distintas.

¿Por qué decidiste emigrar?

Soy una persona que trabajé desde los siete años en el campo porque mis padres eran campesinos. Cuando tenía 12 años, un hombre dueño de una de aquellas fincas se enamoró de mí, pero él era un hombre viejo. Mi padre estaba de acuerdo con todo porque había dinero. Entonces a los 14 le dije a mi madre que me iba a vivir a la ciudad, ella me dijo que se iba conmigo. Las mujeres de antes no eran como ahora, aguantaban más. Mi padre dijo que todos nos íbamos juntos a la ciudad, pero que mi hermana y yo –las mayores– teníamos que empezar a trabajar afuera. Empecé entonces a trabajar en casas. A los 15 años conocí a un chico y me enamoré, pero mi padre estaba obsesionado con otro hombre que tenía dinero, pero yo le dije que no. Entonces mi padre me echó de casa. Vivía sola y trabajaba en casas de familia.

Proyecto migratorio

Un día le conté a un amigo que estaba muy aburrida, dormíamos malamente, sin cama, sin nada y yo quería ver a mi mamá bien. Ella había sufrido muchísimo toda la vida, yo quería ayudarla, pero no me alcanzaba. Él me contó que tenía dos primas en España que trabajaban en casas de familia y que les iba muy bien. Nunca en la vida había pensado en salir de Colombia, era muy inocente, no se me ocurría esa posibilidad. Yo tenía para ese entonces 19 años. Supuestamente venía a trabajar en una casa de una señora en Madrid.

Experiencia migratoria real

Me dieron una dirección. Aquí me recibió un hombre español, me subió a un coche, habló con alguien por teléfono y le dijo cómo era. Ahí me di cuenta que me llevaban a un puticlub y dicho y hecho, me llevaron para La Felguera. Todas éramos jóvenes y extranjeras. Cuando llegué me quitaron los papeles y me dijeron que hasta que no terminara de pagar la deuda no me los darían. Esa misma noche me pusieron a trabajar. Fue horrible, nunca se me olvidará el primer día. Todas las mujeres lloraban, pensaban que venían a trabajar normal. Vivíamos en el mismo club y trabajábamos todos los días. Se quedan vigilándote para que no vayas a contar nada, pero yo me atreví. Cuando terminas de pagar la deuda, te devuelven el pasaporte, pero si te escapas antes ellos te matan a alguien en Colombia, a algún familiar. Un día vino al club un cliente que era muy joven y nos enamoramos de verdad. Él me ayudó a conseguir un trabajo de camarera en un hotel. Yo no podía trabajar en la barra porque no sé leer y escribir. Allí conseguí mis papeles y tengo mi nacionalidad española.

Relaciones afectivas

Con las chicas del club muy bonito, bah, había de todo, algunas eran malas, pero la mayoría nos hicimos amigas, pero no supe más de ellas cuando me fui. Con la gente de aquí: con la familia de este chico, muy mal. Un día encontré al hermano y me dijo de todo solo por ser extranjera, no me conocía de nada. Los  padres querían que tuviera una novia española. Él me dijo que tendría una novia española pero que yo sería su novia de verdad. Le dije que no. Fue horrible. Luego conocí al padre de mi hijo, el padre no se hizo cargo. Lloré mucho, pero decidí parar para que el niño crezca bien, entonces me dije: voy a cuidarme. Pasé todo el embarazo sola, pero cuando me encontré sola con el niño me dio una depresión tan horrible.

Ahora trabajo en casas y vivo tranquilamente. No volvería a Colombia a menos que me ganara la lotería (risas) para comprarme una casa en Barranquilla. Se extraña, ¿para qué te voy a engañar?, yo quisiera estar con mi familia. Cuando vas todo el mundo se te acerca porque piensa que llevas dinero, pero no es así. A mi madre siempre le ayudo, con lo que puedo.

Yo ya me siento de acá. Cuando viajo a Colombia me siento mal, todo me sabe horrible, me siento extranjera. Pero después me acostumbro. Pero no voy a volver, no voy a quitarle al niño la oportunidad de vivir en España y tener lo que yo no tuve. Además yo deseo encontrar un buen hombre, eso es lo que tengo ahora en mente. No me arrepiento de haber venido, pasas cosas malas pero también cosas buenas. Yo hice lo que hice para salir de esa miseria tan horrible. Yo no soy capaz de vivir allí, aquí te apetece algo y lo puedes comprar. Allí se vive muy malamente, no te puedes alimentar bien.

Acá yo me siento un poco mal porque me miran a mi hijo como extranjero, por ejemplo en el parque. Cuando llegué al piso una vecina me preguntó si tenía marido, me lo preguntó porque era extranjera. Es horrible. Quisiera que no fuera así porque luego la gente que me conoce está muy contenta conmigo.

Perspectiva de futuro

Ahora tengo unas ideas. A mí me cuesta mucho leer y escribir, entonces este año quiero aprender a hacerlo mejor para poder hacer un curso de cosmética. Es que tampoco quiero tener 40-50 años y seguir trabajando en casas.


¿Por qué decidiste emigrar?

Es muy doloroso escuchar que estamos aquí por el «efecto llamada», hay que contar la otra versión de la historia. Nosotros no vivimos 100 años, en Senegal el promedio de vida es de 60 años. Por eso, llega un  momento en la vida yo ahora tengo 46 y soy consciente de eso. No decidimos viajar para volver con una cadena de oro, sino para ayudar a nuestras familias que son muy extensas. Nosotros nos consideramos como sacrificados. Yo lo siento mucho por mi mujer y mis hijos, ellos deberían tener a su padre al lado. Yo, por ser el hijo primogénito, me sacrifiqué. Tengo la obligación de ayudar económicamente. Cambiar esto será una tarea muy difícil porque implica cuestionar la poligamia, la contracepción, el sistema de pensiones, etc. Hay que dejar de tener hijos de esa manera. Yo sabía que no era fácil. Me costó mucho tiempo conseguir un visado, mientras más pobre eres más cosas te piden. Yo había terminado de estudiar hacía muchos años, en ese momento tuve que empezar a ganarme la vida, no se puede estar toda la vida bajo la protección de los padres: tenía que encontrar un trabajo para ayudar a la familia porque mi padre tenía un trabajo liberal y con la apertura del mercado a productos norteamericanos y europeos, el negocio empezó a ir mal.

Encontré un trabajo en una multinacional: me seleccionaron después de una entrevista a la que concurrí por un aviso en el periódico. No conocía a nadie, yo no estaba enchufado. Empezaron a pasar cosas que me parecían muy raras. Decidí marcharme entes de que me echaran. Promocionaban a mucha gente pero a mí no, las cosas son así en Senegal. Aguanté mucho tiempo pero la corrupción es muy fuerte. Ese lugar era la selva, no se cumplía la ley. Si uno no acepta la corrupción, se convierte en un enemigo. Luego me harté. Yo quería volver a Dakar. Se manda a esa región a los «sin padre» o lo que se llaman huérfanos.

Luego trabajé en la  enseñanza, daba clases de inglés en una escuela. Yo quiero un trabajo, pero no  cualquier trabajo. Intenté muchas cosas, emprendí muchos proyectos, pero las cosas no podían seguir así. Entonces decidí irme. Lo hablé con mi mujer, ella tenía que comprenderme y ayudarme, yo lo hacía para salvarla. En Senegal yo había perdido toda esperanza. Ella me sigue apoyando mucho moralmente. Este proyecto es de los dos. Ella cuida mucho a mis hijos y también ayuda económicamente porque compra y vende mercancía. Ella es muy combativa, tiene una mentalidad muy fuerte.

Proyecto migratorio y experiencia migrante real

Llegué aquí hace tres años y pico, previo paso por Francia. Yo no sabía que iba a terminar en un país en el que se habla otra lengua. Es que España está aquí, cerca de África, pero nunca pensé que viviría aquí. Sufrí en Francia muchos problemas de persecución, sobre todo institucional. Yo pensaba que siendo un país francófono todo sería más fácil, pero no fue así. Entonces decidí marcharme. Son muy hijos de puta los gobiernos, ahora se habla de la inmigración «seleccionada», nosotros queremos la inmigración concertada. Obtuve después de mucho tiempo la visa de turista, falsificando papeles demostré que tenía mucho dinero. Si hubiese tenido tanto dinero hubiese montado algo allí, ¿no? Algunos amigos que estaban aquí en Asturias me dijeron. Antes yo no sabía nada de España. Ellos me dijeron cómo se vivía aquí. Desde que llegué aquí no volví a salir hasta que conseguí los papeles.

Casi todos los inmigrantes tenemos un proyecto muy claro de lo que se viene a buscar y de lo que se quiere hacer luego, pero sin cifras, nosotros somos africanos, allí la tradición oral es muy fuerte. Estamos aquí para conseguir un capital suficiente para montar algo en Senegal: un negocio, un restaurante, etc. Sabemos que si no tenemos algo concreto no podemos seguir viviendo, además en Senegal no hay jubilación (sólo los funcionarios cobran). La jubilación son los hijos, por eso la gente quiere tener muchos. Por eso quieren que te cases temprano para que antes de llegar a los 40 te puedan ayudar.

Mi proyecto está cambiando porque yo no había contado con que podía conocer a más gente, compartir ideas y que podía tener un porvenir junto a ellos. Hoy mi proyecto puede ser la integración, ¿por qué no? Si encuentro un hueco… Qué importa dónde estemos, lo importante es estar contento, comer y hacer cosas que nos enorgullezcan. A toda mi familia no puedo traer, pero a mi mujer y a mis hijos… Otra alternativa es abrir un puente entre España y África, entonces podemos estar un poco aquí y un poco allí.

¿Cuáles son las cosas de aquí que más te han cuestionado?

Yo no sabía que había tantas diferencias. Yo no puedo vivir sin la otra parte de mi que sois vosotras. Creo que todos y todas tenemos que ir juntos, al trabajo, en la casa. Tenemos que mezclarnos. Con el tema de la mujer, nosotros al principio sólo vemos el lado femenino. Antes de entenderlo te cuesta mucho. Por ejemplo, en las asociaciones, tenemos problemas de entendimiento, de interpretación. La primera cosa que solemos preguntar es si una mujer está casada, si no, el campo está libre. Eso también genera muchos malentendidos. A nosotros nos han educado así. Una chica y un chico no pueden ser amigos verdaderos. Poco a poco fui entendiendo que una chica y un chico pueden tener otro tipo de relaciones. Aquí sin mujeres no hay nada, aquí hay que hacer con las mujeres.

¿Qué extrañas de Senegal?

Extraño ese calor humano, pero ahora muy pocas veces, porque casi siempre estoy con mucha gente. Creo que me estoy transformando poco a poco y no sé si eso es un peligro. Ahora tengo miedo de, por ejemplo, comer ciertas comidas africanas. Antes no le daba importancia a las consecuencias de nuestra alimentación. Pero el cambio no es fácil porque hay algo heredado que se ve herido. De vuelta a Senegal, ¿eres el mismo o has cambiado? Yo no quiero cambiar, yo quiero ser el mismo que conocieron. Pero cambiar tiene también algo de positivo. Debo tener el coraje de poder decir «esto no», porque nos puede costar la vida. Pero por el resto, yo voy a seguir siendo el africano que conocieron.


¿Por qué decidiste emigrar?, ¿cómo fue el proceso migratorio?

Decidí emigrar hace cuatro años luego de terminar los estudios –estudié en la Universidad una licenciatura− porque no hay trabajo en mi país. Antes de venir aquí estuve casada y me divorcié. Allí trabajé un tiempo en la enseñanza. No es común que las mujeres emigren solas, mis padres no estaban de acuerdo pero cuando yo decido algo, lo hago. El proyecto inicial era seguir estudiando aquí, pero no pude.

Al principio no encontraba trabajo entonces cambié de ciudad y trabajé en una empaquetadora de frutas. Era mejor que trabajar en el campo o en un bar. Pero todo era muy difícil: no sólo el tema del trabajo, sino el religioso. Allí conocí a mi actual marido, fuimos a Marruecos a casarnos. Volvimos a España, a él le iba bien en la construcción, pero ahora tenemos muchos problemas: él no tiene trabajo fijo y yo trabajo en una casa sólo cuatro horas por semana.

¿Qué extrañas de tu tierra?

Extraño a la familia. Si pudiera tener una casa allí para mí sola, volvería. Lo que yo no quiero es vivir con mi suegra, mi cuñado o con mi madre y mis hermanos. Cada uno hace su vida. Yo tengo experiencia en la Cruz Roja, podría trabajar en algo relacionado a eso. También quisiera que mi hija pudiera aprender árabe y vivir una vida con nosotros normal. Para mí aquí es muy difícil por ser inmigrante, sólo por ello todas las personas nos tratan mal. Muy poca gente nos trata bien. Se sufre mucho. La gente no sabe nada de nosotros, creen que somos sólo personas muy pobres, que no tenemos valores ni opiniones acerca de las cosas, ni personalidad, en definitiva, no saben cómo vivimos en Marruecos y entonces hay muchos prejuicios.

Me gusta que en Europa haya leyes y democracia. En general aquí toda la gente vive bien. En Marruecos hay poca gente que tiene mucho dinero, pero la mayoría vive malamente. Además no me gusta la relación entre hombres y mujeres. Los maridos nunca ayudan a las mujeres allí –aunque nosotras también trabajamos fuera de casa−, las tratan siempre mal. En cambio aquí es diferente. El problema no es la religión, ésta dice que los hombres deben ayudar a las mujeres. Aunque los hombres vivan aquí y vean otras cosas, siguen comportándose como si estuvieran allí con respecto a eso.

Otro tema es el de los modos en los que se establecen las relaciones entre hombres y mujeres. A mí me parece mal que la gente no se case, pero también me parece mal la poligamia, yo no puedo vivir con otras mujeres. Si yo puedo trabajar y hacer las cosas de la casa, ¿por qué buscar a otra? Ya le dije a mi marido que si tiene otra esposa, yo me marcho. Me parece mal que sea una obligación.

El proyecto por ahora es encontrar un trabajo y seguir en España para juntar dinero y así poder comprar una casa en Marruecos y tal vez vivir un poco allí y un poco aquí, después que mi hija decida dónde quiere vivir.


Este trabajo no hubiera podido realizarse sin la inestimable colaboración de Pili Quintana de Asturias Acoge, por su escucha siempre atenta y sus palabras de acompañamiento. Por ello, muchas gracias.